Capítulo 26 #2
La lectura se hizo esa misma tarde en el tanatorio del barrio de los pescadores, con Ferro montando guardia en la puerta y Sabela dentro, pegada a la pared, con el corazón en un puño, ya que era la primera vez que veía a Vera meter la mano en un muerto desde que la habían vaciado, y por dentro le rezaba a un dios en el que no creía para que aquel viejo hubiera tenido una muerte mansa, para que a Vera no le tocara otra vez el horror, y por una vez en aquella historia de agua fría y colonia dulce, alguien allá arriba, o abajo, o en ninguna parte, le hizo caso, pues Vera respiró hondo tres veces, cogió la mano del viejo, y en lugar de doblarse, en lugar de la voz aterrada de las otras, lo que le salió de la boca fue una voz cascada y tranquila, la de un hombre muy mayor que en sus últimos minutos no había tenido miedo de nada, que se había ido en su cama pensando en su mujer muerta hacía años, hablándole bajito, «ya voy, Remedios, ya voy, espérame ahí, que estos zapatos no me valen para el camino», sin angustia, sin lucha, sin almohada ninguna, la muerte limpia y sola de un viejo que se apaga, y Vera le soltó la mano despacio, no de golpe como en las malas, y se quedó un rato quieta, con los ojos cerrados, y cuando los abrió los tenía llenos de lágrimas, aunque no eran las lágrimas rotas de después de Rebeca, eran otras, y Sabela, que ya sabía leerla mejor que a ningún expediente, entendió que eran de alivio.
—Se murió solo y contento, el hombre —dijo Vera después, ya fuera, sentada en el bordillo con un cigarro que le había gorroneado a Ferro y que no se fumaba, solo lo tenía entre los dedos para tener las manos ocupadas—.
No lo tocó nadie. Se fue con su mujer en la cabeza.
Díselo a la sobrina, que se peleen por la casa si quieren, pero que no anden acusándose de un crimen que no hubo.
—Le dio por fin una calada, e hizo una mueca porque no le gustaba, y miró a Sabela de reojo, y le tembló un poco la voz cuando dijo lo que de verdad le pesaba—.
Todavía sirvo. ¿Sabes lo que llevaba pensando desde la nave?
Que a lo mejor me lo había roto también, el hijo de puta, que a lo mejor me había dejado sin esto además de sin ti.
Y resulta que no. Los sigo oyendo. Me quitó lo nuestro, pero esto no me lo pudo quitar, esto es mío.
—Se limpió la cara con la manga, con rabia, como si le fastidiara que la vieran llorar—.
Perdona. Es que llevaba semanas sin saber si seguía siendo yo. Y mira, sí.
Y Sabela se sentó a su lado en el bordillo, hombro con hombro, sin abrazarla, ya que había aprendido que a aquella Vera nueva había que dejarla llegar sola, y le dijo la única cosa verdadera que tenía a mano, que sí, que seguía siendo ella, la misma de siempre hasta en la manera de fingir que el cigarro era para las manos, y Vera se rió con la nariz taponada de llorar, y le dio con el hombro, y se quedaron las dos ahí sentadas en el bordillo mojado viendo pasar a la gente del barrio con las bolsas de la compra, dos mujeres cualesquiera, una poli y una lectora, cogidas por el meñique sin darse mucha cuenta, y a Sabela aquel meñique le supo a más que ninguna cama.
Una de aquellas tardes, la primera vez que Vera la invitó a subir, y lo hizo sin doble intención, solo porque diluviaba y no era plan de despedirse otra vez en un portal las dos empapadas, Sabela conoció el piso del barrio alto por segunda vez haciendo como que era la primera, y le costó, pues se sabía aquel salón de memoria, cada estantería, el sofá gastado, la ventana con los tejados y la ría al fondo, y sobre todo se sabía lo que no había, que eran fotos, ni una, ningún rostro colgado en las paredes, ningún recuerdo a la vista, solo libros del suelo al techo, cientos, miles, historias de otros ordenadas por un sistema que solo Vera entendía, y Sabela, que la primera vez se había fijado en aquello sin ponerle nombre, esta vez lo entendió del todo, que Vera vivía metida hasta el cuello en las vidas de los demás, en las novelas y en los muertos, precisamente para no tener que mirar la suya, tan sola, tan de gabardina gris y piso callado, y que aquella mujer que se pasaba la vida cargando memorias ajenas no guardaba en las paredes una sola de las propias.
—No tienes fotos de nadie —dijo Sabela, y lo soltó sin pensar, y se arrepintió medio segundo, porque era una de esas cosas que sabía de la otra Vera, pero Vera no se lo tomó a mal, solo se encogió de hombros mientras ponía el agua a hervir.
—Nunca las tuve —dijo Vera—. ¿Para qué? Bastante gente llevo dentro de la cabeza sin pedirlo, no me hace falta colgarla también en la pared.
—Se quedó un momento mirando la estantería, con las dos tazas en la mano, y añadió, más bajo, con esa honestidad seca que le salía a veces sin avisar—.
Aunque igual me vendría bien una tuya. Una sola.
Para saber, cuando me despierte una de esas mañanas raras, que hay alguien que no vive dentro de un libro ni dentro de un muerto.
Que hay alguien de fuera. Que eres de verdad.
—Y se calló, como asustada de habérsele escapado, y le tendió la taza a Sabela con brusquedad para tapar el momento, y Sabela la cogió y no dijo nada, pero por dentro se le encendió una cosa, ya que aquella mujer que la había olvidado del todo acababa de pedirle, sin saber lo que pedía, exactamente lo mismo que le habría pedido la de antes, un sitio en la pared, una prueba de que lo suyo era real, y Sabela decidió allí mismo, con la taza quemándole las manos, que le iba a dar esa foto y muchas más, que le iba a llenar la casa de caras y de tardes nuevas hasta que a Vera no le cupiera en las paredes la vida que estaban empezando a hacerse.
No todo fueron tardes buenas, que eso sería mentira y entre ellas la mentira nunca había cundido, y hubo una noche, semanas después, en que la cosa se torció, y se torció por lo de siempre, por el miedo viejo de Vera a ser un deber y no un deseo, solo que ahora le venía con una vuelta de tuerca más cruel, y fue una noche en que Sabela, sin pensar, se adelantó a pedirle el café como lo tomaba, corto y con una nube de leche, y Vera se la quedó mirando con el ceño torcido, y dejó la taza sin tocarla.
—No hagas eso —dijo Vera, y no lo dijo con rabia, lo dijo con algo peor, con cansancio—.
No me pidas el café como me gusta. Yo no te he dicho cómo me gusta, lo sabes de antes, de la otra, y cada vez que haces una de esas me acuerdo de que hay una Vera que se fue, una que tú conociste y yo no, y de que tú estás aquí queriendo a esa, esperando a que yo vuelva a ser esa, y no va a volver, Sabela.
Yo soy esta. Y esta no sabe cómo le gusta el café hasta que lo prueba.
A veces me da la sensación de que estás cortejando a un fantasma con mi cara, y de que yo estoy aquí de suplente hasta que al fantasma le dé por reaparecer.
Y eso no lo aguanto, mira. Prefiero que me dejes a que me quieras por ser el recibo de otra.
Y a Sabela aquello le dolió como pocas cosas le habían dolido en la vida, pues tenía la mitad de razón, la peor mitad, la que una no quiere oír y sabe verdadera, y estuvo tentada de defenderse, de jurarle que no, que la quería a ella, a la de ahora, pero se dio cuenta a tiempo de que defenderse era justo lo que no tocaba, así que hizo lo más difícil, que fue callarse y pensar despacio, como sabía, y al cabo le dijo la verdad, que era lo único que entre ellas seguía sin devaluarse.
—Tienes razón a medias, y la mitad en que la tienes me la voy a comer sin rechistar —dijo Sabela—.
Lo del café ha estado mal, ha sido un atajo, me lo has pillado, y no lo repito.
Pero escúchame la otra mitad, que también es verdad.
Yo no espero que vuelvas a ser la de antes.
A la de antes la tuve, la perdí, y ya la lloré.
A la que quiero es a la que le gorronea el cigarro a Ferro y no se lo fuma.
A la que me dijo en un bordillo que todavía servía.
A esta. Lo que pasa es que llevo tantos años arreglándolo todo a base de saberme las cosas de antemano, que me sale solo, y con el café se me escapó.
Pero no te estoy esperando a que vuelvas a ser nadie, Vera.
Te estoy conociendo, que es distinto. Y si te vuelvo a pedir el café por mi cuenta, me lo tiras a la cara, que me lo tendré ganado.
Vera la miró un rato largo, con esa manera suya de buscarle a una la trampa y no encontrarla, y al final cogió la taza, y le dio un sorbo, e hizo una mueca.
—Pues está corto y con leche, y resulta que sí me gusta, mira tú qué cosa —dijo Vera, y se le escapó media sonrisa a su pesar—. No te vengas arriba, inspectora, que aciertes el café no quiere decir que aciertes lo demás.
—No me vengo arriba —dijo Sabela, aguantándose la sonrisa por dentro—. Voy paso a paso. Café acertado. Lo demás, ya se verá.
Y así, paso a paso, café a café, alguna discusión que otra, se fueron haciendo otra vez las dos personas que habían sido, o mejor dicho dos personas nuevas que se parecían mucho a las de antes pero que no arrastraban su historia, sino que la estrenaban, y Sabela descubrió, para su sorpresa, que había en aquello una limpieza que la primera vez no habían tenido, pues la primera vez se habían querido a la carrera, con un asesino pisándoles los talones, una culpa de por medio y un hombre bueno al que hacer daño, y esta vez, en cambio, no había prisa, no había a quién perseguir ni a quién dejar, no había más que dos mujeres bajando al puerto bajo la lluvia a conocerse sin pedirle permiso a nadie, y a lo mejor, pensó Sabela una de aquellas tardes, viendo a Vera reírse de algo en la barra de formica, a lo mejor Quinteiro, sin quererlo, incapaz de imaginar que de su maldad saliera nada que no fuera daño, les había hecho a las dos el regalo más raro del mundo, el de empezar otra vez sin las deudas de la primera, con la única memoria que valía la pena guardar, que era la que estaban haciendo justo entonces.