Capítulo 26
Y la cortejó otra vez, desde cero, con una paciencia que no sabía que tenía, sin atajos, sin recordarle nunca «es que tú antes hacías esto» ni «es que a ti antes te gustaba lo otro», porque entendió pronto que cada vez que le tendía a Vera un recuerdo que ella no tenía, Vera se sentía en deuda y se cerraba, así que Sabela se guardó todo lo de antes en un cajón y empezó de verdad de nuevo, y fue raro y fue bonito y fue, a su manera, un regalo cruel y precioso a la vez, porque a poca gente le pasa en la vida enamorarse dos veces de la misma persona, aprenderse dos veces la misma cicatriz de la ceja, descubrir dos veces que tiene los ojos verdes con vetas marrones, oír dos veces por primera vez esa risa corta que no le llegaba a los ojos hasta que, poco a poco, semana a semana, café a café, orujo a orujo, empezó a llegarle otra vez.
El primer orujo se lo tomaron en el mismo bar de siempre, el de la barra de formica y el serrín, aunque para Vera no fuera el mismo de siempre sino uno nuevo, y Sabela pidió los dos orujos y los dos cafés sin decir que aquello ya lo habían hecho, sin cargarle a Vera el peso de una escena que ella no tenía, y hablaron de tonterías, del tiempo, de un libro que Vera estaba leyendo, y fue raro y fue tímido y fue, de una manera que a Sabela le encogía el pecho, bonito, porque tenía delante a la misma mujer de mal genio y honestidad seca de la que se había enamorado, con la misma cicatriz en la ceja y la misma media sonrisa torcida, solo que esta vez la miraba como se mira a alguien nuevo, con esa curiosidad limpia que Sabela ya no le veía desde hacía meses, y Sabela entendió que le habían dado, sin pedirlo, la cosa más rara del mundo, la de volver a gustarle a la persona que ya la quería, la de tener que ganársela otra vez desde el principio.
—Te voy a hacer una pregunta rara —dijo Vera girando el vaso vacío sobre la mesa, con ese gesto suyo que hacía sin darse cuenta y que Sabela conocía de memoria—.
Y no me la contestes con lo que ponga en un papel, contéstamela tú.
¿Yo por qué me lié contigo? Porque yo, que conste, no me he liado con una mujer en mi vida, ni me lo había planteado, he tenido novios, tíos, y a gusto, y de repente me dicen que estuve contigo, contigo, una tía, una poli.
Y no me cuadra en la cabeza, salvo que te miro y hay algo que sí cuadra, aquí abajo, en un sitio que no razona.
Así que dímelo tú. ¿Qué tenía yo contigo que no tuve con nadie?
Y Sabela se lo pensó, porque merecía una respuesta pensada y no la fácil, y al final le dijo la verdad, que era la única moneda que entre ellas nunca se había devaluado.
—No lo sé del todo —dijo Sabela—. Yo tampoco había estado con una mujer, ni una vez, ni ganas, hombres toda la vida, así que estábamos las dos igual de perdidas, y creo que eso fue parte de la cosa, que ninguna de las dos venía de vuelta de nada, que no fue que descubriéramos que nos gustaban las mujeres, fue que nos descubrimos la una a la otra y resultó que la excepción tenía cara y nombre.
Tú no eres «una mujer» para mí, Vera. Eres tú.
Sigues siendo la única. Antes y ahora. Aunque tú ahora no lo recuerdes, yo sí, y te aseguro que la lista de mujeres que me han puesto la vida del revés tiene un solo nombre y lo tengo enfrente bebiéndose mi orujo.
Vera se quedó callada, mirándola, y no dijo nada ingenioso, que era su costumbre cuando algo la tocaba de verdad, y al cabo alargó la mano por encima de la mesa y le tocó a Sabela el dorso de la suya con dos dedos, apenas, con la timidez de una primera cita, que en el fondo era lo que era, y aquel roce de nada le puso a Sabela el corazón a mil, igual que la primera vez, en otra vida que solo una de las dos recordaba.
Y así fue como empezaron los que Sabela, para sus adentros, llamaba los orujos de la segunda vez, que fueron muchos, y muchas también las tardes que no acababan en ninguna barra sino andando, pues Sabela entendió pronto que a Vera no se la reconquistaba sentada en una mesa con dos vasos y una conversación bien medida, sino caminando, ya que Vera pensaba con los pies desde siempre y aquella costumbre no se la había podido llevar la jeringa de Quinteiro, así que se acostumbraron a bajar juntas del barrio alto al puerto las tardes en que ninguna de las dos tenía nada mejor que hacer, que eran casi todas, y a recorrer el casco viejo bajo esa lluvia fina que en Arnela no cae sino que flota, la que no moja de golpe sino que se le va metiendo a una en la ropa sin avisar hasta que llega a casa calada y sin saber cuándo, y Sabela le enseñaba la ciudad como a quien no la conoce, aunque Vera se supiera cada esquina de aquel puerto de memoria, pues una cosa era sabérsela sola y otra distinta andarla con ella, y aquello sí era nuevo para las dos, y era raro, y era bonito, caminar al lado de una mujer que conocía la ría como la palma de su mano y que sin embargo miraba a Sabela como si acabara de encontrársela cada vez que le cogía la mano al cruzar.
La llevó a los sitios de las dos sin decir que eran de las dos, que era la regla que se había impuesto, la de no cargarle a Vera el peso de un pasado que a ella la ponía en deuda, así que la subió al mirador del faro viejo como si fuera ocurrencia del momento y no el sitio donde se habían dado el primer beso en otra vida, y le señaló los barcos volviendo con la última luz, y las gaviotas peleándose por las tripas de la descarga, y el cabo de enfrente medio comido por la niebla, y le fue contando cosas de la ciudad, historias de ahogados antiguos, de contrabando, de la riada del cincuenta y nueve, y Vera la escuchaba con esa atención suya de lectora, la cabeza un poco ladeada, y de vez en cuando soltaba una de las suyas, seca y exacta, que hacía reír a Sabela a carcajadas en mitad de la lluvia, y Sabela pensaba, viéndola reír con la capucha puesta y la cicatriz de la ceja brillándole de agua, que le habían devuelto a la misma mujer entera, con el mismo filo y el mismo mal genio y la misma manera de mirar el mundo por debajo, y que lo único que faltaba era una cosa pequeña y enorme a la vez, la de que aquella mujer supiera que ya la había querido una vez, y que esa cosa, por primera vez en su vida de arreglarlo todo a fuerza de voluntad, no la podía arreglar Sabela a la brava, solo podía esperarla.
Pasaron así de la lluvia de finales de verano a la lluvia de otoño, que en Arnela es la misma agua con otro frío, y la ciudad, que es pequeña y lo ve todo, empezó a verlas juntas, a la inspectora Randín y a la lectora, en el mercado un sábado apretando la fruta, en el bar de la formica los jueves, bajando del barrio alto cogidas del brazo, y hubo miradas, cómo no, y algún comentario por lo bajo en las colas del pan, que un puerto de beatas viejas y curas de toda la vida no se calla esas cosas, pero a Sabela, que se había pasado los años cuidando el qué dirán de una comisaría llena de hombres, le importó por primera vez exactamente nada, ya que había visto a la mujer que quería colgar inerte del hombro de un asesino, y después de aquello lo que pensara la de la frutería de con quién iba ella del brazo le resbalaba igual que el sirimiri por la gabardina.
Fue por esos días cuando Vera volvió a leer, y volvió porque quiso, que eso Sabela se cuidó mucho de no empujarlo, y la ocasión la trajo Ferro, que había vuelto al trabajo con el costado nuevo lleno de puntos y la guasa intacta, y que se presentó una mañana en la puerta de casa con una carpeta y una excusa mala, un muerto de los suyos, dijo, un viejo del barrio de los pescadores que había aparecido frío en su cama, sin señales, sin nada, muerte natural de manual, solo que la sobrina que heredaba juraba que el otro sobrino lo había ayudado a irse con una almohada por las prisas de cobrar la casa, y no había forma de probar ni una cosa ni la otra, así que el juez, por quitarse el marrón de encima, había autorizado una lectura si la lectora accedía, y Ferro, que sabía de sobra lo que hacía, dejó caer el asunto encima de la mesa de la cocina como quien no quiere la cosa y se puso a hablar de otra cosa, del caldo de su Loli, de la medalla que le habían dado y que fingía que le daba igual.
—Yo no te digo que la cojas —dijo Ferro mirando a Vera por encima del café, con esa cara de listo que ponía cuando estaba siendo más listo de la cuenta—.
Faltaría más, con lo que has pasado. Se lo digo al juez que no hay lectora disponible y santas pascuas, que el viejo se murió como se mueren los viejos y que se peleen los sobrinos por la casa como Dios manda. Tú tranquila, mujer.
—No me hagas el numerito del poli bueno, Ferro, que te veo venir desde la puerta —dijo Vera, y le quitó la carpeta de debajo del codo antes de que él la retirara—. Me lo estás poniendo delante a propósito, cabrito, para que decida yo y no parezca que me empujas. Que nos conocemos.
Ferro se rió, pillado, y no lo negó, y Sabela, apoyada en la encimera con el café entre las manos, no dijo nada, porque aquello era de Vera y de nadie más, y vio cómo Vera abría la carpeta y miraba la foto del viejo muerto en su cama, un hombre de ochenta años con la boca abierta y las manos ya cruzadas por el forense, y vio cómo a Vera se le tensaba algo en la mandíbula, el mismo gesto de siempre antes de meterse en el agua fría de otro, y supo, con un vuelco, que iba a decir que sí, y supo también por qué, aunque Vera no lo dijera, pues llevaba semanas mirándose las manos como quien no se fía de una herramienta que se le ha caído al suelo, preguntándose si después de lo de la nave todavía servía, si Quinteiro le habría estropeado también aquello, y necesitaba comprobarlo, necesitaba meter la mano una vez más y salir sabiendo que seguía siendo ella.