Capítulo 25 #3
Paró el coche delante del portal, bajo la lluvia fina de siempre, y Vera se desabrochó el cinturón y se quedó un momento quieta, con la bolsa de la ropa en el regazo, buscando qué decir, y al final le tendió la mano, la mano, para dársela, para despedirse de ella con un apretón cortés en la puerta de su propia casa, y a Sabela aquel gesto, el de que Vera le ofreciera la mano como se la ofrece una a un compañero de trabajo al que agradece un favor grande, le hizo más daño que todos los puños que había recibido en la nave, pero se la estrechó, porque era lo que tocaba y porque forzar otra cosa habría sido cobrarle a Vera un cariño que ella no le debía, y le dijo que descansara, que la llamaba en unos días por si necesitaba algo, sin agobiar, y Vera asintió, agradecida de aquella medida, y le dijo «gracias, Sabela, de verdad, gracias por todo, que no sé ni por dónde empezar a agradecértelo», y se bajó del coche, y subió los tres escalones del portal, y antes de meter la llave se giró un segundo y la miró a través del cristal empañado con una cara rara, como quien intenta pescar un nombre que se le ha quedado en la punta de la lengua, y luego negó apenas con la cabeza, para sí, y entró, y la puerta se cerró despacio con su peso viejo, y Sabela se quedó un rato largo con el motor en marcha delante de aquel portal, viendo encenderse al cabo la luz del segundo piso, la luz de la casa de Vera, de la casa a la que ya no la habían invitado a subir, y no arrancó hasta que no se le pasó del todo el nudo de la garganta, pues conducir llorando es de tontas y ella ya había gastado su cupo de lágrimas del día doblando ropa ajena que era suya.
Lo peor no fue el hospital. Lo peor vino después, cuando Vera volvió a su vida, a la que ella recordaba, que era la de antes de todo, la de una lectora de mal genio que vivía sola en el barrio alto entre libros y no le debía nada a nadie, y se encontró con que tenía la ropa en casa de una inspectora de policía a la que apenas ubicaba, con que había un cepillo de dientes suyo en un baño ajeno, con fotos en el móvil que no recordaba haber hecho, ella riéndose abrazada a una mujer, ella besando a una mujer, y Vera miraba esas fotos con una mezcla de vértigo y de pudor, como quien espía la vida de otra, y le dijo a Sabela, con toda la honestidad seca que seguía siendo suya porque eso no se lo habían podido quitar, la frase más difícil que Sabela había escuchado nunca.
—No me acuerdo de quererte —dijo Vera, sentada en el sofá de la casa que había sido de las dos, con las manos en el regazo—.
Y no te voy a mentir, que sé que entre nosotras no nos mentíamos, eso lo noto aunque no lo recuerde.
No me acuerdo de quererte, Sabela. Veo las fotos y veo que fui feliz, y te miro y sé que eres buena, y hay algo, ya te lo dije en la nave, hay un sitio en el pecho que se me calienta cuando entras en una habitación, pero eso no es un recuerdo, es un eco.
Y yo no te puedo pedir que te quedes al lado de una que solo tiene el eco.
Sería injusto. Tú perdiste a alguien que sí se acordaba, y ahora te toca una que empieza de cero, y eso no lo elegiste tú.
Así que te libero, ¿vale? De verdad. Vete a rehacer tu vida, que a lo mejor te da tiempo a ser feliz con alguien que no tenga agujeros.
Y Sabela la escuchó, y por dentro se le rompió otra cosa, pero por fuera hizo lo que sabía hacer, pensar despacio antes de hablar, y cuando habló no lo hizo con la desesperación con que quería hablar, sino con una calma que le costó toda la que tenía.
—¿Sabes cuánto hace que te conozco, en tu memoria?
—dijo Sabela—. Nada. Un cadáver, un orujo, y ya.
Para ti soy una desconocida con la que resulta que vivías.
Lo entiendo. No te voy a pedir que me quieras porque un papel diga que me querías.
Sería como pedirte que pagaras una deuda que no recuerdas haber contraído, y de eso ya sabemos las dos bastante en esta historia.
—Se le quebró un poco la voz ahí, pero siguió—.
Pero déjame una cosa. No te pido que te acuerdes.
Te pido que me dejes volver a intentarlo desde el principio.
Como si fuera el primer día. Sin la ropa en tu armario, sin las fotos, sin nada de antes pesándote encima.
Si vuelves a no quererme, pues no me querrás, y me aguanto, y me voy, y tú tan libre.
Pero a lo mejor no. A lo mejor lo que nos pasó nos vuelve a pasar, porque yo sigo siendo la que te gustó y tú sigues siendo la que me puso la vida del revés, y esas dos personas no se han ido a ninguna parte.
Solo se han olvidado de que se conocen. Y eso tiene arreglo.
Lo de olvidarse de que se conoce la gente se arregla conociéndose otra vez.
Solo eso te pido. Que me dejes invitarte a un orujo.
Vera la miró un rato largo, con esa manera suya de buscarle a una el engaño y no encontrarlo, y al final, muy despacio, en la comisura de la boca le apareció aquella media sonrisa torcida que Sabela conocía de memoria y que Vera no sabía que hacía, y fue como ver salir el sol por un resquicio.
—Un orujo —dijo Vera—. Solo un orujo. Y sin trampas, inspectora, que me han dicho que eres muy de interrogatorio.
—Sin trampas —dijo Sabela, y sonrió por no llorar—. Un orujo y lo que surja.