La ultima memoria Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Lo que se vacía no vuelve —dijo la vieja de la trenza, sentada muy derecha en su silla, con las manos ciegas quietas sobre el hule de flores—.

Eso lo primero, muller, y grábatelo, que no te vayas de aquí con una esperanza tonta que te haga más mal que el propio mal.

No es un golpe en la cabeza, no es de esos olvidos que un día vuelven porque el recuerdo estaba guardado en un cajón y solo se había atrancado el cajón.

Un vaciado no atranca nada. Lo saca. Lo que le quitaron a tu chica ya no está en tu chica, ni en un rincón ni en el fondo ni dormido esperando que lo llamen, no se queda en tu chica en ningún rincón ni en el fondo ni dormido esperando que lo llamen, se lo llevó la que se lo sacó, entero, puesto, y ahí lo tiene ella, que un recuerdo no se disuelve como la sal en el agua, muller, ojalá, que la sal disuelta no hay quien la junte otra vez, pero esto no es sal, esto es una cosa que tiene dueña, y quien lo tiene lo puede devolver con la mano igual que se lo llevó con la mano, si quiere y si puede y si sigue viva para hacerlo.

—La vieja hizo una pausa, y movió la cabeza despacio, como quien ya ve venir la parte mala—.

Y ahí está tu desgracia, muller, que no en que no vuelva, sino en quién lo tiene.

Pues como esa que se lo llevó no aparezca, o aparezca y no despierte, o despierte y no le quede fuerza para ponerte la mano encima y darte lo tuyo, entonces da igual que no esté disuelto, da igual que esté entero, que lo tuyo se queda al otro lado de una puerta que no abre nadie, y eso, créeme, no es más suave que la sal, es peor, que la sal la lloras y se acabó, y esto lo vas a llorar sabiendo que existe y no lo alcanzas.

—¿Y no hay nada que hacer? —dijo Sabela, y odió lo pequeña que le salió la voz—. ¿Ni con tiempo, ni contándole yo lo que fuimos, ni enseñándole las fotos, nada?

—Con eso lo único que haces es amueblarle un cuarto vacío con muebles que no son suyos —dijo la otra hermana, la seca, sin levantar la vista del mandil, y lo dijo sin crueldad pero también sin una gota de piedad, que era su manera de no engañar a nadie—.

Le cuentas que os quisisteis, y ella se lo aprende, como se aprende una la lección de un libro, pero aprenderse que fuiste feliz no es acordarse de haberlo sido, y si te empeñas en llenarle la cabeza con lo que tú recuerdas, lo único que consigues es cargarle encima una deuda que ella no contrajo, la obligación de ser una que ya no es y de pagar por unos años que para ella no existieron.

Déjala en paz con eso. Lo que fue, fue tuyo. A ella no se lo cobres.

Y Sabela se quedó callada, con el vaso de tinto sin tocar y el corazón como una piedra en el fondo de un pozo, encajando aquellas dos verdades que le caían encima como losas, y ya se levantaba para irse, para volverse a la ciudad con lo poco que había ido a buscar, que era nada, cuando la vieja de la trenza blanca alargó una mano ciega por encima de la mesa y le buscó el brazo a tientas y se lo agarró con una fuerza que no le pegaba a aquellos huesos de pájaro, y le dijo la única cosa de toda la tarde que a Sabela no le sonó a lápida.

—Espera, muller, no te me vayas tan hundida, que no te lo he dicho todo —dijo la vieja de la trenza—.

Te he dicho que lo que se apunta en la cabeza no vuelve, y es la pura verdad.

Pero no todo lo que sabe una persona lo lleva apuntado en la cabeza.

Hay cosas que se saben en las manos, en la boca, en la piel, cosas que el cuerpo aprende por su cuenta y guarda en un sitio que no pasa por la memoria de acordarse, y de esas la jeringa no saca ni una, ya que la jeringa saca recuerdos y el cuerpo no recuerda, muller, el cuerpo hace.

Tu chica no se va a acordar de haberte querido, eso dalo por perdido y no lo llores dos veces, que llorar dos veces la misma pérdida es de tontas.

Pero si la quisiste bien, si aquello fue de verdad y no de boquilla, algo se le quedó por debajo, en un sitio adonde no llega la aguja de nadie.

No te sé decir el qué, ni cuánto, ni de qué manera te va a salir.

Eso ya lo veréis vosotras dos con el tiempo y con la cama.

Pero no todo se lo llevó, te lo digo yo que llevo ochenta años metiendo la mano en muertos y sé lo que se puede sacar de una persona y lo que se queda pegado por más que tires.

Lo de la cabeza, sí, resígnate. Lo otro, búscalo.

Y Sabela condujo de vuelta a Arnela ya de noche, sierra abajo, con la lluvia machacando el parabrisas y los faros abriendo dos conos cortos en la niebla, y aquellas frases peleándose dentro de ella todo el camino, la de que lo de la cabeza no volvía por sí solo pero seguía existiendo, entero, en la cabeza de la chica flaca que en ese mismo momento respiraba despacio en una cama del hospital sin despertar, y la de que a lo mejor no despertaba nunca y entonces daba igual que existiera, y la de que lo del cuerpo, lo que no pasa por la memoria de acordarse, a lo mejor no se lo habían podido llevar, y no supo con cuál de las dos quedarse, así que se quedó con las dos a la vez, que era lo único honesto y lo único que podía sostener sin mentirse, y llegó a casa de madrugada y se metió en la cama con cuidado de no despertar a Vera, que dormía de espaldas, ajena, con la respiración tranquila de quien esa noche no cargaba ningún muerto ajeno, y Sabela se quedó un rato largo mirándole la nuca en la oscuridad, la misma clase de nuca donde a tres mujeres les habían hundido el pulgar, y se prometió allí, en voz muy baja para sus adentros, sin saber todavía cómo iba a cumplirlo, que a aquella mujer le iba a buscar lo que quedara por debajo del olvido aunque le llevara en ello el resto de la vida, y que si de verdad había algo guardado en aquellas manos largas de dedos finos, ella se iba a encargar, con paciencia y sin prisa, de que aquellas manos se acordaran de lo que la cabeza ya no sabía.

El día del alta fue, a su manera pequeña, otro de esos golpes que no dejan marca pero se sienten días.

Sabela sacó el coche del aparcamiento del hospital con Vera al lado, muy callada, mirando por la ventanilla la ciudad mojada pasar en gris, y condujo sin pensar, con el piloto automático de las manos, hacia el barrio bajo, hacia la casa que había sido de las dos, porque para el cuerpo de Sabela llevar a Vera a casa no significaba más que una cosa y un solo camino, el de siempre, y fue Vera la que, al ver que Sabela cogía la cuesta equivocada, giró la cara y le dijo, con toda la delicadeza de la que era capaz, que ella vivía arriba, en el barrio alto, que si no le importaba acercarla a su piso, y se lo dijo despacio, como se le dice a alguien una cosa que a lo mejor le va a sentar mal sin saber una del todo por qué, y Sabela tragó, y le dijo que claro, mujer, que perdona, que se había despistado, y metió por la primera calle a la derecha y enfiló la cuesta del barrio alto, y durante los cinco minutos que tardaron en subir no hablaron ninguna de las dos, ya que no había manera de rellenar aquel silencio sin decir en voz alta lo único que lo llenaba, que era que a Vera la estaba subiendo a su casa de soltera una mujer que hasta tres semanas atrás se dormía cada noche con la nariz metida en su nuca.