La ultima memoria Capítulo 25
72%

Capítulo 25

Los médicos no supieron qué decirle, porque en los libros de medicina no viene lo que le habían hecho a Vera, y los pocos que sabían de lecturas y de vaciados, gente del registro, dos mujeres viejas a las que Sabela fue a buscar de rodillas, le dijeron la única verdad que había, la más dura, que lo que se vacía no vuelve solo, jamás, que no es como una amnesia de golpe en la cabeza donde el recuerdo está guardado y a veces regresa por su cuenta, que un recuerdo vaciado no se disuelve ni se cura ni se recompone con el tiempo, sino que cambia de dueño, se lo lleva puesto la que lo saca, y allí sigue, entero, en la cabeza de otra, y que la única manera de que Vera recuperase esas semanas era que quien se las hubiera llevado se las devolviese con la mano, pues ni la terapia ni el tiempo ni el amor sacan de la nada lo que ya no está en la nada sino en otra persona, y que mientras eso no pasara, esas semanas, para Vera, era como si no hubieran existido nunca.

Y Sabela, que había peleado contra jueces y contra fiscales y contra un asesino, se encontró de pronto peleando contra la única cosa contra la que no se puede pelear, que es un hueco, un trozo limpio recortado con tijeras en la memoria de la mujer que quería, y no había a quién esposar por eso, ya no, porque el que lo había hecho ya estaba en un módulo de aislamiento esperando tres juicios.

Vera pasó cinco días en un cuarto del hospital de Arnela con una vía en el brazo y el gotero contándole las horas, porque el cuerpo, aunque a ella no le hubieran llegado a clavar la jeringa, se le había vaciado por dentro de una manera que los médicos no sabían nombrar, y le pusieron suero y le hicieron un escáner y luego otro, y el neurólogo, un hombre joven y serio que hablaba con Sabela en el pasillo bajando la voz como si diera un pésame, le enseñó las imágenes en una pantalla y le dijo que allí no había nada, ni un derrame, ni una isquemia, ni una sombra, que el cerebro de aquella mujer estaba tan limpio y tan sano como el de cualquiera, y que por lo tanto lo que le pasaba, fuera lo que fuera, no era cosa de su departamento, no venía en sus libros, y a Sabela le dieron ganas de decirle que ya lo sabía, que lo que le habían hecho a Vera no se veía en un escáner porque no se lo habían hecho con un bisturí sino con algo mucho más fino y mucho más antiguo que la neurología, y que lo que le faltaba no estaba perdido en ninguna parte de aquella cabeza sana, sino guardado, entero, en otra cabeza que ningún escáner de aquel hospital iba a mirar nunca, pero se calló, pues explicarle a un neurólogo de treinta años lo que era un vaciado habría sido tan inútil como explicarle a un cura lo que se siente al no creer en nada.

Lo insoportable de aquellos cinco días no fue el gotero ni las pruebas ni las noches en el sillón de escay con una manta que picaba, fue que Vera era Vera, exactamente Vera, con su mal genio intacto y su honestidad seca y su manía de mandar callar a las enfermeras que entraban a las tantas a tomarle la tensión, y sin embargo, cada vez que Sabela empujaba la puerta del cuarto con dos cafés de la máquina en las manos, Vera levantaba la vista de la sábana y le ponía esa cara, esa cortesía terrible de quien recibe a alguien que le cae bien y no sabe de qué, la cara que se le pone a una con el vecino nuevo o con el primo lejano en un funeral, y le daba las gracias por el café con una educación que a Sabela le dolía más que un insulto, ya que a la Vera de antes, a la que se acordaba, jamás se le habría ocurrido darle las gracias por un café, se lo habría quitado de la mano gruñendo que estaba aguado, y aquella diferencia mínima, la de un gracias de más, era el mapa exacto del tamaño del hueco.

El tercer día Vera le pidió, con un apuro que no le pegaba nada, que si no era mucha molestia se pasara por su casa a por ropa suya, unas mudas y el neceser y un jersey gordo que tenía en el segundo cajón de la cómoda, y se lo pidió mirándose las manos, incómoda, porque en su cabeza le estaba pidiendo a una inspectora de policía a la que apenas ubicaba que entrara en su piso y le abriera los cajones, y no sabía, la pobre, que Sabela conocía aquel piso mejor que el suyo, que sabía que el jersey gordo estaba en el segundo cajón porque se lo había quitado ella misma más de una noche, y Sabela le dijo que claro, mujer, que no era molestia ninguna, y fue a la casa del barrio alto y abrió los cajones de una mujer que ya no se acordaba de haberla dejado entrar en su vida, y le dobló la ropa despacio, sentada en el borde de aquella cama en la que habían dormido enredadas tantas veces, y por primera vez desde la nave se permitió llorar a gusto, sola, sin testigos, porque delante de Vera no pensaba soltar ni una lágrima, ya que bastante peso cargaba la otra sin echarle encima además la culpa de verla sufrir.

Ferro subió a verla el cuarto día, con el costado nuevo lleno de puntos y una bolsa de mandarinas, y se quedó un momento parado en el umbral antes de entrar, mirando a Sabela con una pregunta entera en la cara, y Sabela se la contestó con un gesto mínimo de cabeza, que sí, que era verdad lo que le habían contado por teléfono, que no se acordaba, y Ferro tragó saliva y entró y le dejó las mandarinas en la mesilla y le soltó una de las suyas, algo de que en aquel hospital hasta la fruta tenía cara de funcionario de ventanilla, y Vera se rió, la risa de siempre, corta y por debajo, y durante un segundo, viéndola reírse de la bobada de Ferro como se había reído toda la vida, Sabela tuvo la ilusión cruel de que allí no había pasado nada, hasta que Vera se giró hacia ella para compartir la risa, por puro reflejo, buscándola como se busca al cómplice de un chiste, y a mitad de aquel gesto se le apagó la cara al no encontrar en Sabela a nadie con quien tuviera risas guardadas, y volvió a colocarse la cortesía como quien se recompone la ropa, y Sabela entendió entonces una cosa que se le quedaría dando vueltas, y era que hasta los reflejos buenos, los que arrancaban del cuerpo y no de la cabeza, se le rompían a Vera contra la pared del olvido en cuanto la cabeza tomaba otra vez el mando.

Al quinto día le quitaron la vía y le firmaron el alta, porque el cuerpo, que es un animal tonto y agradecido, se había recompuesto en nada, había recuperado el color y el genio y el hambre, y esa fue, pensó Sabela rellenando los papeles en el mostrador de plástico, la peor crueldad de todas, la de que no quedara nada a lo que agarrarse, ninguna herida que señalar con el dedo, ningún parte médico que dijera «aquí, esto es lo que le falta y esto es lo que hay que curarle», solo una mujer sana, entera, con toda su cabeza en su sitio menos un trozo del tamaño exacto de ellas dos.

Pero Sabela no era mujer de rendirse delante de un mostrador de hospital, así que aun antes del alta, las tardes largas en que Vera dormía la convalecencia, se puso a buscar por su cuenta a la única gente que en toda la provincia podía saber algo de aquello, que no eran médicos ni jueces sino las viejas del registro, las lectoras retiradas, las que habían llevado el oficio desde antes de que hubiera cámaras y actas y formularios, y le costó dar con ellas, ya que aquella gente no figura en ningún listado que se precie y se defiende del mundo con la desconfianza de quien lleva media vida siendo mirada como una avería, pero Sabela sabía buscar, para eso le pagaban, y tiró de un hilo y de otro y habría ido de rodillas hasta el fin del mundo con tal de que alguien le dijera que había una salida, hasta que una tarde de lluvia terca se plantó en un pueblo de tierra adentro, subida ya la sierra, delante de una casa de piedra con la parra seca sobre el emparrado y el humo saliéndole a la chimenea, a llamar a la puerta de dos hermanas que habían leído muertos durante cuarenta años y que ya no le leían a nadie.

Le abrió la más vieja de las dos, una mujer diminuta y encorvada, con una trenza blanca que le llegaba a la cintura y unos ojos lechosos que ya casi no veían, y detrás, en la penumbra de una cocina con lumbre, estaba la otra, algo menos vieja, seca como un sarmiento, con las manos nudosas cruzadas encima del mandil, y las dos escucharon a Sabela desde el quicio, sin invitarla a pasar todavía, mientras ella les contaba de pie, calándose bajo el alero, quién era y qué le habían hecho a la mujer que quería, y cuando Sabela dijo la palabra, vaciada, las dos hermanas cambiaron la cara a la vez, y la de la trenza blanca se apartó de la puerta y dijo «pasa, muller, no te quedes ahí fuera, que esto no se habla en un portal», y Sabela pasó, y se sentó a la mesa de la cocina con un vaso de tinto que no había pedido y que no se atrevió a rechazar.