Capítulo 24
Lo que vino después fue el caos ordenado de los finales, la nave llenándose de uniformes, el rapado reducido contra el suelo, Quinteiro esposado y leído sus derechos por un capitán de la Guardia Civil que no entendía la mitad de lo que veía pero que tenía una orden firmada y una caja metálica que Sabela le señaló en un cuarto del fondo, la caja de la contabilidad, el archivo entero de la Cofradía, nombres, pagos, lectoras, deudores, la memoria obsesiva de un hombre convertida ahora en la prueba que lo iba a enterrar.
A Xela la encontró un guardia caída en un rincón de la nave, lejos ya del sitio donde había mordido al rapado, tirada de cualquier manera contra la chapa como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos de golpe, y al principio pensaron que le habían pegado un tiro en el jaleo, pero no tenía sangre por ninguna parte, no tenía ni un rasguño, y sin embargo no respondía, ni al nombre ni a la luz ni al dolor, respiraba despacio y hondo con los ojos cerrados y estaba en algún sitio del que no la sacaba nadie, y el enfermero que subió con la ambulancia, un chaval joven que no había visto en su vida nada parecido, le tomó las constantes y frunció el ceño y dijo que aquello no era un desmayo, que aquello era otra cosa, y la bajaron en camilla por la pista de tierra entre las luces azules, tapada con una manta térmica, mientras Sabela la miraba pasar sin entender todavía qué le había reventado por dentro a aquella chica flaca que un rato antes le había clavado los dientes al rapado para salvarles la vida a las dos.
De su hermano se enteró Sabela después, no por boca de Xela, que no iba a hablar en mucho tiempo, sino por la caja, por aquel archivo obsesivo donde Quinteiro lo apuntaba todo, y allí estaba también Suso Fontán, con su nombre y su deuda, la palanca con la que habían tenido a la hermana sujeta cuatro años, y Sabela se prometió a sí misma, leyendo aquel nombre, que lo iban a buscar, y cumplió esa promesa, aunque eso es otra historia.
Y en medio de todo aquello, cuando ya clareaba y la pista de tierra era un río de luces azules, apareció un coche viejo dando tumbos por los baches, y de él bajó, con su sombrero de otro siglo y una carpeta bajo el brazo, el juez Deán en persona, que le había dicho a Sabela por teléfono que esperara los cuarenta minutos y que no se había esperado él ni uno, porque a sus setenta y tantos años, después de firmar la orden y llamar al capitán del puesto, se había subido al coche y había conducido hasta Punta Seixo para ver con sus propios ojos, por una vez, el final de una de aquellas historias que llevaba media vida archivando de lejos, y se acercó a Quinteiro esposado, y se lo quedó mirando un rato largo, sin decirle nada, con las manos a la espalda, la cara de un hombre que por fin le ponía cara al que le había robado el sueño, y luego se giró hacia Sabela y le hizo un gesto mínimo con la cabeza, ya está, lo trajo usted, y Sabela se lo devolvió, y aquel intercambio de dos cabezadas entre una inspectora reventada y un juez viejo valía más que todas las medallas que después les colgarían a ninguno de los dos.
Pero mientras todo aquello pasaba, mientras la nave se llenaba de gente y de linternas, Sabela solo tenía ojos para una persona, y cruzó el espacio a trompicones y llegó hasta Vera, que se había quedado sentada en el suelo con la espalda contra la silla de las correas, muy quieta, muy pálida, mirándose las manos, y Sabela se arrodilló delante de ella y le cogió la cara, y notó enseguida que algo no iba bien, que Vera la miraba de una manera rara, con una cortesía extraña, como se mira a alguien que te suena.
—Vera —dijo Sabela—. Vera, soy yo, ya está, se acabó, estás a salvo. Mírame.
—Te estoy mirando —dijo Vera despacio, y frunció el ceño, y en su voz había un miedo nuevo, distinto de todos los anteriores—.
Te estoy mirando y sé que te conozco, sé que eres importante, lo noto aquí, en el pecho, hay un sitio que se me pone caliente cuando te miro, pero...
—y se le llenaron los ojos de lágrimas de puro pánico— pero no sé tu nombre.
No me sé tu nombre. Y sé que debería. Sé que eres la persona cuyo nombre debería saber antes que ninguno. ¿Por qué no me sé tu nombre?
Y Sabela entendió, con un frío que le bajó por la espalda, lo que había pasado, entendió que la aguja no había llegado a pincharla pero que la máquina que le habían montado dentro llevaba un rato en marcha, que Xela, obligada, aterrada, había empezado a vaciarla antes de que Sabela llegara, y que de todo el archivo de muertos ajenos que Vera guardaba en la cabeza, de todos los años de dolor prestado, lo que se le había llevado el vaciado, por un azar cruel o por una lógica que nadie entendería nunca, había sido lo más reciente, lo más nuevo, lo que menos raíces había tenido tiempo de echar, y eran ellas, era Sabela, eran las semanas juntas, el tanatorio, el orujo, el primer beso, la aldea prometida, todo lo que habían construido a contrarreloj, arrancado limpio, con tijeras, como le habían arrancado a Icía el viaje a Portugal.
—Me llamo Sabela —dijo, y no le salió la voz más que en un susurro, y le temblaban las manos sobre la cara de Vera—.
Me llamo Sabela y tú me quieres, Vera, y yo a ti, y llevamos semanas juntas, y me ibas a llevar a la aldea de tu abuela a estar calladas tres días, y no oías a nadie allí, me lo contaste, ¿te acuerdas?
, no te acuerdas, joder, no te acuerdas.
—Y por primera vez desde que era una niña que abría los ojos antes que nadie, Sabela Randín se echó a llorar de verdad, sin control, abrazada a una mujer que la miraba con cariño y con miedo y sin memoria, en el suelo de una nave llena de policías, mientras a dos metros esposaban al hombre que, incluso derrotado, incluso boca abajo, incluso perdiéndolo todo, se había salido con la última de las suyas, que era robarles precisamente aquello, la única cosa que a Sabela le importaba de verdad conservar.