La ultima memoria Capítulo 23
68%

Capítulo 23

Sabela no soltó la pistola, pero tampoco disparó, porque Quinteiro tenía razón en lo del rebote y porque el rapado tenía a Xela por el cuello y a Vera la separaban tres metros de correas, y en esa clase de aritmética una bala no bastaba, así que hizo lo que sabía hacer mejor que disparar, que era hablar, ganar segundos, estirar el tiempo que faltaba para que los cuarenta minutos de Deán se cumplieran, y avanzó despacio hacia el círculo de luz con la pistola baja pero sin soltarla.

—Randulfe ha firmado, Amaro —dijo Sabela, y usó su nombre de pila a propósito, para quitarle la distancia—.

Todo. La contabilidad, los pagos, esta nave.

Y no lo tengo yo solo, lo tiene un juez de fuera, y viene la Guardia Civil de camino.

Se acabó. Mates a quien mates hoy, ya da igual, porque la caja donde lo apuntas todo, esa con la que no te fías ni de tu propia memoria, la van a encontrar, y con eso te caen tres cadenas perpetuas.

Lo único que decides ya es cuántos cuerpos hay en el suelo cuando lleguen.

Nada más. Ese es todo el poder que te queda.

Vio que la mención de la caja le cambiaba la cara medio segundo, ese punto débil de los obsesivos, y vio también, por el rabillo del ojo, que Vera había vuelto del todo en sí, que tenía los ojos abiertos y clavados en ella, y que muy despacio, con la mano que las correas le dejaban medio suelta, estaba trabajándose la hebilla, y Sabela supo que tenía que darle tiempo y ruido, así que siguió hablando, dio otro paso, obligó a Quinteiro a girarse hacia ella y a darle la espalda a Vera.

—¿Sabes qué es lo que no entiendo de ti, Amaro?

—dijo Sabela—. Que le tengas tanto miedo a olvidar.

Un hombre que le roba la memoria a los demás, aterrado de perder la suya.

Lo apuntas todo porque no soportas que se te escape nada.

Y sin embargo lo único que vas a dejar en la memoria de esta ciudad es esto, la nave, las ahogadas, la mano de tres dedos.

Te vas a pasar la eternidad siendo el monstruo del puerto. Buena memoria, la tuya. Buenísima.

—Cállate —dijo Quinteiro, y por primera vez perdió un grado de calma, y dio un paso hacia ella con la jeringa, y en ese paso, en ese instante en que toda su atención estaba en Sabela, pasaron tres cosas a la vez y muy deprisa.

La primera fue que Vera se soltó la correa de la mano y se arrancó las otras y se levantó de la silla tambaleándose.

La segunda fue que Xela, la lectora flaca de los ojos enormes, que llevaba años obedeciendo por miedo, al ver a Vera libre encontró de golpe un valor que no sabía que le quedaba y le clavó los dientes en la mano al rapado y le pisó y se retorció, y el rapado la soltó un segundo maldiciendo.

Y la tercera fue que Sabela, viendo a Quinteiro venir hacia ella con la aguja por delante como quien enseña un crucifijo, no disparó a la chapa, pues la chapa le devolvía el tiro y una bala suelta en aquel eco de metal era una moneda al aire que lo mismo mataba a Vera que a Xela que a ella, así que hizo lo único que sabía hacer con el cuerpo cuando el arma no servía, que era pelear de cerca, y en vez de recular, que es lo que todo el mundo espera, dejó venir a Quinteiro el último medio paso y se le echó encima, se comió la distancia con un quiebro de cadera, y cuando la aguja le buscó el cuello ella ya no estaba donde el hombre había calculado, tenía el antebrazo de él trabado contra el suyo, hueso contra hueso, y descubrió en aquel abrazo feo que Amaro Quinteiro, con toda su fachada de señor de las cenas del Ayuntamiento, era fuerte de verdad, fuerte de cargar cuerpos y de sujetar cabezas contra el fondo de un embalse, y por un segundo horrible la punta de la aguja le bajó temblando hasta la piel de la garganta mientras los dos empujaban con todo lo que tenían, resoplando, trabados en el círculo de luz, y Sabela notó el frío del metal rozándole la vena del cuello y supo que tirar hacia atrás, que era lo que el cuerpo le pedía, era regalarle a él la caída encima, así que hizo lo contrario, tiró hacia el mismo lado que empujaba el hombre, le devolvió su propia fuerza, y Quinteiro, que empujaba a matar y de pronto no encontró nada delante, se fue hacia adelante con su propio peso, y Sabela le acompañó el brazo de la jeringa en el vuelo y se lo torció por la espalda hasta que algo cedió con un chasquido y la aguja rodó y se rompió en el hormigón, y se acordó entonces, con una lucidez fría y exacta, del gesto que la doctora Noia le había descrito sin querer semanas atrás, el pulgar en la nuca, la mano que sujeta la cabeza mientras el cuerpo se cansa de luchar, y se lo devolvió entero, le subió el brazo torcido por la espalda hasta arrancarle un gruñido y doblarlo hacia adelante sobre sí mismo, sin fuelle ya para nada, y le hundió a Quinteiro el cañón de la pistola en la base del cráneo, en el sitio exacto donde él había apretado el pulgar sobre tres mujeres, y le habló al oído con la misma voz suave con que él ahogaba.

—No dejes cabos, ¿verdad? —dijo Sabela—. Pues este cabo lleva pistola. Al suelo. Boca abajo. Las manos en la nuca. Y como se te ocurra moverte, te juro por las tres que ahogaste que a mí no me tiembla.

Y Amaro Quinteiro, el hombre que no tenía prisa porque se creía dueño del tiempo, se dio cuenta en ese instante de que el tiempo se le había acabado, y se puso de rodillas, y luego boca abajo en el suelo de hormigón de su propia nave, y la jeringa rodó lejos y se rompió, y fuera, todavía a lo lejos pero acercándose, empezaron a oírse las sirenas de los cuarenta minutos de Deán, que llegaban por fin, tarde para muchas cosas pero a tiempo, por una vez, para las que aún se podían salvar.