Capítulo 22 #2
Llegó al cuadrado de la cámara frigorífica midiendo los pasos por el plano de la cabeza, y allí estaba, exactamente donde el lápiz de Bruno lo había puesto, un cubo de obra pegado a la pared, más macizo y más negro que el resto, con una sola puerta de esas antiguas de frigorífico industrial, forrada de chapa remachada y con un manillón grande de palanca, y Sabela se detuvo delante con el corazón subiéndosele a la garganta, pues aquel era, según el arquitecto, el sitio donde un hombre encerraría a quien no quisiera que se oyese, «de aquí no se oye nada y no se sale sin la llave» había dicho Bruno, y ella iba convencida de encontrar detrás de aquella puerta gruesa a Xela, la lectora cautiva de los años, la que lloraba en el rincón de la lectura de Amalia, y se preparó por dentro para verla allí metida, encogida en la oscuridad, y agarró el manillón despacio, y notó, con un vuelco feo, que la puerta no estaba echada, que estaba entornada, apenas encajada contra el marco, y aquello, que a cualquiera lo habría aliviado, a Sabela le puso en la boca el sabor a hierro más fuerte de toda la mañana, ya que una jaula abierta no significa más que una cosa, y es que el pájaro ya no está dentro.
Tiró del manillón todavía más despacio, rezándole a un Dios en el que no creía para que la bisagra no chirriara, y la puerta cedió con un quejido corto y sordo, y Sabela metió la cabeza en aquel cubo negro y le llegó de golpe el olor, un olor a persona, a persona guardada mucho tiempo sin agua para lavarse ni ventana por la que orearse, a colchón podrido y a cubo sin vaciar y a encierro, el olor exacto de un ser humano tenido como se tiene a un animal en un cobertizo, y encendió por fin la linterna un segundo, tapándola casi entera con la mano para que solo se le escapara un dedo de luz entre los dedos, y lo que aquel dedo de luz le enseñó no se le iba a borrar mientras viviese, un jergón en el suelo con una manta enrollada de cualquier manera, un cubo en un rincón, una botella de agua a medias, un plato de plástico rayado, y en la pared, a la altura de una persona sentada en el suelo con la espalda contra la obra, arañadas en el revoco con algo duro, con una uña o con el mango de una cuchara o con la pura desesperación, hileras y más hileras de rayas agrupadas de cinco en cinco, cientos de rayas, los días de una mujer contados uno a uno en la pared de una cámara sin luz, cuatro años de rayas si Sabela echaba la cuenta y no quería echarla, y entre las rayas, en un hueco que alguien había dejado a propósito, arañada con el mismo cuidado torpe, había una casa, una casa de niña con su tejado de dos aguas y su chimenea humeando en palotes y un sol de rayas en la esquina de arriba, la casa que se dibuja a los seis años, la casa a la que se quiere volver, y a Sabela, que había visto de todo en doce años de oficio y que se tenía por curada de espantos, aquel solecito de palotes arañado en la pared de una celda por una mujer adulta a la que llevaban cuatro años vaciándole la vida a cucharadas le hizo lo que no le habían hecho los cadáveres del puerto ni las fotos de la nuca de Marta Loureda, se le llenaron los ojos de un agua rabiosa que se limpió de un manotazo brusco, porque no era el momento, se dijo, ya lloraría después si le quedaba un después que llorar, y apagó la linterna, y encajó, con el cálculo frío volviéndole por encima del dolor como vuelve la marea, lo que la jaula abierta le estaba gritando, que a Xela ya la habían sacado de allí, que la habían subido a la luz, y que si la habían subido a la luz era para usarla, y que si iban a usarla era en ese mismo momento, y que ella, Sabela, llegaba como llegaba siempre, ni pronto ni tarde sino en el filo exacto donde todavía se puede perder todo.
Salió de la cámara con el corazón desbocado y las tripas frías, y ahora, quieta otra vez contra la pared, empezó a oír lo que hasta entonces le había tapado la distancia, pues del extremo iluminado de la nave le llegaban sonidos, el zumbido bajo y continuo de un grupo electrógeno alimentando los focos, y por encima de aquel zumbido una voz de hombre, tranquila, pausada, una voz que hablaba sin prisa como quien da una charla en un salón o reza un rosario de sobremesa, y aunque Sabela no distinguía todavía las palabras reconoció el tono al vuelo, aquel tono amable y educado de las cenas del Ayuntamiento que era la peor de todas las señales, la de que Amaro Quinteiro estaba en su elemento y se sentía dueño del sitio y del tiempo y de las tres mujeres que había dentro de aquella nave contándose a sí mismo entre ellas, y por debajo de la voz del hombre le pareció distinguir otra cosa, un gemido apagado, un quejido de mujer medio ida que peleaba por volver en sí, y a Sabela el cuerpo entero se le fue hacia delante, hacia la luz, hacia aquel sonido, con un tirón animal de correr y llegar y repartir tiros, y le costó cuanto tenía plantar los pies en el sitio y no salir disparada, ya que cruzar corriendo el centro de la nave hacia la luz era la manera más limpia de que le metieran un tiro antes de dar diez pasos, así que se obligó a la calma mala que traía de la carretera, a pensar como la policía que era y no como la mujer que también era, y desplegó una vez más el plano de Bruno por dentro, y calculó, y vio que tenía dos sitios adonde ir y no tres, el altillo de oficinas colgado sobre la luz, donde según el arquitecto guardaría un hombre ordenado lo que quisiera vigilar de cerca, la caja, la contabilidad, el poder entero de Quinteiro puesto por escrito de su puño y letra, y el propio círculo de luz, donde estaban las dos mujeres, y no dudó ni el medio segundo que había durado el susto de la rata, pues la caja podía esperar a la Guardia Civil que Deán mandaba por la carretera y Vera no podía esperar a nadie, así que decidió acercarse todo lo que la penumbra le consintiera pegada a la pared, ganar el borde de la luz sin que la vieran, y desde ahí, con los pies ya en el filo de lo iluminado, decidir en un pestañeo qué hacer con lo que se encontrase.
Y avanzó los últimos metros como no había avanzado en su vida, midiendo cada apoyo, con la espalda rozando la pared fría y la pistola pegada al cuerpo, dejando atrás las últimas moles de hierro dormido hasta que la penumbra empezó a aclararse con el rebote sucio de los focos y las sombras dejaron de ser bultos y volvieron a ser cosas, y desde detrás de una columna de fundición, el último escondrijo antes de la luz, Sabela se asomó por fin, conteniendo la respiración, a lo que aquella luz amarilla tenía preparado para ella.
Y en el círculo de luz estaba montado lo que Sabela había imaginado en sus peores noches, una silla con correas, la de la lectura de Amalia, y en la silla, atada, todavía medio ida por lo que le habían echado en el trapo pero volviendo en sí, estaba Vera, y a un lado, de pie, sujeta por el rapado, una mujer joven y flaca con el pelo sucio y los ojos enormes que solo podía ser Xela, y en el centro, dándole la espalda a Sabela, con las mangas de la camisa remangadas y esa calma horrible de quien no tiene prisa porque se cree dueño del tiempo, estaba Amaro Quinteiro.
Sabela se quedó un instante clavada detrás de la columna, sin respirar, haciendo con los ojos lo que llevaba doce años haciendo en los peores sitios, medir, y lo que midió no le gustó nada, pues entre ella y Quinteiro había ocho o nueve metros de luz descubierta, sin un mueble ni una sombra donde ampararse, y el rapado tenía a Xela cogida por el cuello a un lado, y a Vera la separaban de ella tres metros de correas y de silla, y en aquella geometría cochina una pistola no valía casi nada, ya que un tiro a Quinteiro dejaba al rapado libre para partirle el cuello a Xela o para caer sobre Vera, y un tiro al rapado le daba a Quinteiro el tiempo justo de clavarle a Vera la aguja que sostenía con sus dedos de cirujano, así que la mano que apretaba la culata se le quedó quieta, obediente por una vez a la cabeza y no a las tripas, mientras las tripas le pedían a gritos vaciar el cargador en la espalda remangada de aquel hombre.
Y por encima de todo el cálculo, y por debajo de él a la vez, en algún sitio del pecho donde la policía no mandaba, estaba la otra cosa, la de ver a Vera atada a la misma silla de correas donde había leído a Amalia, medio ida, con la cabeza colgando de lado y un hilo de saliva en la barbilla, tan lejos y tan a mano, y Sabela sintió que se le doblaba algo por dentro y tuvo que apretar los dientes hasta hacerse daño para que el cuerpo no se le adelantara a la razón, para no salir a campo descubierto a por ella como un animal, ya que salir así era matarla, y quedarse quieta mirándola así era una tortura que no le cabía en el pecho, y en aquel pulso mudo entre lo que quería hacer y lo que debía hacer se le escapó el segundo de más, el que Quinteiro llevaba toda la vida sabiendo esperar.
—Ya sé que estás ahí, inspectora —dijo Quinteiro sin volverse, con su voz amable de las cenas del Ayuntamiento—.
Hueles a sangre desde la puerta. Pasa, mujer, no te quedes en la oscuridad, que esto te interesa.
—Se giró por fin, y tenía una cara de lo más normal, de vecino, de padre de familia, y esa normalidad era lo más aterrador de todo, y sostenía en la mano, con delicadeza, como un cirujano su bisturí, una jeringa—.
Estás a tiempo de ver algo que muy poca gente ha visto.
Cómo se vacía a una lectora usando a otra.
Es un trabajo fino. Tu amiga tiene mucho aquí dentro —se tocó la sien con la jeringa—, años de muertos ajenos, todo un archivo, y sería un desperdicio tirarlo al mar sin más, así que vamos a pasarlo primero a Xela, que para eso la tengo, y luego a tu Vera la devuelve el agua vacía y en paz, como a las otras, y todos tan tranquilos.
Suelta la pistola, anda, que si disparas en esta nave te rebota el tiro en la chapa y te matas tú sola.