Capítulo 22
Condujo hacia Punta Seixo como una loca, saltándose semáforos, con una mano en el volante y la otra marcando en el móvil, y por una vez la cabeza fría de policía le funcionó por debajo del pánico, y en vez de llamar a Vilas, que le habría exigido esperar, llamó al juez Deán, y le contó en treinta segundos entrecortados lo que pasaba, que tenían la confesión firmada de Randulfe, que Quinteiro había secuestrado a Vera, que iban a matar a dos mujeres en la conservera, y le pidió lo único que un juez podía dar y que a esas alturas ya nadie de dentro podía tapar, una orden de entrada y refuerzos de verdad, de la Guardia Civil, de fuera de Arnela, de gente a la que Randulfe no controlaba, y Deán, que era viejo y estaba de vuelta de todo pero que había oído a una muerta acusar a un fiscal con sus propios oídos, no dudó, dijo «voy a firmarlo ahora mismo y a llamar yo al capitán del puesto, pero tardarán cuarenta minutos en llegar, Randín, no entre usted sola, espérelos», y Sabela dijo «sí, señoría», y colgó, y por supuesto no esperó, porque cuarenta minutos era exactamente el tiempo que Xela y Vera no tenían.
Fue un trayecto que después no recordaría por tramos sino por sensaciones sueltas, la ciudad todavía dormida desfilando a los lados en manchas de farola naranja, las persianas echadas de las tiendas, un barrendero madrugador que se apartó de un brinco al verla saltarse en rojo el semáforo del puente, y luego el barrio alto quedándose atrás y la carretera abriéndose hacia el extrarradio feo, el de los talleres cerrados y las naves y los solares con perros atados, mientras por el este, sobre la línea plomiza de la ría, se levantaba una claridad sucia de amanecer de lluvia, ni sol ni noche del todo, esa hora gallega descolorida en que el mundo parece fregado con agua vieja.
Sabela conducía con la sangre seca tirándole de la piel de la sien cada vez que apretaba la mandíbula, que era todo el rato, con el sabor a hierro asentado en la boca, y en algún punto de aquella carretera se dio cuenta de que por dentro le había pasado una cosa rara en la última hora, y era que el pánico animal con que había salido de casa gritando el nombre de Vera se le había ido enfriando kilómetro a kilómetro hasta cuajar en otra cosa distinta, en una calma mala, plana, casi cómoda, la calma del que ya ha hecho las cuentas y ha aceptado que a lo mejor no vuelve, y que por eso mismo ha dejado de tenerle miedo a nada.
No llamó a Vilas, aunque el reglamento entero le gritaba que lo llamara, pues sabía de sobra lo que Vilas le diría, que esperase, que aquello se hacía con orden y con equipo y con las cosas bien hechas, y las cosas bien hechas eran justo el lujo que ni Vera ni Xela tenían aquella mañana, así que apagó esa voz de dentro como había apagado el teléfono para todo lo que no fuera Deán, y siguió, y se sorprendió pensando, con una lucidez casi divertida, que hacía años que no se sentía tan entera y tan libre como en aquel coche robado al sentido común que corría hacia lo peor, porque por fin no había nada que decidir, ni ley ni carrera ni futuro, solo una pista de tierra al final de todo y una mujer a la que sacar del agua antes de que el agua repitiera con ella la única canción que se sabía.
Y cuando el asfalto se acabó y empezó la pista de baches que bajaba a Punta Seixo, Sabela redujo, apagó los faros para no anunciarse, y siguió medio a ciegas guiándose por la mancha más clara de la ría al fondo y por la memoria de las dos veces que ya había estado allí de noche, y la vieja conservera se le fue dibujando poco a poco entre la niebla que subía del agua con toda la desolación de las glorias industriales muertas de la ría, la mole larga con el tejado de uralita hundido a trozos, las ventanas sin cristales abiertas como cuencas vacías en la penumbra, el muelle de piedra al que hacía décadas que no atracaba nadie, comido de broza y de salitre, y por encima de todo aquel silencio espeso de sitio abandonado que el sirimiri hacía todavía más hondo, un silencio de los que le dan a una por bajar la voz aunque vaya sola.
Pero a Sabela, aquella mañana, el silencio le vino de aliado, pues en un descampado tan callado el chirrido de un candado, el ronroneo de un motor o un grito ahogado se oían a cien metros, y ella iba a necesitar oírlo todo.
Dejó el coche escondido a medio kilómetro y bajó a pie por el borde de la ría, agachada, con la pistola en las dos manos y la sangre seca tirándole de la piel de la sien, y por primera vez desde que empezó aquella pesadilla se metió en la conservera sabiéndose el sitio de memoria, porque llevaba el plano de Bruno grabado detrás de los ojos, la nave grande, el altillo de oficinas colgado al fondo donde estaría la caja, la cámara frigorífica de paredes gruesas marcada con una cruz donde encerrarían a quien no quisieran que se oyera, la escalera de incendios de la parte de atrás por si había que salir de otra manera, y ese mapa que un hombre bueno le había dibujado sin preguntar le dio, en la oscuridad, la única ventaja que tenía sobre Quinteiro, que era saber por dónde pisaba, y entró por la misma chapa suelta de la vez anterior, y dentro la nave estaba distinta, iluminada solo por unos focos de trabajo en un extremo, el resto en penumbra.
Nada más pasar la chapa la tragó un frío distinto del de fuera, un frío de nave muerta que no venía del aire sino de las paredes, del hormigón viejo y de la humedad de décadas subiendo del suelo, y Sabela se quedó unos segundos pegada al metal, sin respirar apenas, dejando que los ojos se le hicieran a aquella penumbra grande y sucia mientras al fondo, a lo que le pareció una eternidad de distancia, ardían los focos de trabajo en un halo amarillo de tormenta, y en medio de ella y de aquella luz había cuarenta o cincuenta metros de nave a oscuras que no podía cruzar de cualquier manera, así que hizo lo único sensato que le quedaba por hacer, que fue cerrar un momento los ojos, ya cegada del todo por el contraste, y desplegar por dentro el plano de Bruno como quien abre un mapa sobre el capó del coche, la nave grande de despiece a lo largo, la línea de calderas muertas pegada a la pared del mar, el altillo de oficinas colgado al fondo justo encima de la luz, y a su izquierda, a media nave, el cuadrado de paredes gruesas de la cámara frigorífica marcado con la cruz de lápiz, y cuando volvió a abrir los ojos ya no vio un almacén negro y desconocido sino un sitio que un hombre bueno le había enseñado a andar de memoria una tarde, en su estudio limpio, dándole golpecitos con el lápiz sobre un papel amarillento, y le vino a la cabeza, sin quererlo, la voz de Bruno pidiéndole que no entrara sola, que entrara con la Guardia Civil o con el ejército o con quien fuese pero no sola, y Sabela le contestó para sus adentros, mientras echaba a andar, que lo sentía, que iba a romperle también esa promesa como le había roto las otras, pero que a los cuarenta minutos de Deán no llegaba Vera viva, y que un plano tan bien dibujado no se lo da un hombre a una mujer para que lo use con prudencia.
Fue pegándose a la pared de la izquierda, la del interior, la que la mantenía lejos del muelle y de las ventanas por las que se colaba la única claridad de fuera, la del amanecer sucio sobre la ría, y avanzó con la pistola baja en las dos manos y los pies buscando el suelo antes de posarlos, ya que aquel suelo era una trampa de cuarenta años de abandono, cables viejos endurecidos como raíces, charcos aceitosos que no reflejaban nada, latas comidas de óxido que un pie torpe mandaría rodando con un estruendo de campanas en semejante silencio, y Sabela, que llevaba media vida entrando la primera en los sitios malos, tiró de todo lo que sabía de pisar callado y fue dejando atrás las moles negras de la maquinaria muerta, las autoclaves como calderas de barco varadas en seco, las cintas de la antigua cadena de despiece colgando del techo igual que tripas secas, una báscula enorme volcada de lado, todo aquel cementerio de una industria que en otro siglo había dado de comer a medio pueblo y que ahora servía de escenario para lo contrario, para quitar la vida en vez de ganarla, y por encima de su cabeza el tejado de uralita dejaba pasar en dos o tres sitios un hilo de agua que caía con un tic-tac terco sobre el hormigón, y aquel gotear, que en cualquier otra noche le habría parecido lo más lúgubre del mundo, aquella mañana lo bendijo, pues cada gota que sonaba era un ruido más que tapaba el suyo, y no encendió la linterna ni una vez, aunque el dedo se le iba solo al botón como se va la lengua al hueco de una muela, ya que una luz en aquella oscuridad era una diana con patas, y Sabela prefería ir medio ciega y viva que bien iluminada y muerta.
A media nave algo se movió a ras de suelo, rápido y bajo, y a Sabela se le paró el corazón el medio segundo justo hasta que el bicho cruzó por delante de un charco de claridad y le vio la cola larga y pelada, una rata gorda de puerto que ni siquiera corría con miedo, sino con la desgana de quien es dueño viejo de la casa y solo se aparta por educación, y siguió a lo suyo tras una tubería, y Sabela soltó despacio el aire que se le había quedado atascado en el pecho y se dijo, con esa guasa fría que le brotaba precisamente en lo peor, cuando ya no le quedaba otra cosa con que sostenerse, que hasta las ratas de Punta Seixo tenían más antigüedad que ella en aquella casa, y que ojalá le durara a ella la mala suerte de las ratas, que es la de sobrevivir a todo.