La ultima memoria Capítulo 21
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Capítulo 21

No tuvieron los días que Randulfe les había prometido.

No tuvieron ni siquiera uno entero, porque el fiscal, cobarde hasta el final, incapaz de aguantar el peso de lo que había firmado, hizo esa misma noche la única cosa que Sabela le había prohibido hacer, y llamó a Amaro Quinteiro, no para traicionar a Sabela, sino en un intento desesperado y estúpido de negociar su propia piel, de decirle «suelta a la chica y desaparece un tiempo y esto se calma», como si a un hombre como Quinteiro se le pudiera pedir clemencia, y lo único que consiguió con esa llamada fue confirmarle a Quinteiro que el cerco existía, que el fiscal se había roto, y que había llegado, en efecto, el momento de cerrar la temporada y de no dejar ni un cabo, empezando por los más recientes.

Sabela se enteró a las cinco de la madrugada, cuando el móvil que había dejado encendido solo para emergencias se iluminó en la oscuridad del dormitorio, y era un mensaje de un número oculto, sin texto, solo una foto, y Sabela la abrió medio dormida y se despertó de golpe como si le hubieran tirado un cubo de agua helada, porque la foto era de la fachada de su propia casa, tomada desde la calle, esa misma noche, con la ventana del dormitorio donde ellas dormían señalada con un círculo rojo dibujado encima, y dentro del círculo, el símbolo, la mano de tres dedos, y debajo, esta vez sí, tres palabras, «la cofradía tampoco olvida».

—Vera —dijo Sabela, ya de pie, ya vistiéndose, ya con la pistola en la mano—. Vera, despierta, nos vamos, ahora, sin hacer preguntas.

Pero no les dio tiempo a irse limpiamente, porque Quinteiro no mandaba avisos para asustar, los mandaba para distraer, y aquella foto de la fachada con el círculo rojo pintado sobre la ventana del dormitorio no era la amenaza para el día siguiente que aparentaba ser, sino el cebo de esa misma noche, el destello que le obliga a una a mirar hacia arriba mientras lo malo sube por debajo, y Sabela, que llevaba doce años leyéndoles la cabeza a los cazadores, lo entendió medio segundo tarde, justo cuando bajaba el teléfono con la foto todavía ardiéndole en la retina y oyó, por debajo del pánico y del latido que le golpeaba en los oídos, el ruido pequeño y doméstico que no encajaba en la casa a las cinco de la madrugada, el chirrido leve de la puerta de la cocina, la de atrás, la que daba al patio de tender, abriéndose despacio, con ese mimo de ladrón que da más miedo que un portazo, pues el portazo lo pega el que huye y aquel cuidado lo ponía quien entraba a quedarse.

—Al baño —dijo Sabela muy bajo, empujando a Vera fuera de la cama con la mano que le quedaba libre sin apartar los ojos de la boca negra del pasillo—. Métete en el baño, échale el pestillo y no lo abras oigas lo que oigas, ni aunque me oigas a mí, ¿me entiendes?, no lo abras por nada.

Pero Vera, que era muchas cosas menos mansa, y que llevaba seis años escondiéndose de aquella misma gente y sabía en la carne lo que significaba oír pasos ajenos en la propia casa de noche, se quedó un segundo de más plantada en mitad del cuarto, descalza, con la camiseta vieja de dormir y el pelo revuelto de la fiebre recién pasada, un segundo de duda que fue justo el que ninguna de las dos tenía, y para cuando quiso reaccionar Sabela ya había salido ella al pasillo con la pistola por delante y la espalda rozando la pared, porque entre el peligro y Vera solo estaba ella, y esa cuenta no le hacía falta pensarla dos veces.

El pasillo de aquella casa era estrecho y largo, de piso viejo de barrio, con el perchero cargado de abrigos a un lado y la mesita del teléfono al otro, un embudo malo para pelear, y Sabela lo sabía y aun así se metió en él, y nada más doblar se dio de bruces con el primero, el grande de la cabeza rapada que había visto en la nave, que llenaba el hueco de tabique a tabique y que ni pestañeó al encontrarse el cañón a un palmo de la cara, con la cachaza del que ha hecho aquello tantas veces que ya no le sube la sangre a la ocasión, y por detrás de su mole, en la penumbra de la cocina, se movía deprisa el otro, más flaco, buscándole a Sabela el ángulo mientras el grande le tapaba media vida.

Sabela gritó que se tiraran al suelo, que era policía, que estaban rodeados, todas las mentiras útiles de golpe, pero al rapado las palabras le resbalaban como el agua por el hule, y en vez de tirarse dio un paso hacia ella, tranquilo, con la manaza abierta yendo derecha a por el arma, y Sabela hizo lo que hay que hacer y no lo que apetece, no le vació el cargador a bocajarro contra aquel muro de carne en un pasillo donde la bala habría atravesado a un hombre para irse a buscar detrás lo que hubiera, sino que quiso ganar el medio metro de retroceso para encañonarlo con sitio, y en ese medio metro el rapado le echó la zarpa al antebrazo y se lo levantó hacia el techo, y el tiro se marchó solo, un trueno enorme en el espacio cerrado que la dejó sorda de un oído y se llevó por delante un trozo de escayola que cayó en polvo blanco sobre los dos mientras forcejeaban pegados, ella clavándole el codo, la rodilla, la culata, todo lo que le habían enseñado en la academia y todo lo que había aprendido sola en doce años de patio malo, y él encajándolo como se encaja la lluvia, sin soltarla, aplastándole la muñeca contra el yeso para que abriera la mano y dejara caer la pistola.

Y mientras peleaba pegada a aquel hombre que olía a sudor y a tabaco negro, con la cara aplastada contra su hombro y el brazo en alto disputándose el arma centímetro a centímetro, Sabela tuvo, por debajo del esfuerzo, esa lucidez fría y horrible que a veces le llegaba en lo peor, la de entender exactamente lo que estaba pasando justo cuando ya no se podía impedir, pues los dos hombres no habían entrado a matarla a ella, habían entrado a repartirse la faena como quien se la sabe de memoria, uno el ruido y otro el asunto, el rapado entreteniéndola en el embudo del pasillo con su cuerpo de pared mientras el flaco iba derecho a lo que de verdad venían a llevarse, y por eso todo estaba pasando a la vez muy rápido y muy despacio, rápido en los músculos y despacio en la cabeza, que iba un paso por delante de las manos gritándole lo que los brazos no llegaban a evitar.

Porque el flaco ni la había mirado, había pasado de largo de la pelea como quien esquiva un mueble, y había ido derecho a la puerta del dormitorio justo cuando Vera, que por supuesto no había hecho ni caso de lo del baño, salía a ver qué eran los gritos y el disparo, y la esperaba ya con el trapo en la mano, y se lo echó a la cara por detrás, tapándole la boca y la nariz, sujetándola contra el pecho con el otro brazo cruzado, y Sabela, por encima del hombro del rapado y como se ven las cosas que no se pueden parar, en cámara lenta y con todo el detalle grabándosele para siempre, olió desde tres metros aquel olor dulzón y químico que llevaba pegado a la pesadilla desde el primer cadáver del puerto, y vio cómo Vera pataleaba y le arañaba el antebrazo al hombre con las uñas cortas, y cómo esos arañazos se le iban volviendo lentos y torpes y sin fuerza, cómo se le aflojaban las rodillas y se le vencía el cuerpo hacia el suelo, y cómo el flaco, sin la menor prisa, con una economía de gesto que era lo más obsceno de toda la escena, la recogía antes de que llegara a caer y se la cargaba al hombro como un saco de pienso.

Sabela dio entonces un tirón que no salía de los músculos sino de mucho más adentro, de un sitio que no sabía que tenía, y gritó su nombre, Vera, Vera, con una voz rota que no reconoció como suya, y estuvo a un palmo de zafarse, a un solo palmo, pero el rapado, que era paciente y era bueno en su oficio sucio, esperó a que ella se volcara entera hacia la puerta olvidándose de guardarse, y le soltó justo entonces, sin rabia, casi con desgana profesional, un golpe seco con el canto de la mano en la sien, en el punto exacto donde se le apaga a una la luz, y el mundo de Sabela se llenó primero de un fogonazo blanco y después de nada, y mientras se caía, mientras el suelo frío del pasillo subía despacio a recibirle la mejilla, lo último que alcanzó a ver, ya sin sonido y ya casi sin dolor, fue la espalda del hombre flaco saliendo por la puerta de su propia casa con Vera colgada e inerte al hombro, el pelo castaño balanceándose al compás de los pasos, y al final del brazo caído una mano abierta, la mano de dedos finos que ella había mirado el primer día en un tanatorio sin saber todavía que se estaba enamorando de ella, colgando en el vacío, meciéndose, alejándose por el rellano hacia la escalera, hasta que la oscuridad se lo tragó todo, y a Sabela con ello.

Cuando Sabela volvió en sí, con el sol ya entrando por la ventana y un charco de su propia sangre seca pegándole la mejilla al suelo, no supo al principio ni dónde estaba ni por qué le dolía la cabeza como si se la hubieran partido con un hacha, y se quedó un rato largo tirada en el pasillo mirando de cerca y de lado el rodapié y una pelusa y el polvo blanco de la escayola caída, con esa paz idiota del que despierta sin memoria de nada, hasta que el silencio de la casa, un silencio total, sin la respiración de Vera al lado ni el ruido de fondo del mundo, empezó a pesarle más que el propio golpe, y tardó unos segundos eternos en recordar, y cuando recordó, el grito que le salió no fue humano, fue el aullido de un animal al que le han arrancado algo de dentro, y se levantó tambaleándose, con la cabeza rota y el mundo girando, y no llamó a comisaría, no llamó a Vilas, no llamó a nadie que pudiera decirle que esperara, que hicieran las cosas bien, que consiguieran una orden, porque ya no había tiempo para nada de eso, ya solo había una nave al final de una pista de tierra y un hombre que olía a colonia dulce cerrando la temporada, y Sabela cogió la pistola del suelo, y las llaves, y salió a la mañana con la sangre en la cara y en el corazón una sola idea, fría y limpia y definitiva, la de llegar a tiempo, o la de no llegar a tiempo y no sobrevivir a haber llegado tarde.