La ultima memoria Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Al fiscal Randulfe fueron a verlo el lunes, sin cita, a su propio despacho, y Sabela eligió el terreno a propósito, su despacho, sus diplomas en la pared, su foto con la familia en la mesa, para que el hombre tuviera delante todo lo que tenía que perder mientras escuchaba, y no llevó orden, ni refuerzos, ni nada oficial, llevó solo a Vera y un teléfono con un vídeo, porque aquello no era una detención, era una conversación, la clase de conversación que se tiene una sola vez en la vida y que decide el resto de ella.

—Tiene usted dos minutos y luego llamo a seguridad —dijo Randulfe sin levantarse, con esa suficiencia de los hombres que llevan mucho tiempo protegidos, pero a Sabela no se le escapó que le sudaba el labio, que la mano le buscaba el bolígrafo para tener algo que sujetar.

—No va a llamar a nadie —dijo Sabela, y puso el teléfono sobre la mesa, y le dio al play, y la voz de Rebeca Ferreiro muerta llenó el despacho de diplomas, «el fiscal está ahí mirando cómo me matan», y vio cómo a Randulfe se le iba el color de la cara igual que se le había ido al juez Deán, cómo miraba el teléfono como quien mira una serpiente, cómo abría la boca para decir que aquello no valía nada, que era el delirio de una vidente, que ningún tribunal lo admitiría, y Sabela le dejó decir todo eso, y cuando terminó, se inclinó sobre la mesa y le habló despacio, con la voz suave que usaba para lo importante.

—Tiene usted razón —dijo Sabela—. A lo mejor un tribunal no lo admite.

A lo mejor. Pero ¿sabe qué sí admite un tribunal, señor Randulfe?

La contabilidad de Crédito Fisterra que vamos a encontrar en cuanto usted deje de tapar las órdenes.

Los movimientos de sus cuentas, que un juez que no sea usted va a poder mirar.

Y sobre todo admite una cosa que a usted le va a quitar el sueño a partir de esta noche, y es que Amaro Quinteiro se va a enterar, porque yo me voy a encargar de que se entere, de que usted ha tenido esta conversación conmigo.

Y Quinteiro, usted lo conoce mejor que yo, no deja cabos.

Se lo acaba de decir su propio matón a Rebeca antes de ahogarla.

«Don Amaro no deja cabos.» Y usted, señor fiscal, a estas alturas, es el cabo más suelto y más peligroso que tiene ese hombre.

—Se enderezó—. Así que tiene dos caminos.

O sale usted en el vídeo mirando cómo ahogan a una mujer, y espera a ver si Quinteiro o yo llegamos antes.

O se sienta con nosotras hoy, ahora, y nos cuenta dónde está la contabilidad y cómo funciona la nave de Punta Seixo, y entonces yo le doy lo único que le puedo dar, que es protección y un juez que tenga en cuenta que colaboró.

Elija. Pero elija ya, que el reloj de Quinteiro ya ha empezado a correr.

Randulfe se quedó mirando el teléfono, y luego a Sabela, y luego la foto de su familia sobre la mesa, y Sabela vio en tiempo real cómo se derrumbaba un hombre por dentro, cómo doce años de favores cómodos se le convertían en una soga, y cómo el instinto de supervivencia, que es lo último que muere en los cobardes, le ganaba por fin al miedo, y el fiscal Randulfe, con las manos temblándole, se aflojó el nudo de la corbata como si le faltara el aire, y habló.

—No sabía lo de los ahogamientos al principio —dijo Randulfe, y le tembló la voz—.

Se lo juro por mis hijos. Empecé firmando un archivo, un favor, un suicidio que estaba clarísimo que era un suicidio, y me pagaron por firmar lo que iba a firmar igual, y para cuando me di cuenta de lo que estaba tapando ya no podía parar, porque parar significaba confesar todo lo anterior.

—Se pasó la mano por la cara—. Hay una contabilidad.

Una de verdad, no la de Hacienda. Quinteiro la guarda en la nave, en una caja, con los nombres de todos, deudores, lectoras, los pagos, todo.

Está obsesionado con apuntarlo, dice que la memoria es lo único que importa y que la suya no se fía ni de sí misma.

Si consiguen esa caja, cae él y caemos todos, yo el primero.

—Levantó la vista, y en sus ojos había ya la mirada del que se ha rendido—.

Pero les advierto una cosa. Esta semana está nervioso.

Ha dicho que va a «cerrar la temporada».

Y cuando dice eso, significa que va a limpiar.

Va a vaciar del todo a la lectora que tiene y va a hacerla desaparecer, porque ya no le sirve y sabe demasiado.

Si quieren sacar a esa chica viva, no tienen semanas. Tienen días. A lo mejor ni eso.

Sabela y Vera se miraron, y en esa mirada estuvo todo, el plan y el miedo y la carrera contra el reloj que empezaba en ese instante, y Sabela recogió el teléfono de la mesa y se levantó, y antes de salir se giró hacia el fiscal, que se había quedado hundido en su sillón de cuero entre sus diplomas inútiles.

—Va a escribir usted todo lo que acaba de decir, con fecha, y me lo va a firmar —dijo Sabela—. Y no va a coger el teléfono para avisar a Quinteiro, porque si lo hace, el vídeo de Rebeca lo tiene mañana toda la prensa de Galicia con su nombre debajo. ¿Nos entendemos?

—Nos entendemos —dijo Randulfe, derrotado, y cogió una hoja en blanco y un bolígrafo con la mano temblorosa, y empezó a escribir su propia condena, que era también, aunque él aún no lo supiera del todo, la única salvación que le quedaba.