Capítulo 20 #2
—Con esto y con la marca de la nuca —dijo Sabela despacio, ordenando en voz alta lo que se le estaba montando en la cabeza—, tengo a Quinteiro prestándole dinero a Marta Loureda y tengo su cadáver con la misma firma que Icía y que Amalia.
No es la caja, pero es una raíz. Es dieciséis años de raíz.
Un tribunal puede discutir a Vera, puede discutir a una vidente, pero no discute un contrato con su firma ni una foto de autopsia con fecha del dos mil siete.
—Levantó la vista—. ¿Por qué no lo viste antes?
En serio te lo pregunto, sin reproche. Llevas años haciéndole las autopsias a medio Arnela.
La doctora Noia se quedó un rato callada, girando el vaso de orujo, y cuando contestó lo hizo sin la coraza, con una honestidad que a Sabela le recordó a la de Vera, esa manera seca que tiene la gente buena de no perdonarse.
—Porque nadie ve lo que no busca, Randín —dijo la doctora Noia—.
Y a las mujeres de pueblo con una nota en el bolsillo y una depresión en la ficha nadie las busca.
Se firman, se archivan, y se va una a cenar.
Yo firmé a Marta, y a lo mejor firmé a tres o cuatro más en estos años sin saberlo, ahogadas prolijas que me pasaron por la mesa con todo el cuadro montado, y me las creí todas, porque creérmelas era más fácil que abrir la caja de los truenos y descubrir que en mi ciudad había un hombre educado dedicándose a esto con mi bendición firmada al pie.
—Aplastó las gafas contra la mesa—. Así que ese hombre no me robó solo a esta cría ni a la del vestido verde.
Me robó dieciséis años de fiarme de mi propio ojo.
Y eso, mira, eso también es un vaciado, solo que este me lo hice yo sola por comodidad.
Por eso te traigo el sobre en mano y no por valija.
Porque no pienso perder de vista este papel hasta que lo tenga un juez que no sea Randulfe.
Y las dos se quedaron un rato en la cocina en silencio, con la lluvia arreciando en la ventana y el café enfriándose, dos mujeres de mediana edad y oficios de ver lo peor, cada una con su parte de culpa vieja, y desde el fondo del pasillo les llegó un quejido de Vera hablando otra vez en sueños, y las dos giraron la cabeza a la vez, y Sabela se levantó a ver, pero Noia la retuvo un segundo por la muñeca, con una fuerza sorprendente en aquella mano manchada de reactivos.
—Cuídamela mucho —dijo la doctora Noia, y por una vez no había ni pizca de humor negro en su voz—.
A esa chica y a lo que hace se le va la vida en cada lectura, y la gente como nosotras, las que trabajamos con muertos, tenemos la fea costumbre de gastar a los vivos para atrapar a los que ya no sufren.
No la gastes tú también, Randín. Que la caja de Quinteiro se puede conseguir de otra manera, pero otra Vera no hay.
Y se fue, con su gabardina chorreando y su sobre ya vacío, dejándole a Sabela sobre la mesa de la cocina la cara de Marta Loureda y el contrato con la firma, y Sabela se llevó las dos cosas a la habitación y se sentó al lado de la cama de Vera con el flexo bajito, y estuvo un rato largo mirando alternativamente la foto de la cría muerta y la cara dormida de la mujer viva, y encajó por fin, con un escalofrío, la voz de niña que Vera llevaba dos noches soltando en sueños, «mamá, se me olvidan las cosas», porque a lo mejor no era un eco viejo ni un resto de otras lecturas, a lo mejor era Marta Loureda, la primera, colándose en la fiebre de Vera desde algún sitio, empezando a olvidarse de su propia cara en el espejo mientras la Cofradía le sacaba el poco dinero y los pocos recuerdos que tenía antes de tirarla al pantano, y Sabela, que no era mujer de creer en fantasmas y que llevaba toda la vida riéndose de esas cosas, se quedó helada al pie de la cama, porque entre el contrato firmado y la voz de la cría empezaba a entender que aquel caso no había empezado con Icía flotando en el puerto, que llevaba dieciséis años empezado, y que ella no perseguía un crimen, perseguía una costumbre.
Marcó el número del juez Deán a las tantas, sin importarle la hora, porque él se lo había pedido así, a la hora que fuera, y Deán descolgó al segundo tono con la voz espesa de un viejo al que el sueño ya no visita como antes, y Sabela le contó lo del contrato y lo de la marca en la nuca de la del dos mil siete, y al otro lado de la línea hubo un silencio largo, un silencio de hombre encajando un golpe en la oscuridad de su casa vacía, y luego Deán dijo, muy bajo, «entonces es ella, Randín, es mi cría del embalse, la que su madre me juró en el pasillo del juzgado que le habían quitado cosas de la cabeza, y yo la firmé, igual que la firmó la doctora, cada uno puso su sello y nos fuimos a casa», y Sabela no lo consoló, porque ya había aprendido que a aquella gente no se la consuela, se la usa, así que le dijo lo único que servía, que dejara de escocerse y que le tuviera preparada, para el día que ella lo llamara, todo lo que hiciera falta firmar de madrugada, y Deán dijo que sí, que a la hora que fuera, y colgaron los dos sin despedirse, como se cuelga entre gente que ya no tiene tiempo para modales, y Sabela apagó el flexo y se acostó vestida al lado de Vera, con la pistola en la mesilla y el contrato de Marta Loureda en el cajón, y no durmió, porque entre el vídeo de Rebeca acusando a un fiscal y aquel papel de dieciséis años atrás con la firma de Quinteiro ya tenía, por fin, con qué romper al eslabón débil de la cadena, y a la mañana siguiente, cuando Vera despertó de una pieza y pidió un café como si no hubiera pasado nada, Sabela supo que había llegado el momento de ir a sentarse delante de un cobarde con corbata.
Pero antes de eso, esa misma mañana, con Vera sentada en la cama bebiéndose el café a sorbos cortos y el pelo revuelto de dos días de fiebre, Sabela hizo una cosa que no tenía pensada, y fue ponerle sobre las rodillas, encima de la manta, la foto de carné de Marta Loureda, sin explicarle nada todavía, solo mirándola, porque quería ver la cara de Vera antes que oír su explicación, y Vera cogió la foto y la estuvo mirando un rato largo, y a Sabela no se le escapó que no la miraba como se mira a una desconocida, sino con el ceño de quien intenta ubicar una cara que le suena de un sitio que no sabe, y al cabo levantó la vista, pálida, y preguntó quién era, y Sabela le dijo la verdad, que era la primera, una chica del embalse de hacía dieciséis años, y le contó lo del contrato firmado por Quinteiro y lo de la marca en la nuca, y Vera escuchó todo sin soltar la foto, y cuando Sabela terminó se quedó un rato callada, girando la cartulina entre los dedos finos, y luego dijo, sin levantar la vista, una cosa que a Sabela le puso la piel de gallina.
—Esta la llevo yo dentro —dijo Vera, y le temblaba un poco la voz, pero no de miedo, de otra cosa—.
No la he tocado nunca, ni sé de ella, pero esta voz la conozco.
Llevo dos noches oyéndola, ¿verdad?, me lo noto en la garganta, la tengo en carne viva de gritar con una voz que no es la mía.
Una cría diciendo que se le olvidan las cosas.
—Dejó por fin la foto boca abajo sobre la manta, con cuidado, como quien acuesta a alguien—.
No me preguntes cómo, Sabela, que yo tampoco lo entiendo del todo, pero cuando lees a muchos, cuando llevas años metiendo la mano en el agua fría de otra gente, a veces se te quedan pegadas voces que no vienen del cuerpo que tocas, vienen de más atrás, de otros que ese cuerpo tocó, o del mismo sitio adonde van todos.
Y esta de aquí lleva dos noches pidiéndome que la crean.
Dieciséis años pidiendo que la crean, y yo dándole voz en tu cama sin saber a quién se la daba.
Sabela se sentó en el borde de la cama y le apartó a Vera el pelo de la cara con esas ganas suyas nuevas de tocarla por cualquier motivo, y le dijo que descansara, que ya estaba, que a esa cría la iban a creer por fin, que para eso tenían el contrato y la foto de la nuca y el vídeo de Rebeca, y que ella se iba a encargar de que Marta Loureda dejara de ser «la del embalse» y volviera a tener nombre en un juzgado, y Vera la agarró de la muñeca con una fuerza que no se le suponía a alguien recién salido de dos días de fiebre, y la miró con aquellos ojos verdes de vetas marrones muy serios.
—A donde vayas a rematar esto voy contigo —dijo Vera—.
No me dejes en casa envuelta en mantas mientras tú te juegas el cuello, que ya te veo la cara de mártir que se te pone.
Yo soy la que oye a estas mujeres, Sabela.
Soy la única que puede sentarse delante de un tribunal y decir lo que dijeron al morir.
Así que no me protejas quitándome de en medio, que es la manera más tonta de dejarme fuera de la única cosa que sé hacer.
Prométeme que voy contigo hasta el final.
Y Sabela, que le había prometido a Bruno una cosa que era mentira a medias y que estaba a punto de prometerle a Vera otra que también lo era, porque en el fondo pensaba dejarla a salvo llegado el momento aunque tuviera que atarla a un radiador, le dijo que sí, que iban juntas, porque a los que una quiere de verdad se les miente poco y solo en lo que les puede salvar la vida, y le dio un beso en la frente todavía tibia de fiebre, y se levantó a vestirse, con la foto de Marta Loureda guardada ya en el bolsillo interior de la chaqueta, pegada al pecho, como una deuda vieja que por fin se podía empezar a pagar.