La ultima memoria Capítulo 20
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Capítulo 20

Vera estuvo dos días en cama, con fiebre y pesadillas, hablando en sueños con voces que no eran la suya, y Sabela no se separó de ella, pidió días, apagó el teléfono para todo lo que no fuera el hospital de Ferro, y le puso paños fríos y le dio de beber a sorbos y la abrazó cuando gritaba, y en la madrugada del segundo día Vera abrió los ojos lúcida por fin, empapada en sudor pero ella otra vez, y lo primero que dijo, con un hilo de voz, fue «¿lo grabamos?

», y Sabela se rió y lloró a la vez y le dijo que sí, que lo habían grabado, que su sufrimiento había servido, que ahora tenían con qué, y Vera cerró los ojos y sonrió y volvió a dormirse, esta vez de verdad, y Sabela se quedó velándola en la oscuridad pensando que jamás dejaría que aquella mujer volviera a meter la mano en un muerto mientras ella viviera, aunque el mundo entero se lo pidiera.

Fueron dos días raros, suspendidos, con la lluvia cayendo sin ganas sobre los tejados y la casa a media luz y el mundo entero reducido a aquella habitación con olor a sudor y a paño mojado, y Sabela, que llevaba media vida madrugando para llegar la primera a los sitios malos, aprendió en esas cuarenta y ocho horas lo que era el otro lado del oficio, el de esperar quieta mientras otra persona pelea sola una batalla en la que una no puede entrar, pues por mucho que le sujetara la mano y le refrescara la frente, adonde iba Vera en la fiebre no la seguía nadie, y Sabela lo entendió escuchándola hablar en sueños, ya que Vera, empapada y temblando, iba soltando trozos de voces que no eran la suya, la de Icía pidiendo que no le estropearan el vestido, la de Amalia rezando en un latín de misa vieja, y una tercera, más pequeña, más joven, una voz de cría que decía «mamá, se me olvidan las cosas, mamá, dile al médico que se me olvidan las cosas» una y otra vez, y a Sabela aquella voz de niña que salía de la boca de una mujer adulta se le metió en algún sitio del pecho y no se le fue, porque no la ubicaba, no correspondía a ninguna de las muertas que ellas habían tocado, y se dijo que serían restos, ecos viejos de otras lecturas, el poso que le quedaba a Vera de todos los muertos que había cargado en la vida, pero se quedó con ella, esa voz, dándole vueltas en la oscuridad como una piedra en el zapato.

Ferro la llamó las dos mañanas desde la cama del hospital, con la voz cascada por los puntos del costado pero con la guasa intacta, para preguntar por «la lectora» primero y por ella después, en ese orden que a Sabela le hacía gracia y ternura a partes iguales, y le contó que ya lo sentaban en un sillón y que la comida era una porquería y que su Loli le llevaba caldo de casa a escondidas de las enfermeras, y que Merche, la cuñada, había ido a verlo y se había quedado un rato callada al pie de la cama, sin acordarse de nada, con esa cara nueva de niña perdida que se le había quedado desde el vaciado, y que aquello, dijo Ferro y se le fue la guasa de golpe, aquello era lo que de verdad le dolía al respirar, más que los puntos, así que Sabela, mucho la vas a hundir a esa gente, remató, tú tráemelo entero, Randín, que a mí las medallas me las paso por el forro, lo que quiero es verlo esposado.

Y Sabela le dijo que sí, que lo iba a traer entero, y colgó, y miró a Vera sudando en la cama, y pensó que en aquel caso todos empujaban cargando un muerto o un vaciado a la espalda, y que ella todavía andaba ligera de equipaje, y que eso, con la suerte que tenían, no iba a durarle.

La doctora Noia cumplió su palabra la tarde del segundo día, pero no mandó el expediente por valija ni con un becario, como habría sido lo normal, sino que se presentó ella misma en la puerta de casa con un sobre grande bajo el brazo y su gabardina de siempre chorreando, y cuando Sabela abrió y la vio allí plantada en el rellano entendió, por la cara que traía, que aquello no venía por mensajería porque no era un papel cualquiera, era algo que Noia no había querido soltar de su mano hasta ponerlo en la de Sabela.

La hizo pasar a la cocina, le puso un café doble y sin preguntar un dedo de orujo al lado, y Noia se quitó las gafas de la cadena y se frotó los ojos con los nudillos, cansada de una manera que Sabela no le había visto nunca, ni en las peores autopsias, y luego dejó el sobre sobre la mesa de la cocina, entre las dos, como quien deja un animal muerto.

—Marta Loureda —dijo la doctora Noia, y le puso encima una foto de carné descolorida, una chica morena de veintitrés años con flequillo y una sonrisa tímida de las que se ponen para el DNI—.

Así se llamaba la del embalse del dos mil siete.

Llevaba dieciséis años siendo para mí «la del embalse» a secas, porque los nombres pesan y una aprende pronto a no ponérselos a los que archiva mal, pero se llamaba Marta, y tenía veintitrés, y estudiaba para auxiliar de clínica, y mírala, mírale la cara, que no es cara de tirarse a un pantano una noche de febrero.

—Dio un trago largo al orujo antes que al café, que era el orden de los días malos—.

Me pasé la noche con su expediente y con las fotos de mi propia autopsia, Randín, las mías, las que firmé yo hace dieciséis años, y te juro que no sé qué me da más vergüenza, si lo que vi entonces o lo que no quise ver.

—¿Qué había? —dijo Sabela, sentándose enfrente, sin tocar todavía el sobre.

—Había esto —dijo Noia, y sacó del sobre una lámina de fotos clínicas, viejas, de las de papel brillante que ya no se usaban, y le señaló con la uña un primer plano de una nuca pálida, de una cría muerta bocarriba en un depósito, y en la nuca, apenas visible, una marca doble, dos medias lunas encaradas—.

Un hematoma en la nuca, aquí, sobre las cervicales altas.

En el dos mil siete lo miré, lo fotografié como Dios manda, que en mi trabajo yo nunca he sido chapucera, y luego escribí en el informe que era compatible con el arrastre del cuerpo contra las piedras del fondo, y me quedé tan ancha, porque a una ahogada suicida no le buscas una mano en el cuello, le buscas agua en los pulmones y una nota en el bolsillo, y las dos cosas las tenía.

—Le acercó la foto un poco más—. Pero es la misma marca, Sabela.

La misma exacta que le vi a Amalia el mes pasado y que tú le viste a Icía.

Pulgar en una cervical, índice o corazón en la de al lado, la mano que sujeta la cabeza contra el fondo mientras el cuerpo se cansa de luchar.

Es la firma. Estaba en mi cajón desde hace dieciséis años, con mi letra debajo diciendo que era una piedra.

La primera. La practicó con esta cría, y le salió tan barato que siguió.

Sabela cogió la foto por fin y la miró despacio, aquella nuca de veintitrés años con la firma de Quinteiro impresa como un sello, y sintió el frío exacto que se siente cuando un caso deja de ser una hilera de muertas recientes y se convierte en una carrera larga de dieciséis años, una obra de toda una vida, y entendió de golpe la escala de lo que tenían delante, que no era un usurero que se le había ido de las manos, sino un hombre que llevaba media vida ahogando gente y perfeccionando el gesto, aprendiendo con cada una a maquillarlo mejor, y por eso las últimas eran limpias y esta primera era una chapuza, porque a la primera todavía no sabía, y a la primera siempre se le queda a uno el borde sin lijar.

—Hay más —dijo Sabela, y no era una pregunta, porque a Noia se le notaba que había guardado lo gordo para el final, como hacía siempre, para que el golpe cayera entero.

—Hay más —dijo la doctora Noia, y sacó del sobre una fotocopia de un papel amarillento, un impreso con membrete, un contrato de préstamo—.

Esto no lo saqué yo de mi archivo, esto me lo dio la madre.

Porque la madre vive, Randín, se llama Dorinda, tiene ya ochenta y pico y vive sola en una aldea de la montaña de Fervenza, y cuando la llamé ayer y le dije quién era, esa forense que dieciséis años atrás la apartó en un pasillo, la mujer no me colgó, que es lo que yo habría hecho, se echó a llorar al teléfono y me dijo «por fin, doctora, por fin viene alguien, yo ya pensé que me iba a morir sin que nadie me creyera».

—A Noia se le quebró un poco la voz ahí, ella, que se reía en las autopsias, y bebió para taparlo—.

Guardaba la habitación de la hija tal cual, y en un cajón guardaba esto, porque la cría, antes de morir, le había pedido dinero prestado a una financiera nueva del puerto para pagarse la matrícula y unos libros, poca cosa, mil euros, y firmó este papel.

Y mira el membrete. Mira quién firma por la casa.

Y Sabela miró, y en la parte de abajo del impreso, en una firma todavía sin florituras, de hombre joven que aún no era nadie, todavía sin las cenas del Ayuntamiento ni el apretón de manos al alcalde, estaba el nombre, Amaro Quinteiro Refojos, y encima el sello de la sociedad, recién constituida ese mismo año, Crédito Fisterra, S.L.

, y a Sabela le temblaron las manos, no de miedo sino de esa rabia fría y limpia que era su mejor gasolina, porque tenía delante la cosa que llevaban semanas persiguiendo por debajo de tierra, un papel legal, con fecha, con firma, con sello, que ataba a Amaro Quinteiro a la primera muerta de toda la cadena dieciséis años atrás, no por boca de una lectora que ningún tribunal admitiría, sino con la letra del propio Quinteiro en un contrato de préstamo a nombre de una chica de veintitrés años a la que ahogó tres semanas después de firmárselo.