Capítulo 19 #3
—Dos mil siete —dijo Noia—. Una chica de veintitrés años, en el embalse.
La cerré como suicidio en cuatro horas, Randín, como todos, porque tenía una nota, tenía antecedentes de depresión, tenía todo el cuadro, y la madre, una mujer de pueblo, se me agarró a la bata en el pasillo jurándome que su hija no se había matado, que le habían quitado cosas, que la niña había empezado a olvidarse hasta de su propia cara en el espejo, y yo la aparté con buenos modos, le dije que el duelo hace ver cosas raras, y firmé, y me fui a casa a cenar tan tranquila.
—Aplastó el cigarro contra la suela—. Y hoy, viendo a tu amiga hablar con la voz de una muerta, me he acordado de aquella madre y de su cara, y he echado la cuenta de las fechas, y aquello fue justo cuando empezó a moverse la Fisterra por aquí.
Así que a lo mejor firmé yo el primer trabajito limpio de Amaro Quinteiro, hace dieciséis años, y le enseñé sin querer que en Arnela ahogar mujeres salía gratis si les ponías una nota encima.
Por eso firmo hoy lo que sea. Ya no me juego la reputación, Randín, me la jugué hace dieciséis años y la perdí sin enterarme.
Lo que me juego ahora es dejar de ser la idiota que le abrió la puerta.
Sabela no dijo nada, porque no había nada que decir que no sonara a consuelo barato, y las dos se quedaron un rato en silencio mirando la niebla, y Sabela entendió que aquella mujer bronca de gafas colgantes y bata manchada no estaba ayudándola por curiosidad científica ni por simpatía, sino por una deuda vieja de dieciséis años que solo ella conocía, y que en aquel caso, como en todos los buenos casos, cada uno de los que empujaban lo hacía cargando su propio muerto a la espalda, Ferro el de su cuñada, Vera el de todas las voces que le prestaban los cadáveres, y Noia el de una chica de veintitrés años a la que no creyó, y ella misma, Sabela, un muerto que todavía no sabía que iba a cargar y que sería el más caro de todos.
—Búscame el expediente de esa chica del embalse —dijo Sabela al fin—. El de dos mil siete. Si tienes razón, es la primera. Y a la primera siempre se le hacen las chapuzas que luego no repiten. A lo mejor ahí dejó él una huella que en las otras ya no dejó.
Noia la miró de reojo, y por primera vez en toda la noche le volvió media sonrisa a la cara, torcida, cansada, pero de aprobación.
—Sabía yo que me caías bien por algo, Randín —dijo la doctora Noia—. Mañana lo tienes en tu mesa.
El viaje de vuelta lo hizo Sabela de noche cerrada, con la costa a la izquierda convertida en un borrón negro del que solo llegaba el ruido del mar rompiendo abajo, y Vera medio tumbada en el asiento del copiloto, envuelta en la gabardina como en una manta, con la frente ardiendo y los labios blancos, entrando y saliendo de un sueño que no la descansaba, y de vez en cuando murmuraba cosas que Sabela no siempre entendía, retazos de agua y de miedo que se le habían quedado pegados a la lengua de tanto haber sido Rebeca durante aquellos minutos, un «no dije nada» dicho a nadie en la oscuridad del coche, un jadeo corto como de quien traga agua en sueños, y Sabela conducía despacio por la carretera vacía, con la calefacción a tope y la radio apagada, mirándola de reojo en cada recta, la mano libre otra vez sobre la de Vera, que ahora estaba fría y sudada a la vez, y pensó que aquello era exactamente lo que Noia le había pedido que no hiciera, gastar a la persona que quería como ellos gastaban a los muertos, y se prometió por dentro, con esa clase de promesa que una se hace sabiendo que va a costarle cumplirla, que aquella era la última vez, que costara lo que costara el caso, no iba a volver a meter a Vera de la mano en el frío de un depósito nunca más.
La niebla los cogió a mitad de camino, subiendo de la ría en jirones que cruzaban la carretera como sábanas colgadas, y durante un buen rato Sabela condujo a treinta por hora, pegada a la línea blanca que apenas se veía, con el mundo reducido a los dos metros de asfalto mojado que alcanzaban los faros, y en aquella burbuja de luz amarilla y ruido de escobillas, con Vera respirando fuerte a su lado y el olor a fiebre y a mar empezando a llenar el coche, Sabela tuvo uno de esos pensamientos que solo se tienen a las tantas y conduciendo, la idea rara y clara de que estaba llevando a casa a una mujer que se ganaba la vida siendo otras, prestándole su cuerpo a los muertos para que dijeran lo que no pudieron decir, y que el precio de eso, el precio que nadie contaba, era que a veces volvía del recado sin ser del todo ella, y le tocaba a alguien de fuera, a alguien de este lado, sentarse a esperar a que regresara entera.
Y ella quería ser ese alguien. Le asustaba la certeza de cuánto lo quería.
Llegaron a casa pasada la medianoche, a la casa de las dos, que era como Sabela había empezado a llamarla por dentro sin decírselo a nadie desde que Vera se instaló en ella, y aparcó de cualquier manera delante del portal y la despertó lo justo para subirla, pasándole un brazo por la cintura y colgándose ella el peso del otro lado, y subieron en el ascensor viejo con Vera apoyada contra el espejo, murmurando que podía sola y sin poder sola, riéndose flojito de sí misma en un momento de lucidez y volviéndose a apagar al siguiente, y una vez dentro, entre los libros raros de Vera que habían ido colonizando las estanterías donde antes hubo otras cosas, Sabela la desnudó con cuidado, le puso una camiseta vieja, la metió en la cama, le apartó el pelo empapado de la frente, y se quedó sentada en el borde del colchón mirándola arder, sin encender la luz, con la única claridad de la farola de la calle entrando por la rendija de la persiana.
Vera abrió los ojos un momento, la buscó en la penumbra, y le agarró la muñeca con aquella fuerza suya que la fiebre no le quitaba.
—¿Sirvió? —preguntó Vera, con la voz pastosa, arrastrando las palabras—. Dime que sirvió, que me he puesto así por algo y no para nada.
—Sirvió —dijo Sabela, y le apretó la mano—. Diste con el nombre, con nombre y apellido, y con la cara del fiscal delante mirando. Lo diste todo, Vera, hasta la última gota. Ahora ya no tienes que hacer nada más que ponerte mala tranquila, que de lo demás me encargo yo.
—Menos mal —dijo Vera, y cerró los ojos, y una lágrima le rodó de lado hacia la almohada sin que llegara a llorar del todo, más de agotamiento que de pena—.
Odio ser ellas, Sabela. Odio la parte en que dejo de ser yo.
Prométeme que cuando esto acabe me dejas ser solo yo una temporada larga, aunque me pongas insoportable. Prométemelo.
—Te lo prometo —dijo Sabela, y esta vez no era mentira a medias, esta vez lo decía entera, y se lo dijo bajito, con la boca en el pelo mojado de Vera, y se quedó allí velándola en la oscuridad, escuchando cómo la respiración se le iba haciendo más honda y más regular, aunque todavía se le escapara de tanto en tanto alguna palabra de agua, algún resto de Rebeca que tardaría días en soltarse del todo.