La ultima memoria Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Deán llegó veinte minutos después, y se le oyó antes de verlo, la puerta de arriba, los pasos lentos en la escalera, la tos de fumador viejo, y apareció en el umbral del depósito con su gabardina y su sombrero de otro siglo mojados de la lluvia, resoplando por las dos horas de coche que se había tragado desde Arnela por gusto de nadie, con una carpeta de gomas bajo el brazo y una cara de pocos amigos que a Sabela no la engañó, porque un hombre al que de verdad le da igual una cosa no conduce dos horas bajo el agua para verla.

Saludó con un gruñido, dejó el sombrero en una silla, se frotó las manos frías, y miró el cuerpo tapado sobre la mesa un momento largo, sin decir nada, con esa gravedad de los viejos que ya han enterrado a demasiada gente como para tenerle miedo a un muerto, pero que le tienen un respeto que los jóvenes no aprenden hasta tarde.

—Que conste que yo esto no lo he visto nunca, y a mi edad ya no quería empezar —dijo Deán, dejándose caer en la silla plegable con un crujido de huesos—.

Cincuenta años firmando papeles y hoy voy a firmar uno diciendo que di fe de que una mujer viva tocó a una muerta y habló por ella.

Como se entere el decano me jubilan por senil.

—Sacó de la carpeta un impreso, lo miró por encima de las gafas de leer, y luego levantó la vista hacia Sabela con una seriedad que le quitó de golpe la guasa—.

Pero usted me dijo que esto ataba a Randulfe, Randín, y si ata a Randulfe yo firmo lo que haga falta, porque a ese hombre le he pasado expedientes por la mesa durante años pensando que era un tibio y resulta que era otra cosa.

Así que hagan lo que tengan que hacer, que yo doy fe.

Solo les pido una cosa: que sea verdad. No me monten un teatro, que a mi edad el ridículo es lo único que todavía duele.

—No hay teatro, señoría —dijo Sabela—. Ojalá lo hubiera. Sería más fácil de llevar.

Y entonces se pusieron todos en su sitio con esa solemnidad callada de la gente que sabe que va a hacer algo que no debería poder hacerse, y Sabela bajó la persiana metálica del ventanuco que daba al patio, que chirrió al bajar y dejó la sala en la penumbra amarilla del fluorescente, y echó el pestillo de la puerta por dentro para que a nadie del pueblo se le ocurriera bajar a curiosear, y la doctora Noia montó la cámara sobre un trípode de aluminio a los pies de la mesa, la encendió, comprobó que se veía bien el cuerpo, la mano, la fecha y la hora impresas en la esquina de la pantalla, cuatro de diciembre, las diez y cuarto de la mañana, y firmó de pie, apoyando el acta en una carpeta contra el muslo, un papel escueto en el que hacía constar quién estaba presente y qué se iba a intentar, para que aquello, pasara lo que pasara, tuviera el peso de una prueba judicial y no el de una sesión de espiritismo, y le tendió el bolígrafo a Deán, que firmó debajo sin releerlo, cosa rara en un juez, y eso a Sabela le dijo más de lo que él quería decir, que el hombre ya había decidido creer antes de ver.

El depósito se quedó en silencio, un silencio de sótano con el zumbido del fluorescente y el goteo de una tubería en algún sitio, y Sabela sintió el frío subiéndole por las suelas, y pensó, sin querer pensarlo, que aquella sala era el sitio más frío en el que había pedido nunca nada tan grande a alguien a quien quería.

Vera se quitó la gabardina despacio, la dobló sobre el respaldo de una silla con un cuidado que no era suyo, un cuidado de quien retrasa un minuto lo que no puede retrasar, y se quedó en jersey delante de la mesa, más pequeña de golpe sin la coraza de tela gris encima, con las ojeras marcadas bajo el fluorescente y las manos largas de dedos finos colgando a los lados, mirando el bulto de la sábana como quien mira el borde de un pozo antes de tirarse, y a Sabela le dieron unas ganas terribles de mandarlo todo a la mierda, de coger a aquella mujer del brazo y sacarla de allí y meterla en el coche y llevarla a la aldea de una vez y no dejar que volviera a hacerlo nunca, y tuvo que apretar los dientes y recordarse que era Vera quien había elegido esto, que quitárselo sería otra forma de vaciarla, la de decidir por ella lo que podía y no podía cargar.

Así que no dijo nada de eso. Se acercó por detrás, le puso un momento la mano en la nuca, bajo el pelo, un gesto corto, y Vera cerró los ojos un segundo con aquel contacto, respiró, y luego, sin girarse del todo, buscó la mano de Sabela con la suya, un segundo, un apretón, antes de acercarse.

—Recuerda que estoy aquí —dijo Sabela en voz baja, solo para ella—. No te suelto. Cuando quieras salir, sales.

—De estas no se sale cuando una quiere —dijo Vera, y le dedicó una sonrisa torcida, valiente, y se giró hacia la mesa, y Noia apartó la sábana de la mano de Rebeca, y Vera respiró hondo tres veces, y la cogió.

Lo que siguió fue lo peor que Sabela le había visto hacer, peor que Amalia, peor que Icía, porque Rebeca había muerto con miedo y con rabia y sabiéndolo, y todo eso le entró a Vera de golpe, y el cuerpo se le dobló, y de su boca empezó a salir la voz de Rebeca, aterrada, entrecortada por el agua, «me han encontrado, no, por favor, yo no dije nada, no dije nada a la policía, se lo juro», y luego el jadeo de la lucha, y un hombre que le hablaba al oído mientras la metía en el agua, una voz grave y tranquila que decía «esto no es por lo que dijeras, guapa, esto es por si acaso, don Amaro no deja cabos», y Vera, con la voz rota de Rebeca, describió unas manos grandes, un anillo, el olor a tabaco negro, y un detalle que a Sabela le detuvo el corazón, pues Rebeca, en el forcejeo, en el último instante antes de que el agua se la tragara, había visto la playa, y en la playa, junto a un coche con las luces puestas, esperando, fumando, había un segundo hombre que no se mojaba las manos, un hombre con gabardina y maletín que miraba el mar como quien espera un taxi, y Rebeca lo reconoció, porque era el mismo hombre que meses atrás la había citado en su despacho «para agilizar el papeleo del seguro de Icía», y Vera, con aquella voz que no era la suya, dijo el nombre que Rebeca pensó en el segundo de morir.

—Randulfe —dijo Vera con la voz de la muerta—. El del juzgado. Está ahí mirando. El fiscal está ahí mirando cómo me matan.

Y se soltó, y cayó de rodillas, y vomitó en el suelo del depósito, y Sabela ya estaba con ella, sujetándola, apartándole el pelo, y el juez Deán se había levantado de la silla blanco como el papel, porque una cosa era sospechar de un fiscal y otra oírlo por boca de una mujer a la que acababan de ver hablar con la voz de una ahogada, y la doctora Noia, que era la única que conservaba la sangre fría, se acercó a la cámara y comprobó que había grabado todo, la fecha, la hora, cada palabra, y miró a Sabela por encima de las gafas y dijo lo único que había que decir.

—Lo tenemos —dijo la doctora Noia—. Sea lo que sea esto, y que Dios me perdone por lo que voy a firmar, lo tenemos grabado. Ahora sácala de aquí y métela en una cama, que esta chica ha dado todo lo que tenía.

El juez Deán no dijo nada durante un buen rato, se quedó sentado en la silla plegable con las manos en las rodillas y la vista clavada en el suelo mojado, un hombre viejo que había conducido dos horas de mala gana para asistir a algo que no creía y que acababa de oír a una muerta acusar a un fiscal con su propia voz, y cuando por fin se levantó lo hizo despacio, apoyándose en la mesa de acero, y se acercó a Sabela mientras ella recogía la gabardina de Vera, y le habló bajo, para que no lo oyera Noia, con la cara descompuesta.

—¿Se acuerda de lo que le conté en mi despacho, lo de la cría del embalse?

—dijo Deán, y le temblaba un poco la papada—.

Llevo desde entonces sin dormir a gusto, y hoy he entendido por qué.

Porque esto es lo que le hicieron a aquella, Randín, esto exactamente, y yo lo firmé, yo le puse el sello, y me fui a cenar.

—Se caló el sombrero, un sombrero de otra época que Sabela no le había visto hasta entonces, y le puso a ella una mano huesuda en el hombro, con una gravedad que no admitía consuelo—.

Usted tráigame a ese hombre. Lo que necesite, cuando lo necesite, a la hora que sea, me llama a mí y a nadie más, que yo ya no tengo carrera que perder ni ganas de perdonarme otra. ¿Me ha oído? A la hora que sea.

Y se fue por el pasillo de baldosa con su sombrero y su cansancio, un juez de otro siglo cargando un muerto propio a la espalda, y Sabela lo vio marcharse y supo, sin saber todavía cuándo ni cómo, que aquella oferta la iba a cobrar, y que la iba a cobrar de noche y con prisa.

Esa noche, cuando Vera ya dormía en el coche y Deán se había marchado hacía rato, Sabela se quedó fumando con la doctora Noia en la puerta trasera del depósito, las dos apoyadas en la pared de azulejo, y le hizo la pregunta que llevaba horas rondándole, por qué se había arriesgado, por qué una forense con cuarenta años de carrera y dos de pensión a la vista firmaba un acta que la podía convertir en el hazmerreír de la profesión, y Noia dio una calada larga y tardó en contestar, mirando la niebla que subía del mar, y cuando lo hizo no lo dijo con el humor negro de siempre, lo dijo de otra manera, más despacio.