La ultima memoria Capítulo 19
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Capítulo 19

Sabela se despertó antes de que sonara el despertador, como le pasaba siempre las mañanas de las cosas malas, con esa alarma interna de madrugadora crónica que le avisaba de que había que estar en pie mucho antes de que el mundo lo pidiera, y se quedó un rato quieta en la oscuridad de antes del amanecer, con Vera todavía dormida encima del brazo que se le había quedado muerto en algún momento de la noche, escuchando la casa, que a esas horas tenía un silencio distinto, más hondo, un silencio de barrio dormido roto solo por el goteo del canalón y por algún coche lejano subiendo por la carretera de la costa, y pensó, sin querer pensarlo, que aquella era la última mañana en que las cosas estaban todavía por hacer, en que Vera aún no había leído a Rebeca y por tanto aún no estaba rota, y que en cuanto se levantaran y se vistieran y arrancaran el coche empezaría a correr un reloj que ya no iban a poder parar.

Le olía el pelo a Vera al sudor de la noche y a ella misma, un olor bueno, de los dos cuerpos mezclados, y Sabela hundió un momento la nariz en aquella coronilla y respiró hondo como quien hace acopio, como quien guarda una cosa por si luego hace falta, y luego, con el cuidado de quien desactiva un artefacto, sacó el brazo de debajo de Vera y se levantó sin despertarla, y la casa fría de la madrugada la recibió con el suelo helado bajo los pies descalzos y con el olor del guiso de la víspera que seguía allí, cuajado ya en la cazuela, un olor de comida que nadie había querido, testigo mudo de la noche que habían pasado.

Puso la cafetera y mientras subía el café se quedó mirando por la ventana de la cocina la ciudad todavía a oscuras, los tejados negros y brillantes de lluvia, la farola de la esquina con su cono de agua fina cayéndole dentro, el mar que no se veía pero se adivinaba al fondo por un vacío más negro que el resto, y llenó el termo hasta arriba, no porque fueran a tener sed sino porque necesitaba las manos ocupadas en algo doméstico y tonto que la anclara a la orilla de las cosas normales antes de meterse en la otra orilla, y estaba enroscándole el tapón al termo cuando notó a Vera en el quicio de la puerta, descalza también, con una camiseta vieja de Sabela que le venía grande y el pelo revuelto de la noche y una cara de no haber dormido apenas las últimas horas, mirándola con esos ojos verdes de vetas marrones que a las seis de la mañana tenían el color del agua de un pozo.

—No hacía falta que te levantaras tan pronto —dijo Sabela, y le puso una taza delante sin preguntar, corto y con una nube de leche, como sabía—. Faltan horas todavía. Podías haber dormido.

—Como si fuera a dormir —dijo Vera, y se sentó a la mesa con las dos manos alrededor de la taza, buscándole el calor, y se quedó mirando la cazuela del guiso frío con una media sonrisa torcida y sin gracia—.

Menuda cena nos pegamos anoche, ¿eh? Fría y sin tocarla.

Somos un desastre de amas de casa, inspectora.

—Le dio un sorbo al café, y por encima del borde de la taza le buscó los ojos a Sabela, y cuando habló otra vez ya no había broma ninguna—.

Solo prométeme una cosa, y esta cúmplemela, que las otras ya sé que me las prometes a medias.

Cuando me veas que me estoy yendo, que estoy siendo Rebeca más de la cuenta, tú háblame.

No te calles por respeto ni por miedo a interrumpir.

Háblame, dime mi nombre, agárrame de donde sea.

A las otras las leí solas y volví sola. A esta no quiero volver sola. ¿Vale?

—Vale —dijo Sabela, y esta vez no había medias verdades en la palabra, y se sentó enfrente de ella con su propio café, y se quedaron las dos un rato calladas en la cocina a oscuras, bebiendo despacio, dos mujeres en camiseta a las seis de la mañana de un jueves de diciembre, aplazando con cada sorbo el momento de vestirse y salir, porque mientras estuvieran allí sentadas con el café caliente entre las manos la mañana todavía no había empezado del todo, y ninguna de las dos tenía prisa por empezarla.

Y luego, porque las mañanas malas empiezan igual que las buenas, a base de gestos pequeños que una hace sin pensar, se vistieron, se lavaron la cara, Vera se abrochó la gabardina gris hasta arriba como si se pusiera una armadura y Sabela cogió el termo y las llaves y el sobre con los papeles del juez, y bajaron los dos pisos en el ascensor viejo sin decirse nada, muy pegadas la una a la otra en aquel cubículo de espejo y luz amarilla, y salieron al portal, a la lluvia menuda de siempre, a esa hora sucia en que la noche ya se ha ido pero el día todavía no ha llegado y la ciudad es de un gris de plomo mojado, y Sabela abrió el coche, y dejó el termo en el hueco de las marchas, y arrancó, y solo entonces, con el motor en marcha y los limpiaparabrisas empezando su vaivén, empezó de verdad aquel jueves que ninguna de las dos iba a olvidar en lo que les quedara de vida.

La lectura de Rebeca Ferreiro se hizo un jueves por la mañana en el depósito del juzgado de la costa, un pueblo de mar a tres cuartos de hora de Arnela por una carretera que iba pegada al agua todo el rato, subiendo y bajando cabos, y Sabela condujo despacio bajo una lluvia menuda que emborronaba el limpiaparabrisas más rápido de lo que la escobilla lo limpiaba, con Vera al lado en el asiento del copiloto, callada, la gabardina gris abrochada hasta arriba y la sien apoyada en el cristal empañado, mirando pasar los pinos escurridos y las bateas de mejillón cabeceando en la ría como cruces negras clavadas en el agua, y en todo el trayecto apenas se dijeron cuatro cosas, porque las dos sabían adónde iban y para qué, y no había manera de hablarlo que no sonara peor que el silencio.

Olía dentro del coche a café de termo, al ambientador de pino que Sabela no había tenido tiempo de tirar y a la humedad de las dos gabardinas mojadas, y Sabela conducía con una mano y con la otra tenía cogida la de Vera sobre el freno de mano, no por romanticismo, que no era hora, sino porque había aprendido en pocas semanas que a Vera, cuando se le cerraba la cara así, había que sujetarla de algo antes de que se fuera del todo hacia dentro.

—Va a estar peor que las otras —dijo Vera por fin, sin apartar la sien del cristal, con esa voz seca que ponía para decir lo que no quería decir—.

A Rebeca la conozco de cara, Sabela, la vi viva en el vídeo que me enseñaste, tomando un vino y riéndose, y ahora la voy a coger de la mano y voy a ser ella ahogándose.

No es lo mismo leer a una desconocida que leer a alguien a quien has visto reír.

Los frescos ya son un mal rato, pero esta encima trae cara de antes, así que voy a saber exactamente lo que le quitaron.

—Lo sé —dijo Sabela, y le apretó la mano una vez—. Y por eso vamos a ir a mi ritmo, no al de nadie, y en cuanto tengamos lo que hace falta te saco de ahí aunque tenga que cargarte al hombro. No vas a estar sola ni un segundo. Yo voy a estar tan cerca que me vas a oír respirar.

—Eso es justo lo que me da miedo —dijo Vera, y le salió medio en broma medio en verdad, y giró por fin la cabeza y la miró—. Que estés tan cerca. Que veas cómo me pongo. Hay cosas que preferiría hacer a solas, y esta es una, pero ya no me dejas.

—Ya no te dejo —dijo Sabela, y no añadió nada más, porque era verdad y las dos lo sabían.

El juzgado de la costa era un edificio bajo de piedra y azulejo, de los años cuarenta, con la bandera descolorida colgando empapada del mástil y un patio de gravilla donde ya estaba aparcado el Citroën antiguo de la doctora Noia, torcido como lo aparcaba siempre, y Sabela metió el coche al lado y las dos entraron por una puerta lateral que daba a un pasillo que olía a lejía barata, a papel viejo guardado en cajas y, según se bajaba hacia el sótano, a ese frío químico de los depósitos que no huele a muerte como cree la gente, sino a nevera vacía y a formol, un olor limpio y feo que se te mete en la garganta y no se va en todo el día.

Abajo, en una sala de baldosa blanca con una sola mesa de acero y un fluorescente que parpadeaba, estaba la doctora Noia con la bata puesta encima del jersey, las gafas colgando de la cadena sobre el pecho, colocando a Rebeca Ferreiro con esa delicadeza brusca suya, la delicadeza de quien lleva cuarenta años tratando bien a los muertos justamente porque nadie más lo hace, estirándole la sábana, dejándole la mano fuera, la derecha, limpia y peinada como si la hubiera arreglado para una visita.

—Buenos días, aunque de buenos tengan poco —dijo la doctora Noia sin levantar la vista de lo que hacía—.

La tengo lista. La saqué de la cámara hace una hora para que no esté helada del todo, que ya bastante tiene la chica con lo que le espera.

—Se irguió, se caló las gafas, y miró a Vera de arriba abajo por encima de la montura, con ese ojo clínico que lo mismo tasaba un cadáver que a una lectora viva—.

Y a ti te veo cara de no haber pegado ojo, guapa, así que ya te aviso de una cosa: en cuanto yo vea que esto se te va de las manos, lo paro.

Me da igual la prueba, me da igual el juez, me da igual Quinteiro.

Aquí la única que no es reemplazable eres tú, que muertas ya tenemos de sobra. ¿Estamos?

—Estamos —dijo Vera, y le salió casi una sonrisa, porque a la doctora Noia era imposible no cogerle cariño aunque te tratara a bocajarro, ya que aquella manera bronca era la manera que tenía la mujer de querer a la gente, y Vera, que también quería a bocajarro, la reconocía.