La ultima memoria Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Y no se quedó quieta después, no fue de las noches de deshacerse y dormir, pues en cuanto recobró el aliento Vera le dio la vuelta a Sabela con una fuerza que no le pegaba a su cuerpo delgado y se le echó encima y le arrancó lo que le quedaba de ropa y bajó por ella con una decisión casi feroz, besándole el vientre, mordiéndole el interior de los muslos, dejándole marcas que iban a durar días, y cuando bajó la boca y le abrió el coño con los pulgares y se lo comió lo hizo con esas mismas ganas de duelo, sin ninguna delicadeza y con toda la entrega, la lengua plana sobre el clítoris y los dedos dentro a la vez, y Sabela, que se pasaba la vida controlándolo todo, controlando el caso y controlando a los testigos y controlando su propia cara para que no se le leyera nada, se dejó por fin no controlar nada, se agarró al pelo de Vera con las dos manos y se abrió entera y lloró un poco mientras se corría, de gusto y de miedo mezclados hasta no saber cuál era cuál, y dijo el nombre de Vera en voz alta en la oscuridad, no como quien reza sino como quien se agarra a un clavo, y Vera subió por su cuerpo despacio esta vez, con la boca brillante, y se la besó para que Sabela se probara a sí misma, y no la abrazó todavía, porque a ninguna de las dos le bastaba aún, y aquello, que otra noche habría sido el final, aquella noche era solo un descanso corto en mitad de algo que no se acababa.

Y fue Sabela la que se movió, la que empujó a Vera hasta tumbarla de espaldas y le pasó una pierna por encima y le montó un muslo entre los suyos, y se colocó, buscando el sitio, torpe la primera vez y a la segunda ya no, hasta que quedaron encajadas la una contra la otra, abiertas, coño contra coño, y cuando Sabela se movió y notó el roce, aquella cosa resbaladiza y caliente y sin nada de por medio, las dos soltaron el aire a la vez, un gemido gemelo en la oscuridad, y Vera le clavó las uñas en el muslo y le dijo «no te pares ahora, hostia, no te pares», y Sabela no se paró, se apoyó en el cabecero con las dos manos y empezó a moverse encima de ella, despacio primero y luego no, restregándose entera, buscándole el clítoris con el suyo, y la cama empezó a golpear la pared con un ritmo que ya daba igual que oyera el barrio entero, porque las dos estaban resbalando la una sobre la otra, empapadas de las dos, y era sucio y era caliente y era exactamente lo que hacía falta, y Vera, debajo, con el pelo pegado a la frente y la boca abierta, levantaba las caderas para salir a buscarla, para apretarse más, para que no quedara ni un milímetro sin tocar, y se decían cosas que no se habrían dicho con la luz encendida, «así, dámelo así», «te lo estás bebiendo entero, joder, mírate», «cállate y sigue», y siguieron, las dos a la vez, cabalgándose sin ningún control, sin ninguna elegancia, con la crudeza tonta y feliz de dos animales que se están agarrando a la vida a mordiscos, hasta que ya no supieron cuál de las dos temblaba, y se corrieron así, una encima de la otra, con dos segundos de diferencia, gritando las dos sin taparse la boca, agarradas de las manos con los dedos entrelazados y apretados hasta hacerse daño.

Y entonces sí, entonces Sabela se dejó caer de lado y Vera la abrazó fuerte, muy fuerte, las dos sudadas y temblando y pegajosas y sin fuerza en las piernas, y se quedaron así, enredadas y calladas, oyéndose los corazones ir bajando poco a poco de la carrera.

—No era por gusto solo, ¿verdad? —dijo Vera al cabo de un rato largo, con la voz otra vez plana pero rota por debajo, la cara pegada al cuello de Sabela—. Lo de ahora. Ha sido como despedirse. Como cuando una hace algo por si acaso no hay otra.

—Ha sido por si acaso —dijo Sabela, y no le mintió, que a Vera no le mentía en lo que importaba, aunque le mintiera en lo de entrar sola en la nave—.

Porque no sé lo que va a pasar mañana, ni pasado, ni en esa nave, y me niego a que si sale mal la última vez que nos tocamos haya sido con prisa y con miedo.

Así que sí, ha sido por si acaso. Pero también ha sido porque estás viva, y estás aquí, y porque después de ver a Ferro en ese coche necesitaba tenerte entera entre las manos para creérmelo.

Las dos cosas a la vez. Casi todo lo importante son dos cosas a la vez, ya lo hemos hablado.

Y Vera se rió bajito contra su piel, esa risa corta que no le llegaba a los ojos pero que a Sabela le sabía a gloria, y le dijo que menudo par estaban hechas, follando de miedo la víspera de meterse en la boca del lobo, y Sabela le dijo que peores maneras había de gastar una víspera, y se quedaron así, sin comer el guiso frío que seguía apagándose en la cocina, sin hablar más del plan ni de Rebeca ni de la nave, tapadas a medias con la sábana revuelta, mientras la lluvia de siempre volvía a picar en el cristal y la farola dibujaba en el techo la sombra temblona de la rama del castaño de la calle, y en algún momento, ya de madrugada, Vera se durmió con la cabeza en el pecho de Sabela y la respiración por fin tranquila, y Sabela se quedó despierta un rato más, mirándole la coronilla en la penumbra, esa clase de nuca donde a tres mujeres les habían clavado el pulgar, y se prometió otra vez, sin palabras, que a aquella no se la iban a llevar, que antes ardía Arnela entera, y solo cuando se lo hubo prometido tan fuerte que casi se lo creyó, se dejó por fin dormir, unas pocas horas, las que quedaban hasta que hubiera que levantarse, coger la carretera de la costa, y llevar a Vera a poner la mano en una muerta que había visto reír.