Capítulo 18 #2
—Te lo copio a limpio y te señalo por dónde entrar y por dónde sacar a quien tengas que sacar —dijo Bruno enrollando el plano, y luego se quedó quieto, con el rollo en las manos, y la miró de otra manera, ya no de arquitecto—.
Pero me vas a hacer caso en una cosa, Sabela, aunque ya no seas mía y aunque no tenga ni voz ni voto.
Esto que me estás pidiendo lo pide alguien que va a entrar sola en un sitio del que a lo mejor no sale.
Y yo te dejé ir hace tres semanas porque estabas viva por primera vez en años, no para leer tu nombre en el periódico dentro de un mes.
Así que entra con quien haga falta, con la Guardia Civil, con el ejército, con quien sea, pero no entres sola.
Prométemelo. Y de la mujer esa por la que me dejaste, la que tanta suerte tiene, cuídala, que si te metes en esto es por ella, se te nota.
—Te lo prometo —dijo Sabela, y era mentira a medias, porque ya sabía que iba a entrar sola si hacía falta, pero se lo prometió igual, porque a Bruno le debía al menos la piedad de una mentira buena—. Gracias, Bruno. De verdad. No tenía a quién pedírselo.
—Lo sé —dijo Bruno, y sonrió sin ganas, y le tendió el rollo—.
Por eso me has llamado a mí. Siempre fuiste de las que solo piden cuando ya no queda nadie más.
—Y no lo dijo con rencor, lo dijo con una ternura vieja y resignada, la de quien conoce a alguien hasta el fondo y ha dejado de esperar que cambie, y la acompañó a la puerta, y en el umbral, antes de que ella se fuera con el plano bajo el brazo, le dio un beso en la frente, seco y limpio, un beso de hermano, de despedida de verdad esta vez, sin cama de por medio, sin lágrimas, solo dos personas que se habían querido y que ya podían mirarse sin hacerse daño.
Y Sabela bajó a la calle con los planos de Punta Seixo debajo del brazo y una punzada agridulce en el pecho, porque acababa de comprobar que Bruno era, hasta el final, exactamente el hombre bueno del que no había sabido enamorarse lo suficiente, y porque aquellos planos que le acababa de dar, sin preguntar, sabiendo para qué eran, podían ser la diferencia entre sacar a Vera con vida de aquella nave o no sacarla, y pensó, subiéndose al coche, que la vida tenía un sentido del humor muy suyo, cruel y exacto, poniendo en manos del hombre al que había dejado la llave para salvar a la mujer por la que lo había dejado.
Cuando llegó a casa ya era de noche cerrada, y subió los planos de Bruno como quien sube una condena firmada, y al abrir la puerta le llegó de golpe el olor de lo que Vera había puesto a hacer y no habían comido, un guiso de la nevera recalentado que llevaba horas apagándose en el fuego bajo, a pimentón y a laurel y a cebolla pochada que se había quedado fría, un olor de casa y de normalidad que no le pegaba nada a la noche que tenían encima, y Vera estaba sentada a la mesa de la cocina con una copa de vino a la que apenas le faltaba un dedo, no porque hubiera bebido sino porque se había servido y luego se había olvidado de la copa, mirando el corcho con las tres muertas clavadas, Amalia, Icía, Rebeca, tres caras riéndose desde un antes, y no levantó la vista cuando Sabela dejó el rollo de planos encima del hule, solo dijo, con esa voz plana que ponía cuando algo le daba de verdad miedo y no quería que se le notara, «¿los tienes?
», y Sabela dijo que sí, que los tenía, que Bruno se sabía la nave de memoria y que ya sabían por dónde entrar y por dónde sacar a Xela, y las dos se quedaron un momento calladas mirando aquel rollo de papel encima de la mesa, que era el mapa de un sitio al que iban a entrar y del que a lo mejor no salían, y ninguna de las dos tocó el guiso frío, pues había noches en que el cuerpo no pide comida sino otra cosa, y aquella era una de esas.
—Mañana a esta hora ya la habré leído —dijo Vera, girando el pie de la copa entre dos dedos, sin bebérsela—.
Y estaré tirada en la cama soltando la voz de esa pobre mujer, y tú me estarás poniendo paños fríos, y pasado mañana me levantaré hecha una piltrafa, y con eso vamos a ir a apretarle las tuercas a un fiscal, y luego, si sale, si todo sale, nos meteremos en una nave llena de gente que ahoga a la gente.
Menudo plan, inspectora. —Le dio por fin un trago corto al vino, e hizo una mueca, no del vino sino de lo que venía detrás—.
No me quejo, que conste. Dije que sí y lo mantengo.
Pero déjame que esta noche tenga miedo, aunque sea, que mañana ya no me va a dejar tiempo.
Y Sabela, que llevaba toda la tarde tragándose su propio miedo como se traga una uno un hueso, sin masticarlo, para que no le rasgue por el camino, dio la vuelta a la mesa y le quitó a Vera la copa de la mano y la dejó lejos, y en vez de decirle una de esas cosas de policía que sabía decir, en vez de prometerle otra vez que iba a estar cerca y que no la iba a soltar, que ya se lo había dicho y las dos sabían que era verdad y que la verdad esa noche no bastaba, hizo la única cosa que le pareció honrada, que fue no decir nada, agacharse, y besarla, pero no con la calma tierna de la primera noche en aquella casa, sino de otra manera, con una urgencia que le salió de un sitio hondo y feo, del sitio donde llevaba guardado desde el hospital el susto de ver a Ferro doblado sobre el volante con la camisa negra de sangre y la certeza fría de que la próxima vez el agujero podía ser de Vera, y Vera le respondió igual, se levantó de la silla sin despegar la boca de la suya, la agarró de la nuca con esas manos largas y tiró, y en un momento estaban las dos de pie en mitad de la cocina fría comiéndose la boca como si les fuera en ello respirar, no con dulzura, con hambre, con esa clase de hambre que no es del cuerpo sino del miedo, la de dos personas que saben que tienen las horas contadas y deciden gastarlas en lo único que las hace sentirse vivas.
No hubo esta vez el desnudarse despacio de las otras noches, ni el ir besando cada trozo de piel que quedaba al aire, pues aquello no era descubrimiento ni era calma, era otra cosa más vieja y más animal, y Sabela le abrió la camisa a Vera de un tirón que hizo saltar un botón que rodó por las baldosas y se perdió debajo del aparador, y le bajó la boca al cuello y le mordió, no fuerte, pero tampoco con cuidado, y Vera echó la cabeza atrás y soltó un jadeo que era medio de gusto y medio de rabia, la misma rabia que llevaba dentro contra Quinteiro y contra el mundo y contra el agua que se tragaba a las mujeres, toda esa rabia convertida de pronto en ganas, y le metió las manos a Sabela por debajo del jersey y le clavó las uñas en la espalda, arañándola de arriba abajo, y Sabela agradeció el dolor, lo agradeció de verdad, porque un dolor de esos, el que deja marca en la piel y no en el pecho, era casi un descanso al lado del otro, y las dos fueron a trompicones hacia el dormitorio chocando contra el marco de la puerta y contra la cómoda, sin encender la luz, dejándose la ropa por el pasillo como un rastro, y cayeron sobre la cama medio desnudas y muy despeinadas y respirando como si vinieran de correr.
Y allí, en la penumbra de la farola que entraba por la ventana como todas las noches, Sabela le hizo a Vera lo que llevaba toda la tarde necesitando hacerle, que no era acariciarla sino tenerla, agarrarla entera, comprobarse con las manos y con la boca que aquella mujer estaba viva y estaba caliente y estaba suya y no colgada del hombro de nadie ni flotando en ninguna ría, y le bajó la mano entre los muslos y le encontró el coño ya empapado, chorreando de puro miedo vuelto deseo, y no la trabajó despacio como otras veces, con paciencia de dar cuerda, sino que le metió los dedos hondo, tres de golpe, y le buscó el ritmo enseguida, el fuerte, el que Vera pedía cuando quería olvidarse de todo, y Vera se agarró al cabecero con una mano y a la espalda de Sabela con la otra y empezó a moverse contra ella sin ningún silencio, gimiendo sin cuidarse de los vecinos ni de nada, diciéndole al oído cosas sueltas y sucias y desesperadas, «así, no pares, más, quiéreme fuerte esta noche que mañana no voy a poder», y a Sabela aquellas palabras le hicieron un nudo en la garganta y le doblaron las ganas a la vez, así que le dio lo que le pedía, fuerte, sin tregua, con la muñeca dolorida y la boca en el pecho de Vera, hasta que Vera se puso rígida entera y se corrió con un grito ronco mordiéndole el hombro a Sabela para no gritar del todo, temblando de la cabeza a los pies como si se le fuera algo más que el placer, como si en aquel espasmo soltara también un poco del terror que llevaba dentro.