La ultima memoria Capítulo 18
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Capítulo 18

El problema era de los que no tienen buena solución, solo soluciones malas y peores, pues Sabela sabía quién mataba, sabía quién barría las pruebas, sabía dónde tenían a una mujer secuestrada, y no podía hacer nada de nada por lo legal, ya que cualquier orden que pidiera pasaba por la mesa del fiscal Randulfe, que se lo serviría en bandeja a Quinteiro antes de que la tinta se secara, y si entraba en la conservera sin orden, cualquier cosa que encontrara, incluida Xela, no valdría en un juicio y encima le costaría la placa, así que estuvo dos días dándole vueltas, sin dormir, hasta que entendió que la única salida era no jugar con las cartas de Quinteiro, que eran la ley comprada y el secreto, sino con las que él no controlaba, que eran dos, la luz pública y el propio miedo de sus cómplices.

—Randulfe es el eslabón débil —dijo Sabela, marcando con el dedo la foto del fiscal en la mesa de la cocina, mientras Vera la escuchaba con las piernas cruzadas en la silla y una taza entre las manos—.

Quinteiro es un psicópata, a ese no lo doblas, disfruta con lo que hace.

Pero Randulfe no es un asesino, es un cobarde con corbata que empezó firmando un favor y ahora está metido hasta el cuello y no sabe salir.

Un hombre así, si le enseñas el abismo, si le haces creer que Quinteiro va a caer sí o sí y que solo tiene que elegir de qué lado estar cuando caiga, se rompe.

No por bueno. Por salvarse. Y si Randulfe se rompe y habla, tenemos la red entera, la contabilidad, los nombres, todo, y entonces sí, entonces lo legal vuelve a funcionar porque ya no controlan la puerta.

—¿Y cómo le enseñas el abismo a un fiscal? —preguntó Vera.

Sabela la miró, y en su cara había algo nuevo, un plan tomando forma, peligroso y brillante a la vez, de esos que solo se le ocurren a la gente que ya no tiene nada que perder.

—Con lo único que esa gente no ha aprendido a comprar todavía —dijo Sabela despacio—.

Con una muerta que hable. Vas a leer a Rebeca Ferreiro, Vera.

La que ahogaron en la costa. Su cuerpo sigue en el depósito del juzgado de allí porque la familia aún no lo ha reclamado.

Vas a leerla, y vamos a grabarlo, todo, con fecha, con testigos que no dependan de Randulfe, el juez Deán, la doctora Noia, gente limpia.

Y Rebeca nos va a decir quién la metió en el agua, y si hay suerte nos va a dar la cara que a las otras les faltó, porque a Rebeca la mataron con prisas, en la playa de un pueblo, no en el ritual cuidado de la nave, y la gente que mata con prisas comete errores, y deja que la vean.

Y con esa grabación en la mano vamos a sentarnos delante de Randulfe, tú y yo, y le vamos a poner a su cómplice hablando por boca de una muerta, y le vamos a preguntar si quiere ser el que declaró, o el que se ahogó siendo el siguiente cabo suelto.

Y va a elegir. Te lo digo yo que llevo doce años viendo elegir a la gente. Va a elegir salvarse.

Vera dejó la taza en la mesa muy despacio, y se quedó mirando a Sabela, y en su cara había miedo, pero también otra cosa, una especie de admiración feroz, y algo más hondo, la certeza de que aquella mujer testaruda y escéptica que le había ofrecido un café en un tanatorio estaba dispuesta a quemarlo todo, la carrera, la seguridad, la vida entera, por tres muertas que no conocía y por una viva encerrada en una nave, y por ella, sobre todo por ella, y Vera pensó que en veintinueve años nadie la había querido nunca de una manera tan poco cómoda y tan absolutamente real.

—Va a doler leer a Rebeca —dijo Vera en voz baja—. Ya lo sabes. Voy a estar días mala después.

—Lo sé —dijo Sabela, y le cogió la mano por encima de la mesa—.

Y voy a estar yo para recogerte, como siempre.

Pero si no lo hacemos, Xela se muere en esa nave, y las próximas también, y tú y yo no nos vamos a ninguna aldea, porque no se puede ser feliz sabiendo lo que sabemos.

Así que dime que sí. Pero dímelo tú, que yo no te voy a obligar a meter la mano en otra muerta. Esto lo eliges tú.

Vera miró la mano de Sabela sobre la suya, y miró la foto del fiscal, y la de las tres mujeres muertas clavadas en el corcho que se habían traído a casa, Amalia, Icía, Rebeca, tres caras sonriendo desde un antes que alguien les había robado, y respiró hondo, y cuando habló lo hizo con esa voz seca y valiente que a Sabela la había enamorado sin que se diera cuenta el primer día.

—Que sí —dijo Vera—. Claro que sí. Vamos a hacer hablar a esa pobre mujer, y vamos a sacar a Xela, y vamos a hundir a ese cabrón. Y luego me llevas a la aldea y me tienes callada tres días. Ese es el trato.

—Ese es el trato —dijo Sabela, y por primera vez en muchos días, sonrió.

Pero el trato con Randulfe era solo la mitad del problema, porque aunque el fiscal se rompiera y confesara, seguía habiendo una mujer encerrada detrás de un candado en una nave que Sabela conocía por fuera y no por dentro, y las dos veces que se había acercado había sido a oscuras y a la carrera, sin tiempo de ver dónde estaban las salidas ni los cuartos ni la trampa que Quinteiro seguramente tenía montada, y meterse ahí a sacar a Xela sin saberse el sitio de memoria era la mejor manera de acabar las tres en el agua, así que Sabela pasó una noche entera delante de un plano callejero inútil, el catastro que no decía nada, unas fotos de satélite viejas, hasta que cayó en la cuenta, con una punzada incómoda en el estómago, de que la única persona que conocía capaz de conseguir los planos originales de un edificio industrial de los años cincuenta, de leerlos y de decirle qué había detrás de cada tabique, era Bruno.

Le costó marcar el número más de lo que le habría gustado admitir, porque una cosa es despedirse de un hombre bueno con el cuerpo y las palabras y otra muy distinta es llamarlo tres semanas después para pedirle un favor, y Sabela odiaba pedir favores casi tanto como odiaba deberlos, pero se tragó el orgullo pensando en la voz de Xela al otro lado del candado, y Bruno descolgó al tercer tono, con una cautela en la voz que le dolió, ese «¿Sabela?

» de quien no sabe si la llamada trae buenas o malas noticias, y ella fue directa, como sabía que a él le gustaba, le dijo que necesitaba una cosa profesional, un plano, y que era importante, y que si prefería no meterse lo entendía, y Bruno se quedó un segundo callado y luego dijo lo único que Sabela sabía que iba a decir, porque para eso lo había querido seis años.

—Tráeme un café al estudio y me lo cuentas —dijo Bruno—. Pero el bueno, ¿eh?, no el de máquina.

Quedaron en su estudio, un local pequeño y luminoso en el ensanche que Sabela no conocía porque era nuevo, de después de ella, con maquetas de cartón pluma en las estanterías y una mesa grande llena de rollos de papel, y Bruno la recibió con una media sonrisa cansada y un abrazo corto y torpe de dos que ya no saben cómo tocarse, y le puso delante una silla y esperó, y Sabela le contó lo que pudo contarle, que había un edificio, la vieja conservera de Punta Seixo, y que necesitaba saberse el interior al dedillo, las plantas, los accesos, dónde estaría un despacho o un almacén con caja fuerte, por dónde se entraba y, sobre todo, por dónde se salía deprisa, y Bruno la escuchó sin interrumpir, con los codos en la mesa, y cuando ella terminó no le preguntó lo obvio, no le preguntó para qué, se quedó mirándola un rato con aquellos ojos suyos que la conocían demasiado bien.

—No me vas a decir en qué andas metida —dijo Bruno, y no era una pregunta—.

Vale. Pero tú no pides planos de una nave abandonada para tasarla, Sabela, tú los pides para entrar.

Y si los pides para entrar y me llamas a mí a escondidas en vez de mandar a un compañero al archivo, es que no puedes ir por lo oficial, y si no puedes ir por lo oficial es que la cosa es fea de verdad.

—Se levantó, fue hasta un armario metálico, y empezó a rebuscar en una carpeta de proyectos con la espalda vuelta hacia ella—.

La Punta Seixo la tengo, no te vas a creer la suerte que tienes.

El colegio hizo hace tres años un catálogo del patrimonio industrial de la ría, para protegerlo o para tirarlo, según quién ganara las elecciones, y a mí me tocó levantar media docena de esas naves. Esa la pisé yo. Me sé el sitio.

Y extendió sobre la mesa grande un plano enorme, amarillento en las copias y nítido en las suyas, y durante la hora siguiente le enseñó a Sabela la conservera de Punta Seixo por dentro como si la estuvieran recorriendo, la nave grande de despiece donde ella había visto los coches, la línea de calderas al fondo, el altillo de oficinas colgado sobre la nave desde el que se dominaba todo, que era, dijo Bruno dándole golpecitos con el lápiz, el sitio lógico donde un hombre ordenado guardaría lo que quisiera vigilar, y le señaló las dos salidas que Sabela no conocía, la de carga por el muelle y una escalera de incendios oxidada por la parte de atrás, y le marcó con una cruz el cuartito de la antigua cámara frigorífica, de paredes gruesas y una sola puerta, «si yo quisiera encerrar algo o a alguien, lo metería aquí, porque de aquí no se oye nada y no se sale sin la llave», y a Sabela se le heló la sangre, porque aquel cuadrado marcado con una cruz era, casi con seguridad, el otro lado del candado donde lloraba Xela.