Capítulo 17
Sabela se llevó a Vera a su casa esa mañana, y ya no volvieron a plantearse que Vera durmiera sola, porque el piso del barrio alto había dejado de ser seguro en el momento en que Quinteiro pronunció su nombre, y así, casi sin decidirlo, casi por supervivencia primero y por deseo después, Vera se instaló en la casa que hasta hacía nada había sido de Sabela y Bruno, y fue rarísimo al principio, la ropa de Vera en el armario donde había estado la de él, el champú distinto en la ducha, los libros raros colonizando las estanterías, pero fue también, y eso Sabela no lo esperaba, un alivio hondo, la sensación por fin de que su casa se parecía a su vida, de que dentro había por fin lo que ella quería y no lo que tocaba.
La primera noche que durmieron allí juntas, ya duchados, ya sin la sangre de Ferro encima, ya con la certeza de que Ferro se recuperaba y de que tenían por delante una tregua corta antes de la tormenta, se quisieron despacio, con una calma que no habían tenido nunca, sin el miedo pegado a la espalda, sin culpa, sin nadie esperando en ninguna parte, y fue distinto a todas las veces anteriores, porque las anteriores habían sido descubrimiento, o urgencia, o miedo, y esta fue la primera que fue simplemente amor, dos cuerpos que ya se conocían tomándose su tiempo.
Sabela desnudó a Vera despacio, prenda a prenda, besándole cada trozo de piel que iba quedando al aire, los hombros, el nacimiento de los pechos, la cicatriz vieja que tenía bajo las costillas y que nunca le había preguntado, el vientre, y Vera se dejó hacer con los ojos cerrados y una sonrisa que Sabela le sentía en los labios cada vez que subía a besarla, y cuando por fin estuvieron las dos desnudas bajo la sábana, piel contra piel de la cabeza a los pies, Sabela se colocó entre los muslos de Vera y la miró un momento a la luz de la farola que entraba por la ventana, aquella mujer que había aparecido en su vida un martes de noviembre y se la había puesto del revés, y bajó la mano entre las dos y la acarició despacio, encontrándola ya mojada, y la trabajó con los dedos mirándola a la cara, aprendiéndose cada gesto, cada vez que Vera entreabría la boca, cada vez que arqueaba el cuello, y cuando le metió los dedos y curvó la muñeca y bajó a la vez la boca a su pecho, Vera le clavó las uñas en la espalda y empezó a moverse contra su mano, despacio primero y luego menos, y Sabela mantuvo el ritmo que a Vera le gustaba, el que ya se sabía, sin prisa, dándole cuerda, hasta que Vera dejó de aguantarse y se corrió apretada contra ella, en silencio, con la boca en el hombro de Sabela y todo el cuerpo temblando, y después, todavía jadeando, tiró de Sabela hacia arriba y la besó largo y le dio la vuelta y le devolvió cada cosa con esas manos largas que la primera tarde en el tanatorio Sabela había mirado sin saber que las estaba deseando, y se quisieron así media noche, por turnos, sin prisa, hasta caer rendidas y enredadas al amanecer, y fue, aunque ninguna de las dos lo dijo, la primera noche de su vida juntas de verdad, la primera de una casa que ya era de las dos.
—Cuando esto acabe —dijo Vera en la penumbra, con la cabeza en el pecho de Sabela y un dedo dibujándole círculos en la piel—, si acaba, y si seguimos vivas, quiero llevarte a un sitio.
A la aldea de mi abuela, la que se murió y me averió.
No hay nada, cuatro casas y un río, pero es el único sitio del mundo donde yo no oigo a los muertos.
No sé por qué. Igual porque allí ya los lloré a todos.
Quiero llevarte y estar callada contigo tres días sin oír a nadie más que a ti.
—Vamos a ir —dijo Sabela, y le besó la coronilla—. En cuanto metamos a Quinteiro en un agujero, nos vamos a esa aldea, y no oyes a nadie, y no llevo el móvil, y que se hunda Arnela.
Y se durmieron con esa promesa hecha, que era una manera de conjurar el miedo, de poner un después donde el después no estaba nada garantizado, y a la mañana siguiente, con luz y con café, Sabela extendió sobre la mesa de la cocina todo lo que tenían y todo lo que les faltaba, y se pusieron a planear, porque las promesas de aldea y río solo se cumplen si antes una hace el trabajo sucio, y el trabajo sucio, esta vez, no iba a poder hacerse por las buenas.