Capítulo 16
Todo lo que pasó a partir de ahí pasó en menos de dos minutos, aunque a Sabela le pareció que duraba una vida, pues los focos del generador se encendieron de golpe bañándolo todo de una luz blanca y cruel, y una voz amplificada, la voz amable de Amaro Quinteiro convertida en otra cosa por el eco de la nave, dijo «Vera Meis, cuánto tiempo, te estábamos esperando, no corras que es peor», y Sabela ya había sacado la pistola y ya tiraba de Vera hacia el resquicio del muro por el que habían entrado, gritándole que corriera, que no mirara atrás, que hacia el agua, y detrás de ellas se oyeron pasos, muchos, y un grito, y el primer disparo, que no supieron de quién era pero que reventó una plancha de chapa a un palmo de la cabeza de Sabela y le llenó la cara de esquirlas de óxido.
Salieron a la noche corriendo por las piedras resbaladizas del borde de la ría, con los focos barriendo la oscuridad detrás de ellas, y Sabela, que conocía el plan, que había dejado a Ferro esperando en la pista con el coche, apretó el botón de la radio y gritó «Ferro, nos han pillado, sácanos, punta del muelle viejo», y desde algún lugar de la oscuridad llegó el rugido de un motor y dos faros que se encendían y venían directos hacia ellas dando tumbos por la pista de tierra, y fue el coche de Ferro, que en vez de esperar se metió de frente, y Sabela y Vera corrieron hacia él, y ya casi lo tenían, ya Vera tiraba de la manija de la puerta trasera, cuando sonaron dos disparos más, secos, cercanos, y el parabrisas del coche se estrelló en una telaraña blanca, y Ferro soltó un gruñido y el coche dio un bandazo y se subió a unas piedras y se quedó calado con el motor rugiendo en vacío.
—¡Ferro! —gritó Sabela abriendo la puerta del conductor, y Ferro estaba doblado sobre el volante, con la mano apretada contra el costado y la camisa oscureciéndose deprisa, muy deprisa, pero consciente, maldiciendo entre dientes, y Sabela lo empujó al asiento del copiloto y se puso ella al volante y metió la marcha atrás y sacó el coche de las piedras con un chirrido, y aceleró por la pista sin luces, con Vera agachada detrás gritando que le daba a Ferro con las manos en la herida, apretando, y por el retrovisor Sabela vio las siluetas de los hombres de Quinteiro recortadas contra los focos, quietas, sin perseguirlas ya, y esa quietud le dio más miedo que la persecución, porque los que no te persiguen es porque saben que ya volverán a encontrarte cuando quieran.
Llegaron a urgencias con el coche destrozado y a Ferro medio inconsciente, y fueron horas malas, horas de pasillo y de café de máquina y de médicos que entraban y salían sin decir nada, hasta que de madrugada un cirujano joven con ojeras salió a decirles que la bala había entrado limpia y había salido limpia sin tocar nada que no se pudiera coser, que había perdido mucha sangre pero que viviría, que tenía suerte el amigo, y Sabela se sentó en el suelo del pasillo con la espalda contra la pared y hundió la cara en las manos, y Vera se sentó a su lado, las dos manchadas de la sangre de Ferro, agotadas, y no se dijeron nada durante un rato largo, porque no había palabras para lo que acababa de pasar, para lo cerca que había estado, para lo claro que había quedado que aquello ya no era un caso, que era una guerra, y que en las guerras cae gente, y que la próxima vez podía caer una de ellas.
—Casi te matan por mi culpa —dijo Vera al fin, con la voz vacía, mirando el pasillo de baldosa fría—.
Quinteiro tenía razón. Todo esto era para que yo fuera.
Y he ido. Y por poco no salgo, y Ferro está ahí dentro con un agujero, y todo porque yo no fui capaz de dejar a esa mujer encerrada.
Soy un peligro para todos los que me rodean, Sabela. Siempre lo he sido. Por eso vivía sola.
—No —dijo Sabela, y le cogió la cara con las dos manos manchadas y la obligó a mirarla—.
Escúchame bien, que solo lo voy a decir una vez.
El peligro no eres tú. El peligro es un hijo de puta que ahoga mujeres y les roba la vida a trozos y tiene comprado a un fiscal.
Tú eres la única de esta ciudad que se ha atrevido a acercarse a él.
Ferro está ahí dentro porque es policía y porque tiene una cuñada a la que también le robaron, no por ti.
Y yo estoy aquí porque quiero, Vera, porque es mi trabajo y porque te quiero, y las dos cosas son verdad a la vez y ninguna me la vas a quitar tú a base de culpa.
Así que no. No te vas a apartar. No esta vez.
Vera la miró, con los ojos llenos, y no discutió, se dejó abrazar allí en el suelo del pasillo, entre el olor a hospital y la sangre seca, y se quedaron así hasta que amaneció, dos mujeres agotadas y sucias y vivas, agarradas la una a la otra en el sitio exacto donde semanas atrás una lectora de mal genio había leído por primera vez a una muerta del vestido verde y una inspectora escéptica le había ofrecido un café que lo había cambiado todo.