Capítulo 15
El topo tardó en tener nombre casi tanto como las muertas, pero lo tuvo, y fue Ferro, otra vez el bueno de Ferro con su cara de no romper un plato, quien lo pescó tirando de un hilo administrativo que a nadie se le había ocurrido mirar, pues resultó que todas las muertes de la Cofradía, la de Amalia, la de Icía maquillada de otra forma, la de Rebeca en la costa, habían pasado por la mesa del mismo fiscal, un tal Randulfe, un hombre discreto de mediana edad que tenía la costumbre de pedir para sí los expedientes de ahogamientos y suicidios de la provincia «para unificar criterio», y que los cerraba con una eficiencia que en su momento pareció diligencia y que vista en conjunto era otra cosa, era una escoba, alguien barriendo detrás de Quinteiro para que no quedara polvo.
—Randulfe firma las carpetas y Quinteiro le paga en lo que sea que le pague —dijo Ferro, extendiendo los papeles sobre la mesa de Sabela, ya sin guasa, con la cara seria del policía que ha olido algo grande—.
Y por eso saben todo lo que hacemos antes de que lo hagamos, jefa.
Cada orden que pides pasa por fiscalía. Cada lectura que autoriza el juez, Randulfe la ve.
Por eso saben lo de Vera. Se lo servimos nosotros en bandeja cada vez que pedimos un permiso.
—Bajó la voz, aunque no había nadie cerca—.
Esto ya no es un caso de homicidios, Sabela.
Esto es una red con gente dentro, y si tiramos del hilo por lo legal, Randulfe nos ve venir y lo entierra todo, incluida tú.
Hay que hacerlo por fuera. Y hacerlo por fuera es jugarnos el sueldo y a lo mejor la cárcel.
Sabela miró a Ferro, a aquel hombre con el que llevaba ocho años compartiendo coches patrulla y cafés malos, y le pareció injusto arrastrarlo a aquello, así que se lo dijo, le dijo que ella iba a seguir pero que él tenía mujer y dos crías y una hipoteca y que nadie le pediría cuentas si se bajaba ahí mismo, y Ferro la escuchó, y se rascó la nuca, y dijo la única cosa que podía decir para que Sabela supiera que lo tenía con ella hasta el final.
—Mi cuñada pidió en Fisterra hace tres años, jefa —dijo Ferro—. Y no se acuerda de la comunión de mi hija, que fue madrina. Se lo quitaron. Así que no, no me bajo. Dime qué necesitas.
Y como Sabela se quedó callada, porque no supo qué contestar a eso, Ferro, que no era hombre de abrirse, hizo algo que no había hecho en ocho años de coches patrulla, la invitó a cenar a su casa, y Sabela fue, un jueves, con una botella de vino y sin saber muy bien a qué iba, y se encontró con el otro Ferro, el que no gastaba guasa, el que vivía en un tercero sin ascensor de un barrio de bloques con una mujer, Loli, que hablaba por los codos y cocinaba como los ángeles, y dos crías que se le subían encima como si fuera un árbol, y una casa pequeña y calentita y llena de dibujos pegados con celo en la nevera, y Sabela, que venía de un piso donde ahora solo había ella y Vera y una muerta de vestido verde metida en la cabeza, sintió una punzada de algo parecido a la envidia, no de la casa, sino de la naturalidad, de la vida que seguía pasando ajena a los muertos del puerto.
Y en un rincón del salón, callada, con una manta sobre las piernas aunque no hacía frío, estaba la cuñada.
Se llamaba Merche, y era una mujer joven todavía, de la edad de Sabela más o menos, con una cara bonita y unos ojos que se posaban en las cosas medio segundo de más, como si cada objeto tuviera que presentarse otra vez, y Ferro se la presentó a Sabela con un cuidado enorme, «Merche, esta es una compañera del trabajo», y Merche sonrió con educación y le dio la mano y le preguntó si era la primera vez que venía a Arnela, y Ferro cerró un momento los ojos, y Loli, desde la cocina, dijo con una alegría demasiado firme «que es de aquí, Merche, que es compañera de Xoán», y Merche dijo «ah, claro, perdona», y volvió a mirar la tele, y Sabela entendió de golpe, sin que nadie se lo explicara, lo que era aquello, lo que la Cofradía dejaba detrás cuando cobraba, no un cadáver en el agua, eso era el final limpio, sino esto, una mujer joven sentada en un salón entre gente que la quería, presente y ausente a la vez, preguntando cosas que ya sabía, un agujero con forma de persona viviendo en el rincón de una familia.
Durante la cena la niña mayor, Antía, que tendría nueve años y una seriedad de adulta pequeña, le contó a Sabela, sin que nadie le preguntara, con esa crueldad inocente de los críos que dicen las verdades a palo seco, que su madrina Merche no se acordaba de su comunión, y que ella se acordaba de todo, del vestido, del banquete, de que la madrina Merche le había regalado una cadenita con una medalla, y que la madrina llevaba puesta esa misma cadenita ahora, en ese momento, en el cuello, pero no se acordaba de habérsela regalado, y que ella un día se lo enseñó, la foto y la cadena, para ver si así la madrina se acordaba, y la madrina se puso a llorar y no se acordó igual, y desde entonces ya no se lo enseñaba, para no hacerla llorar.
Y lo dijo así, mirando el plato, girando el tenedor, y en la mesa se hizo un silencio que Loli rompió enseguida con algo de la escuela, pero Sabela vio cómo a Ferro se le tensaba la mandíbula y cómo cogía el vaso de vino y se lo bebía entero, y entendió por qué aquel hombre no se bajaba, por qué no se iba a bajar nunca, y entendió también que en aquella cruzada suya contra Amaro Quinteiro ya no estaba sola ni ella ni Ferro, estaban Loli y Antía y una medalla de comunión colgada del cuello de una mujer que no recordaba haberla regalado, y que perder aquello, dejarlo pasar, aflojar por miedo o por prudencia, era traicionar la mesa entera de aquella cocina calentita.
—Ahora entiendo por qué no te bajas —le dijo Sabela a Ferro en el rellano, ya de despedida, con el frío de la escalera y el ruido de los platos dentro—.
Y no vuelvo a preguntártelo. Pero óyeme una cosa, Xoán, que te lo digo en serio.
Como esto se ponga muy feo, y se va a poner, tú tienes a Loli y a las niñas, así que la primera línea la piso yo.
Tú me cubres la espalda desde donde no te peguen un tiro.
No me discutas esto, que en esto mando yo.
—En eso manda usted, jefa —dijo Ferro, y por una vez no hizo guasa, y le dio la mano con las dos suyas, y Sabela bajó los tres pisos sin ascensor con la medalla de comunión de una niña metida en la cabeza, sumada al vestido verde, sumada a todo, y salió a la calle con una idea aún más clara de a qué se enfrentaba, porque una cosa es perseguir a un asesino y otra distinta es perseguir a un hombre que fabrica agujeros con forma de persona y los deja sentados en los salones de las familias para que los quieran a medias el resto de su vida.
Lo que Sabela necesitaba era ver a la mujer de detrás de la puerta con el candado, confirmar que estaba viva, ponerle una cara y un nombre, porque sin ella, sin una víctima viva que contara lo que le habían hecho, todo lo demás era humo, la palabra de una lectora contra la firma de un fiscal, y eso, en un juzgado, lo perdían siempre.
Y así fue como una semana después, con Ferro vigilando la pista de tierra desde el coche y Sabela y Vera otra vez en el borde del agua a oscuras, aprovechando una noche en que solo quedaba un coche en la conservera y dos hombres, consiguieron acercarse a la chapa suelta del muro trasero, apartarla con un chirrido que les paró el corazón, y colarse dentro, entre el óxido y el olor a mar podrido, hasta la puerta metálica del candado, y Vera pegó la mano a la chapa fría, y cerró los ojos, y del otro lado, como si la hubiera sentido, alguien se movió, y una voz de mujer, joven, rota de no usarse, susurró en la oscuridad una sola palabra que a las dos les heló la sangre.
—¿Vera? —dijo la voz al otro lado de la puerta—. ¿Eres tú, Vera? Te noto. Sé que eres tú. Han dicho tu nombre. Llevan semanas diciendo tu nombre.
Vera se quedó blanca, con la mano pegada a la puerta y la boca abierta sin que le saliera el aire, porque aquella mujer a la que no había visto nunca la conocía, la había reconocido a través del hierro con el mismo sentido averiado que compartían, y Sabela vio en la cara de Vera el instante exacto en que dejó de tener miedo por ella misma y empezó a tener miedo por otra, que es el miedo que de verdad no te suelta.
—Sí —dijo Vera contra la puerta, con los ojos llenos de lágrimas—. Soy Vera. ¿Cómo te llamas?
—Xela —dijo la voz—. Me llamo Xela. Y sé cómo te llamas tú, y sé que vas a intentar sacarme, y por eso tienes que irte ahora mismo, Vera, ahora, porque esto es una trampa y lleva semanas puesta.
Él no sabe qué noche vas a venir, no lo sabe, pero sabe que vas a venir, lo sabe desde que os oyeron en la orilla el otro día, así que ha ido quitando gente de aquí a propósito, cada noche menos hombres y menos luces, para que os parezca fácil, y me tiene a mí de cebo detrás de esta puerta esperando a que una de las noches os decidáis.
La nave está vacía porque él quiere que esté vacía, Vera.
Es todo para que vengas tú. Corre, corre, cor...
Y se encendieron las luces de la nave.