Capítulo 14
Bruno la llamó el lunes para quedar y recoger sus cosas, y Sabela le dijo que fuera a casa el martes por la tarde, y cuando llegó, con una bolsa de deporte vacía para llenar y una llave que dejar, se quedaron los dos de pie en el salón que había sido de los dos, entre las plantas que él había regado durante seis años, con esa incomodidad terrible de dos personas que se conocen el cuerpo entero y ya no saben ni cómo saludarse.
—Te veo bien —dijo Bruno, y lo dijo sin ironía, mirándola de verdad—. Jodido, ¿no?, que te vea mejor ahora que cuando estabas conmigo. Pero te veo bien.
—No estoy bien, Bruno —dijo Sabela—. Estoy en medio de un caso que me va a costar el puesto o algo peor, y te estoy haciendo daño, y hay una mujer a la que quiero de una manera que no entiendo y que me da un miedo de la hostia.
No estoy bien. Estoy viva, que es distinto, y hacía tiempo que no lo estaba, y eso no te lo puedo negar aunque me duela decírtelo delante de ti.
Bruno asintió despacio, y empezó a meter cosas en la bolsa, sus libros, su cargador, el jersey azul que ella le había regalado, y en algún momento, buscando un cable detrás del sofá, se rozaron, y fue tonto, fue un roce de nada, la mano de él en la cadera de ella para no perder el equilibrio, pero se quedaron quietos, muy cerca, con seis años de cuerpo conocido de por medio, y Bruno la miró, y le apartó un mechón de la cara con un gesto que había hecho mil veces, y Sabela supo lo que iba a pasar antes de que pasara, y lo dejó pasar, no por deseo, o no solo, sino por despedida, porque hay cuerpos de los que uno no sabe irse sin volver a entrar una última vez.
Se besaron, y fue un beso conocido y triste, y acabaron en el sofá, y Bruno la desnudó con las manos que se sabían de memoria y le hizo lo que le había hecho durante seis años, la boca en los pechos, los dedos entre las piernas, y estuvo bien, técnicamente estuvo bien, y Sabela cerró los ojos y dejó que su cuerpo respondiera a lo conocido, pero por dentro, en ese sitio donde una no se miente, estaba en otra parte, no excitada sino conmovida, no deseando sino despidiendo, y cuando Bruno la penetró, despacio, mirándola a los ojos con una ternura que le partió el corazón, Sabela le sostuvo la cara con las dos manos y no fingió un placer que no sentía, le dio otra cosa, le dio la verdad de estar allí con él por última vez, y así terminaron, abrazados y quietos, y Sabela se dio cuenta de que tenía las mejillas mojadas y de que él también, y ninguno de los dos dijo nada, porque no había nada que decir que no dijeran ya las lágrimas.
—Es lo último, ¿verdad? —dijo Bruno después, vestido a medias, sentado en el borde del sofá con la espalda hacia ella.
—Es lo último —dijo Sabela—. Y no debería haber pasado, y no me arrepiento, y las dos cosas son verdad a la vez.
Bruno se rió, una risa corta y húmeda, y terminó de vestirse, y cogió la bolsa, y en la puerta se giró y la miró por última vez con aquella cara buena que ella iba a echar de menos de una manera limpia, sin querer volver, pero echándola de menos igual.
—Que esa mujer sepa la suerte que tiene —dijo Bruno—.
Y como te haga daño, me llamas, que voy y le parto la cara, aunque sea una tía.
—Y sonrió, y se fue, y cerró la puerta con suavidad, y Sabela se quedó desnuda en el sofá de su casa vacía, y lloró un rato, no de arrepentimiento, sino de esa pena limpia de las cosas que se acaban bien, y después se duchó, se vistió, y condujo hasta el barrio alto, porque tenía que contárselo a Vera, entero, sin quitar nada, ya que si algo tenía claro es que a Vera no le iba a mentir nunca, aunque la verdad doliera, aunque la verdad fuera que aquella tarde se había despedido de Bruno con el cuerpo además de con las palabras.
Y se lo contó. Y Vera la escuchó en silencio, sentada en el suelo del salón con la espalda contra el sofá, y cuando Sabela terminó hubo un silencio largo, y Sabela pensó que la había perdido, que aquello era imperdonable, y entonces Vera levantó la vista y dijo, con esa honestidad suya que nunca iba por donde una esperaba:
—Gracias por no mentirme —dijo Vera—. Me duele, no te voy a decir que no me duele, porque me duele en un sitio muy tonto y muy hondo, pero prefiero esto a que me lo hubieras escondido.
—Se levantó del suelo, se acercó, se sentó a su lado—.
Con una condición. Que sea de verdad la última.
No por celos. Porque no quiero que quieras a dos personas a medias.
Quiéreme entera o vete con él entero, pero a medias no, que a medias ya viví yo, y no vuelvo.
—Entera —dijo Sabela, y no le tembló la voz—. Entera y sin él. Ya está hecho.