La ultima memoria Capítulo 13 #2
39%

Capítulo 13 #2

Venían despacio, dando tumbos por los baches de la pista de tierra, dos pares de faros y unos más altos delante, y cuando pasaron por el único claro donde el cielo daba un poco de luz Sabela vio que los altos eran los de una furgoneta blanca, sucia, sin rótulo, de esas que hay diez mil iguales en cualquier polígono, y detrás dos coches buenos que desentonaban en aquel camino de carro como desentona un anillo caro en la mano de un ahogado, y la furgoneta blanca era exactamente la que le había descrito Xacobe, palabra por palabra, y a Sabela se le puso el estómago frío al comprobar que el viejo no había exagerado ni un pelo, que todo era verdad, que aquello funcionaba con la puntualidad de un tren de cercanías, la usura y la muerte y el vaciado con su horario y su furgoneta y su día fijo al mes, como quien tiene ruta de reparto.

Los vehículos se metieron por el hueco del antiguo portalón, y se apagaron los faros, y durante unos segundos no pasó nada, solo el tintineo de los motores enfriándose y el golpe de dos, tres puertas, y voces de hombre, pocas, apagadas, gente que hablaba lo justo porque ya se sabía el trabajo, y entonces, del lado del muelle, se abrió una puerta corredera con un chirrido metálico largo que le puso a Sabela los pelos de punta, y bajó de la furgoneta un hombre grande, muy grande, de cabeza rapada que le brillaba un instante a la poca luz, con andares de armario que se mueve solo, y fue la primera vez que Sabela le veía la cara al que hasta entonces solo había sido una descripción en boca del percebeiro, «un rapado con cara de armario, de esos que no hablan», y comprobó que también en eso Xacobe se había quedado corto, porque aquel hombre no tenía cara de nada, ni de malo ni de bueno, tenía la cara lisa y quieta del que hace lo que le mandan sin que la conciencia le pese un gramo, y esa fue la que más miedo le dio de todas.

Se oyó arrancar un motor distinto, más basto, un traqueteo de diésel viejo, el grupo electrógeno, y acto seguido, por las ventanas rotas y por cada rendija de la chapa, empezó a salir una luz eléctrica, blanca y fea, que dibujó la nave entera contra la noche como se dibuja una calavera cuando le pones una vela dentro, y Vera, a su lado, se levantó a medias sin darse cuenta, atraída hacia aquella luz como si tiraran de ella con un hilo, con la boca entreabierta y los ojos idos.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Sabela en un susurro, parándola con una mano en el brazo.

—Que este sitio está lleno —dijo Vera, y le castañeteaban un poco los dientes, aunque no hacía tanto frío—.

No de gente viva, o no solo. De lo otro.

Yo no leo edificios, Sabela, no funciona así, pero hay sitios donde ha pasado tanto y tan feo que hasta yo lo noto sin tocar nada, y este es uno.

Aquí han vaciado a mucha gente. Lo noto como se nota el humo cuando algo se ha quemado hace rato.

Vámonos con cuidado, ¿vale? Este sitio no perdona.

Avanzaron pegadas al muro exterior hasta una zona por la que se colaba luz, un resquicio entre dos planchas de chapa, y por allí vieron, dentro, lo que no esperaban ver un sábado por la noche en una fábrica muerta, pues había vida, había dos coches buenos aparcados en lo que fue la nave de despiece, y luz eléctrica de un generador, y hombres, tres o cuatro, y en el centro, sentado en una silla plegable con una taza en la mano como si estuviera en su casa, estaba Amaro Quinteiro, con su abrigo caro y su calma de empresario, hablando con un tipo grande de cabeza rapada que se movía por el espacio con la naturalidad del que manda de puertas para dentro, y Sabela memorizó cada cara, cada matrícula, mientras Vera, a su lado, se había quedado rígida, con los ojos clavados en un punto al fondo de la nave, en una puerta metálica cerrada con un candado grueso, y le clavó a Sabela los dedos en el antebrazo.

—Ahí —dijo Vera con un hilo de voz—. Detrás de esa puerta hay alguien. Está viva. Y es como yo. La noto, Sabela, la noto igual que noto una radio encendida en otra habitación. Es ella. Es la que llora.

Y entonces, cuando Sabela ya empezaba a tirar de ella hacia atrás, hacia el borde del agua y el coche y la huida, otro par de faros bajó por la pista dando tumbos, un coche solo esta vez, oscuro y caro, de los que no se ven por aquellos caminos de carro, y aparcó un poco apartado de los demás, junto al portalón, sin apagar del todo el motor, con las luces cortas encendiendo un cono de sirimiri delante del capó, y del asiento de atrás bajó un hombre, o eso le pareció a Sabela por el porte, embozado hasta las cejas en una bufanda oscura y con el cuello del abrigo subido, de manera que de la cara no se le veía nada, ni una línea, solo la mancha pálida de una frente bajo el ala de un sombrero, y Sabela, que llevaba doce años fotografiando gente con los ojos porque la memoria de policía es lo único que no le fallaba nunca, buscó lo que siempre buscaba, una seña, un gesto, algo con lo que agarrar a un desconocido, y lo encontró en las manos, pues aquel hombre llevaba un solo guante, uno, en la mano derecha, un guante de piel oscura y buena que le llegaba hasta la muñeca, y la otra mano al aire, y ese detalle, el de un hombre que sale a la noche fría con una sola mano vestida, se le quedó a Sabela clavado en algún sitio de la cabeza donde guardaba las cosas que un día servirían.

El rapado le salió al encuentro, y el del guante no dijo nada, o si dijo algo lo dijo tan bajo que no llegó ni el eco por encima del generador, y sacó del abrigo un sobre grueso que le tendió con la mano enguantada, y el rapado lo cogió, lo sopesó sin abrirlo, y hizo una seña hacia el fondo, y de la nave salió una de las mujeres, una lectora, se le notaba en el modo de andar cansado y en cómo se frotaba las manos antes de usarlas, como quien se las calienta para un trabajo fino, y se acercó al del guante, y le puso una mano en la nuca, ahí, en el sitio de la marca, y el hombre se quedó muy quieto un momento, con la barbilla caída sobre el pecho igual que si rezara o se durmiera de pie, y luego dio una sacudida corta, un temblor que le subió por la espalda y le llegó a los hombros y se le fue, y se enderezó despacio, y a Sabela le pareció, aunque no habría podido jurarlo desde donde estaba, que respiraba distinto, más hondo, como el que sale a la superficie después de mucho rato debajo, y el hombre del guante se llevó la mano sin guante a la cara un instante, y luego se metió en el coche caro sin mirar atrás, y el coche dio la vuelta y se fue pista arriba con la misma calma con que había venido.

—¿Qué acaba de pasar? —dijo Sabela muy bajo, pues lo había visto todo y no había entendido nada, solo un sobre, una mano en la nuca y un hombre que se estremecía y se iba.

—Que ha comprado —dijo Vera, y lo dijo con una voz rara, apretada, sin apartar los ojos del sitio por donde se había ido el coche—.

No sé de quién ni qué, pero ese se ha llevado puesto algo que no es suyo.

Se le nota hasta desde aquí, en cómo se ha enderezado.

Ha entrado uno y ha salido otro. —Tragó saliva—.

Esto no es solo vaciar, Sabela. Esto es una tienda.

En ese momento el hombre grande de la cabeza rapada giró la cabeza hacia el resquicio por el que ellas miraban, no porque las hubiera visto, sino con ese instinto de los perros de guarda, y ladró algo, y uno de los otros se movió hacia la puerta, y Sabela no lo pensó, agarró a Vera de la mano y tiró de ella, y corrieron agachadas por el borde del agua, tropezando en las piedras, con el corazón en la boca, hasta el coche, y arrancaron sin luces y no las encendieron hasta la carretera general, y ninguna de las dos habló hasta que Arnela apareció al fondo con sus farolas, y fue Vera la que rompió el silencio, con la voz todavía temblando, mirando por la ventanilla la noche que pasaba.

—La vamos a sacar de ahí —dijo Vera, y no era una pregunta—.

Me da igual el caso, me da igual Quinteiro, me da igual todo.

A esa mujer la vamos a sacar de ahí, Sabela, porque esa soy yo en otra vida, y si a mí me hubieran dejado ahí dentro, yo habría querido que alguien viniera.

Aunque fuera una desconocida. Aunque fuera de noche y a escondidas. Alguien.

—La vamos a sacar —dijo Sabela, y le cogió la mano por encima del cambio de marchas, y condujo así el resto del camino, con una sola mano, agarrada a Vera, entrando en la ciudad dormida con una promesa hecha que todavía no sabía cómo demonios iba a cumplir.