La ultima memoria Capítulo 13
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Capítulo 13

La antigua conservera de Punta Seixo llevaba veinte años cerrada, un esqueleto de hormigón y chapa al final de una pista de tierra que moría en la ría, con las ventanas rotas y las letras del rótulo caídas menos tres, «C N S R», que de noche, iluminadas de refilón por la luna cuando la había, parecían el nombre de un dios antiguo, y hasta allí condujeron una noche de sábado sin luna, con las luces apagadas el último tramo, y aparcaron el coche detrás de una nave derruida y se acercaron a pie por el borde del agua, agachadas, Sabela con la pistola bajo el abrigo y Vera con las manos metidas en los bolsillos y una tensión distinta en el cuerpo, una tensión que Sabela le notó enseguida.

Se metieron detrás del casco reventado de una gamela vieja que llevaba años pudriéndose boca arriba en la marea, con las cuadernas al aire como el costillar de un animal grande que hubiera venido a morir a la orilla, y desde allí, agachadas entre el olor, que era lo primero que le entraba a una en aquel sitio, un olor a marea baja y a fango removido, a gasoil viejo y a óxido, a sal y a alga podrida y a algo dulzón por debajo que Sabela prefirió no nombrar, se pusieron a esperar, porque no habían venido de casualidad ni a probar suerte, habían venido con deberes hechos, con la fecha y la hora que le había soltado el viejo percebeiro de la punta entre símiles de mar y humor negro, el día de la cofradía, que caía ese mes en sábado, y las once de la noche, que era cuando, según él, una furgoneta blanca bajaba a recoger lo que había que recoger, así que a las diez y media ya estaban las dos tiradas detrás de la gamela muerta, quietas, con el frío de la ría subiéndoles por los pies, esperando a que el sitio se llenara.

Y el sitio, de momento, estaba tan muerto como la barca, pues la conservera se recortaba negra contra un cielo apenas menos negro, sin una luz, sin un ruido que no fuera el de siempre, el chapoteo perezoso del agua contra las piedras del muelle comido de broza, el goteo de algún canalón roto, el zumbido lejano de la general al otro lado del monte, y a Sabela aquella quietud no la engañaba, pues llevaba doce años aprendiendo que los sitios donde pasan cosas malas tienen a menudo esa cara de no haber roto un plato, esa mansedumbre de casa cerrada que es justo lo contrario de lo que guardan dentro, y esperó como sabía esperar, sin moverse, respirando despacio, contando barcos por la ría para no contar los minutos, mientras a su lado Vera se abrazaba las rodillas y miraba la nave con una fijeza que no le gustó nada.

—Podías haberte quedado en casa —le dijo Sabela muy bajo, sin apartar los ojos de la pista de tierra por la que tenían que venir—. Esto lo hago yo con Ferro y ya está. No hacía falta que te congelaras aquí conmigo por una nave vacía.

—No está vacía —dijo Vera, y lo dijo sin dramatismo, como quien informa del tiempo que hace—. Está callada, que es distinto. Y ya que me has traído hasta aquí, me quedo, que peor es estar sola en casa dándole vueltas a lo que estarás viendo tú. Total, ya que no duermo, no duermo acompañada.

Y Sabela no le discutió, pues sabía de sobra que a Vera Meis no se la mandaba a casa como no se manda a nadie a ningún sitio contra su voluntad, así que se tragó la protesta y se quedaron las dos calladas, hombro con hombro detrás del costillar de la gamela, mientras la noche seguía su curso indiferente a ellas, y en algún momento una lancha pasó lejos, ría adentro, con su luz verde de babor y el motor amortiguado por la distancia, seguramente un marisquero furtivo aprovechando la falta de luna, y a Sabela el corazón le dio un vuelco tonto y la mano se le fue sola a la culata de la pistola bajo el abrigo antes de darse cuenta de que era solo eso, un furtivo cualquiera yéndose a lo suyo, y aflojó la mano, y se rió por dentro de sí misma, de lo tensa que estaba, porque una cosa es saberse dura y otra es tener el cuerpo tranquilo, y aquella noche el cuerpo no le hacía ningún caso a la cabeza.

El tiempo, en las esperas, no pasa igual que en otras partes, se estira y se hace de goma, y Sabela, que llevaba doce años sabiéndolo, miró el reloj y solo habían pasado veinte minutos desde que se echaron detrás de la gamela y le pareció que llevaban allí media vida, con el frío metido ya en los huesos y las piernas dormidas de la postura, y en un momento dado un perro empezó a ladrar en algún caserío de la ladera, un ladrido monótono y tonto de perro atado que no sabe a qué ladra, y luego, al otro lado del monte, por la carretera general, aparecieron unos faros que subían, y Sabela le apretó a Vera el brazo sin darse cuenta y las dos se quedaron sin respirar mirando aquellas luces, calculando si aflojaban para meterse por el desvío de la pista, pero los faros siguieron de largo, general arriba, un camión o un coche cualquiera de gente que iba a sus cosas de sábado por la noche, gente con casa y con cama y con una vida que no se jugaba en fábricas muertas, y a Sabela se le escapó el aire despacio, y pensó que Xacobe le había dado la hora y la furgoneta pero también un aviso que no se le iba de la cabeza, aquello de que si la cofradía olía a policía preguntando lo suyo no le quitaban a uno un recuerdo, le quitaban la respiración, y que estar allí las dos agachadas en la orilla, a un tiro de piedra del hombre que ahogaba mujeres, era exactamente la clase de imprudencia que a Xacobe le había parecido de locos, y aun así estaba allí, y peor todavía, había traído a Vera, y esa contradicción, la de saber que hacía mal en llevarla y no ser capaz de dejarla en casa, era el resumen de todo lo que le pasaba con aquella mujer desde el martes de noviembre en que se le cruzó en un tanatorio.

El viento se levantó un poco, un nordés flojo que venía del mar abierto y peinaba el tojo del monte con un siseo continuo, y traía la lluvia menuda de siempre, ese sirimiri que en Arnela no es lluvia sino una manera del aire de estar mojado, y a Sabela se le fue calando el abrigo por los hombros sin que llegara a caer un chaparrón de verdad, mientras los eucaliptos de detrás crujían con un quejido de madera vieja y algún pájaro nocturno soltaba de vez en cuando un grito seco que le raspaba los nervios, y en toda aquella orquesta de noche de ría, en el fango y la sal y el viento y el agua removiéndose contra las piedras, había una paz engañosa, la paz de los sitios que llevan tanto tiempo solos que una empieza a creerse que van a seguir solos siempre, y Sabela, que sabía que no, que dentro de poco aquello se iba a llenar de hombres y de luz y de cosas feas, aprovechó los últimos minutos de calma para mirar a Vera de reojo y preguntarse, no por primera vez, qué demonios estaba haciendo con la vida, arrastrando a la mujer de la que se había enamorado a una barca podrida en mitad de la nada a las once de la noche, a ver morir por dentro a desconocidos.

—¿Tienes miedo? —le preguntó Sabela en voz muy baja, más por sacar a Vera de aquel ensimismamiento que la asustaba que por saberlo—. Y no me digas que no, que te tiembla la mano desde que aparcamos.

—Claro que tengo miedo, no soy tonta —dijo Vera, sin dejar de mirar la nave, con la voz apretada—.

Pero no del que tú te crees. No tengo miedo de que nos peguen un tiro, o sí, pero ese es el fácil, ese es el que tenéis todos.

Tengo miedo de acabar ahí dentro, en una silla, con un candado en la puerta, que es el sitio exacto en el que habría acabado hace seis años si aquel día le llego a decir que sí al hombre que vino a comprarme, y no le dije que no por valiente, ¿eh?

, que quede claro, le dije que no por cabezona y por miedo, y me pasé seis años con la persiana bajada esperando que subieran a por mí una noche cualquiera, así que venir aquí por mi propio pie, a meterme en la boca del lobo con una inspectora testaruda, es lo más parecido a plantarle cara a aquello que voy a hacer en mi vida.

—Tragó saliva, y por fin apartó los ojos de la chapa y los clavó en Sabela, y en la poca luz se le veían enormes—.

Por eso me quedo. No es por ti, o no solo.

Es porque llevo seis años huyendo de esta nave sin saber siquiera que existía, y ya me he cansado de correr.

Sabela no supo qué contestarle a eso, así que hizo lo único que le pareció decente, que fue no soltarle una frase de poli para taparlo, sino alargar la mano por detrás de la gamela y cogerle la suya, fría como una piedra de río, y apretársela, y quedarse así, agarradas en la oscuridad, sin decir nada más, mientras el sirimiri seguía cayendo sin caer del todo y el viento traía y llevaba el olor del fango, y Sabela pensó, con esa lucidez fría que le venía a veces en los peores momentos, que aquello ya no lo iba a poder dejar aunque quisiera, que había pasado de perseguir a un asesino a algo más difícil de nombrar, y que buena parte de la culpa la tenía aquella mano helada que ahora le apretaba los dedos como se agarra un náufrago a un madero, así que se quedó quieta, aguantando el frío y la espera y el peso de lo que se les venía encima, con la cabeza fría a la fuerza porque una de las dos tenía que tenerla, mientras se decía que en cuanto vieran lo que había que ver se largaban de allí sin hacer ruido y ya pensarían en casa cómo demonios sacaban de aquel agujero a quienquiera que estuviese dentro.

Vera, en cambio, cada vez estaba más rara, más metida hacia dentro, y Sabela, que había aprendido a leerle los silencios como quien aprende un idioma difícil, notó cómo se le iba poniendo el cuerpo tirante, cómo respiraba más corto, cómo se le clavaba la mirada en la nave negra como si al otro lado de aquellas paredes de chapa hubiera algo llamándola por una frecuencia que solo ella oía, y le castañeteaban los dientes, un castañeteo fino que no venía del frío, o no solo, y cuando Sabela le puso una mano en la rodilla para tranquilizarla la notó temblar, y estuvo a punto de mandarla otra vez al coche, pero justo entonces, al fondo de la pista, entre los eucaliptos, aparecieron los faros.