Capítulo 12 #5
Se hizo un silencio en el filo del acantilado, roto solo por el golpe de las olas abajo y por el chillido de una gaviota que peleaba con otra por algo, y Sabela, que había ido allí a convencerlo de huir, se quedó sin el discurso que traía preparado, porque una cosa es sacar de la boca del lobo a una tabernera que quiere vivir y otra muy distinta es discutir con un hombre que ya ha hecho las cuentas y ha decidido, y Ferro, a su lado, se había quitado la gorra y la estrujaba entre las manos sin darse cuenta, con esa cara suya de la cena en su casa, la cara del que tiene una cuñada sentada en un rincón que no recuerda una comunión.
—Pues no vaya —dijo Sabela por fin, y le salió más flojo de lo que quería—. Le juro que lo pongo a salvo hoy mismo. Se lo debe a su Fina, no dejarse quitar el recuerdo de ella.
—A mi Fina no le debo huir como un ladrón y morirme de pena en un piso de Lugo mirando por una ventana un patio de luces —dijo Xacobe, y lo dijo sin rabia, casi con dulzura, recogiendo el cesto del suelo—.
Óigame bien, que se lo digo una vez. Yo esto de la roca lo llevo haciendo desde los doce años.
Esta punta es mi casa, este mar me da de comer y algún día me va a comer a mí, que es lo justo, y a mí de aquí no me saca usted ni la cofradía ni el señor obispo ni Dios que bajara.
Si me voy tierra adentro me muero igual, más despacio y más feo, sin roca y sin percebe y sin nada, y encima le hago un favor a esa gente, que es lo que quieren, que desaparezcamos sin ruido.
Así que voy a pagar. Voy a ir el día que dice el papel, voy a dejar que me metan lo que sea en el brazo, y cuando salga a lo mejor no me acuerdo de mi mujer, pero me acordaré de la mar, que esa la llevo en las manos y no en la cabeza, y voy a seguir aquí, colgado de mi roca, hasta que me toque.
Y usted, con todo el respeto, me va a hacer un favor más grande si no vuelve por aquí, ya que como esos me huelan que un policía anda preguntando por mí, no me quitan un recuerdo, me quitan la respiración, y me sacan del agua un día de estos hinchado y morado y dicen que resbalé, que resbalar en la roca es lo más fácil del mundo y no lo investiga nadie.
Y ahí estaba la trampa entera del asunto, pensó Sabela mientras lo veía volver a atarse el arnés para bajar a por otra tacada antes de que subiera la marea, ahí estaba la cofradía en una sola frase de un viejo mojado: que su manera de cazar era tan limpia que hasta la ayuda mataba, que meterse a salvar a la gente era a veces empujarla, y que aquel hombre había hecho un cálculo que a ella le revolvía las tripas pero que, mirado desde su roca, tenía su lógica de hierro, la lógica del que prefiere quedarse ciego de un ojo a que le arranquen la casa, y por primera vez en todo el caso Sabela entendió que no iba a poder salvarlos a todos, que no iba a poder ni siquiera salvar a los que se dejaban, porque algunos, los más rotos y los más enteros a la vez, habían decidido pagar, y pagar era su forma de no rendirse.
Aun así, antes de irse, con un pie ya en el sendero de tojo, se volvió y le hizo la pregunta que de verdad la había llevado hasta el acantilado, la única que le importaba de todo aquello.
—Xacobe, una cosa y me voy —dijo Sabela—. Cuando le den la cita, ¿adónde le dijeron que fuera? ¿Cómo es? ¿Lo van a buscar ellos?
—Me dijeron que esperara en el muelle de abajo a las once de la noche, el día que pone el papel, que es siempre el mismo día del mes, el de la cofradía lo llaman, con guasa —dijo Xacobe, ya de espaldas, midiendo la ola—.
Que iba a venir una furgoneta blanca y un tipo grande, un rapado con cara de armario, de esos que no hablan, y que me subiera y me callara y que en un rato estaría de vuelta, más ligero.
Hacia la ría es, eso lo sé, porque a un vecino mío lo llevaron y lo trajeron y el hombre, que volvió tonto, la única cosa que repetía era que olía a sardina podrida y a fábrica vieja, y fábricas viejas en la ría, con muelle propio para meter una furgoneta sin que nadie mire, no hay más que una, señora, y usted ya sabe cuál es, que se le ve en la cara que ya ha estado por allí oliendo.
Bajó corriendo por la roca en cuanto la ola se retiró, el brazo dentro del agua hasta el hombro, la rasqueta rascando, y volvió a subir con tres percebes más y sin mirarlos ya, dando por terminada la conversación con la naturalidad del que ha dicho lo que tenía que decir y no piensa repetirlo, y Sabela y Ferro deshicieron el camino en silencio, apartando el tojo de la cara, y al llegar arriba, donde la pista se juntaba con la carretera, pasaron por delante del cementerio del pueblo, uno de esos camposantos de aldea colgados de la ladera, con la tapia encalada y las cipreses torcidos por el viento del mar y las tumbas mirando todas hacia el agua, como si a los muertos de la costa hubiera que enterrarlos de cara a lo que se los llevó, y Sabela, sin querer, aminoró un momento, y pensó que en algún nicho de aquellos, con una foto ovalada y unas flores de plástico descoloridas, estaba la Fina de Xacobe, y que dentro de unas semanas su marido iba a subir hasta allí un domingo, con el ramo en la mano y las botas embarradas, y se iba a quedar de pie delante de una lápida sin saber a quién le llevaba flores, y que aquello, más que ningún cadáver del puerto, más que las tres caras del corcho, era exactamente lo que Amaro Quinteiro fabricaba y vendía, viudos que no recuerdan a quién enviudaron, y solo cuando el cementerio se quedó atrás y el coche cogió la carretera general, y la punta se hizo pequeña y negra contra un cielo que empezaba a cerrarse de lluvia, habló Ferro, con la vista puesta en el asfalto mojado y la voz rara.
—Ese hombre nos acaba de dar la nave, jefa —dijo Ferro—. Y nos ha dicho que no volvamos, y tiene razón, y las dos cosas me joden a partes iguales.
—Nos ha dado la nave, el día y la hora —dijo Sabela, guardándose el papelito en el bolsillo de la gabardina como quien guarda una llave—.
Una furgoneta blanca, el día de la cofradía, a las once de la noche, en Punta Seixo.
—Miró por la ventanilla la ría que aparecía y desaparecía entre los eucaliptos, plomiza bajo la lluvia que empezaba, y sintió que por fin el caso tenía cuerpo, tenía calendario, tenía un sitio y una fecha adonde ir a mirar de frente lo que llevaba semanas persiguiendo de oídas—.
Así que vamos a ir a mirar. Y vamos a ir ese día, Ferro, el de la cofradía, no otro, que ya sé lo que me vas a decir y te lo contesto antes de que lo digas.
Una nave vacía no me sirve de nada, una nave vacía es chapa y óxido y cuatro ratas, y yo no necesito ver el sitio, necesito ver quién entra en el sitio, y quién sale, y qué bajan de esa furgoneta, y para eso tiene que estar lleno.
Sin luces dentro no hay nada que ver desde fuera.
Así que vamos de noche, desde la orilla, agachados y calladitos, y no entramos, que quede claro, solo miramos, y en cuanto tengamos las caras y las matrículas nos largamos.
Y a Vera me la llevo, aunque me pese, ya que hay cosas en ese sitio que solo ella va a saber leer.
Y aunque Ferro le dijo que llevar a Vera a la boca del lobo era como llevar la carnaza a la pesca, y aunque tenía razón, y aunque Sabela lo sabía, aquella noche se lo contó a Vera entera, lo del percebeiro que prefería quedarse ciego de un recuerdo a que le arrancaran la roca, y Vera lo escuchó sin decir nada hasta el final, y cuando Sabela terminó no lloró ni se indignó, solo se quedó mirando el corcho de las tres muertas un rato largo, y luego dijo una cosa muy suya, muy seca, que a Sabela se le quedó dando vueltas media noche.
—Ese hombre es más listo que todos nosotros juntos —dijo Vera—.
Ha entendido lo que a mí me costó seis años entender escondida detrás de una persiana.
Que a esta gente no se le gana huyendo ni pagando, que huir es pagar de otra forma.
A esta gente solo se le gana yendo a por ellos a su casa y de noche, que es lo que tú quieres hacer, y por eso me das tanto miedo, Sabela, y por eso voy a ir contigo, porque a mí, hace seis años, no vino nadie, y no pienso ser la que no fue.