Capítulo 12 #4
No pudo quedarse en la comisaría, así que cogió el coche sin decírselo a nadie y volvió a hacer la hora larga de carretera pegada al agua, hasta el mismo pueblo, hasta la misma casa baja de piedra con las hortensias mustias, y aparcó donde había aparcado tres días antes y se quedó un rato dentro del coche sin bajar, mirando el porche de aluminio ahora vacío, la silla de plástico donde Rebeca había fumado un cigarro tras otro, y no supo bien a qué había ido, si a pedir perdón, si a mirar de frente lo que había hecho o lo que no había sabido hacer, pero al final bajó y llamó a la puerta, y le abrió la madre, más encorvada todavía, más blanca, con los ojos secos de las viejas que ya no tienen lágrimas porque las gastaron todas hace tiempo, y no le preguntó qué quería ni la invitó a pasar, solo la miró desde el umbral con una serenidad terrible y le dijo que ella sabía que su hija no se había caído a ninguna playa, que Rebeca le tenía pánico al agua desde niña y no se metía en el mar ni en agosto con calor, que cómo iba a salir a pasear de madrugada al borde de las olas la única persona del pueblo que no se bañaba nunca, y que se lo había dicho al juez y el juez le había dado dos palmaditas en la mano y la había mandado a casa, y Sabela encajó aquello de pie en el umbral sin defenderse, porque no había defensa, porque ella había estado allí, había visto a Rebeca viva y asustada, le había dejado un teléfono y unas palabras y se había vuelto a Arnela dejándola sola con una madre enferma en una casa que cualquiera sabía encontrar, y la Cofradía había ido, tranquila, sin prisa, a la noche siguiente o a la otra, y había cerrado el único cabo suelto que quedaba de Icía Barreiro con la misma limpieza con que se cierra un grifo.
—Usted preguntó por ella —dijo la madre, y no era un reproche, era peor, era una constatación—.
Vino usted a hablar con mi hija, y a la semana la tengo en el cementerio y el pueblo diciendo que se tiró al agua una loca.
No quiero saber en qué andaba, ni quién la asustó, ni de qué van ustedes.
Ya no me sirve de nada saberlo. Váyase, señora, y no vuelva, que bastante tengo con enterrar a una hija como para encima darle conversación a la policía que la interrogó.
Y le cerró la puerta despacio, sin dar un portazo, que era lo que más dolía, la mansedumbre de aquella vieja que ni siquiera tenía fuerzas para el rencor, y Sabela se quedó un segundo delante de la madera cerrada, con el olor a humo de leña y a marea baja metiéndosele en la garganta, y luego bajó al coche y condujo de vuelta a Arnela con las dos manos apretadas en el volante y sin poner la radio, igual que la primera noche, la del cadáver del vestido verde, solo que ahora ya no era una inspectora escéptica que no se creía a las lectoras, ahora era otra cosa, alguien a quien la muerte de aquella mujer se le había quedado en el pecho como una piedra mojada en el fondo de un bolsillo, un peso frío que no se soltaba por más que anduviera, y por el camino, entre la niebla que subía de las rías y los eucaliptos goteando, sintió que la rabia fría se le convertía en otra cosa más peligrosa, en una determinación que ya no atendía del todo a razones ni a protocolos ni a la carrera, y esa noche, cuando se lo contó a Vera en el piso del barrio alto, no lloró, no gritó, no rompió nada, solo se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando el corcho de las tres muertas que se habían traído a casa, y al cabo dijo una frase, muy bajito, casi para sí misma, que a Vera le puso los pelos de punta más que cualquier grito.
—Se acabó lo de los pies de plomo —dijo Sabela—. Vamos a por él.
Y por eso, en los días que siguieron a lo de Rebeca, Sabela dejó de trabajar el caso desde el despacho, con sus corchos y sus tres fotos de mujeres muertas sonriendo en fotos de antes, y se echó a la calle a buscar a los que todavía respiraban, que era donde de verdad estaba el caso, pues un cadáver no cuenta nada que no le arranques tú a la fuerza y con una lectora de por medio, pero un vivo asustado, si das con él antes que la cofradía, a veces habla, y aunque hable poco y mal y con la mirada puesta en la puerta, ese poco vale más que todos los expedientes que alguien, en algún despacho, se estaba encargando de enterrar.
El hilo lo trajo otra vez Ferro, o mejor dicho su cuñado, el que faenaba con el bote pequeño y que en la lonja se enteraba de las cosas antes que la Guardia Civil, ya que por la rula corrían las noticias del puerto igual que corría el pescado, de mano en mano, sin recibo y sin que nadie confesara nunca de quién las había oído, y una mañana en que el muelle olía a hielo derretido, a caja de poliespán mojada y a gasoil de las barcas que volvían de faenar, Ferro se plantó en la mesa de Sabela con dos cafés de máquina y una cara que ya no gastaba guasa ninguna.
—Hay uno en la punta que está citado, jefa —dijo Ferro, dejándole el café delante sin preguntar si lo quería—.
Un percebeiro viejo, Xacobe, de los de la cofradía del mar de toda la vida, no de la otra, ojo, que ese hombre es honrado como el pan.
Pidió en Fisterra el año pasado para pagarle no sé qué operación a la mujer, una cosa del corazón, y la mujer se le murió igual en la mesa de quirófano, así que ahora le debe un dinero a los buitres y no tiene con qué, y mi cuñado dice que la semana pasada lo pararon en el muelle y le metieron el papelito en el bolsillo del mono.
El del círculo y las tres rayas. —Se sentó en el borde de la mesa, bajó la voz aunque no había nadie cerca—.
Y lo raro, jefa, lo que me hizo venir a contártelo antes de acabarme el café, es que el hombre no se esconde.
Que sabe que va a ir. Que dice que paga.
Fueron los dos aquella misma tarde, sin orden y sin decírselo a nadie, con el coche camuflado de Ferro por una pista que se estrechaba hasta convertirse en un sendero de tojo y piorno que arañaba las puertas, hasta el aparcadero de tierra sobre los acantilados de la punta, donde el mundo se acababa de golpe en una raya de espuma y el viento venía del oeste cargado de sal y de yodo y de ese olor a marisco crudo y a alga podrida que se mete en la ropa y no se va con dos lavados, y allí, abajo, pegado a la roca negra como un percebe más, con un arnés viejo atado a la cintura y un rasqueta en la mano, estaba Xacobe, esperando la ola que le dejara el pie de percebe al descubierto para bajar corriendo el brazo antes de que volviera el agua a llevárselo, jugándose la vida por un cesto de bichos como se la había jugado cuarenta años, y Sabela y Ferro se quedaron arriba, en el filo, mirándolo trabajar sin decir nada, porque hay hombres a los que no se les grita desde un acantilado mientras le disputan a la mar su jornal.
Cuando por fin subió, con el cesto medio lleno y la ropa chorreando, y los vio allí plantados con esa pinta de policía que no se quita ni de paisano, no se asustó ni echó a correr ni puso cara de nada, solo dejó el cesto en el suelo, se soltó el arnés, y los miró con unos ojos pequeños y azules metidos en una cara de cuero cuarteada por sesenta años de sol y de sal, unos ojos que ya habían visto de todo y a los que dos placas no impresionaban gran cosa.
—Vengo mojado y vengo cansado —dijo Xacobe, escurriéndose el agua de las manos, unas manos destrozadas, con los dedos torcidos y las uñas negras y cicatrices blancas por todas partes—.
Así que si me van a decir lo que ya sé, díganmelo rápido y déjenme ir a cambiarme, que a mi edad una pulmonía la lío en un rato.
Sabela se agachó a su altura, se presentó sin florituras, le dijo que sabían lo de Fisterra y lo del papelito, y que estaban detrás de la gente que se lo había dado, y que si él quería, había maneras de que no fuera a esa cita, maneras de ponerlo lejos, tierra adentro, con algún pariente, hasta que aquello se acabara, y Xacobe la escuchó entero, sin interrumpir, con la paciencia del que ha esperado mucho tiempo mareas mucho peores, y cuando ella terminó él sacó del bolsillo interior del mono, envuelto en un plástico para que no se mojara, el papelito, y se lo tendió, y Sabela lo cogió y lo reconoció al instante, el círculo torpe con las tres rayas dentro, la mano a la que le faltan dos dedos, y debajo, en una letra pequeña y apretada, la fecha, y una hora, y la frase de siempre, la cofradía no espera.
—Guárdeselo si le sirve, que copias hay —dijo Xacobe—.
Y ahora escúcheme usted a mí, señora, que es más vieja la historia de lo que se cree.
A mí vino a verme el del abrigo bueno, uno que huele a caramelo, a colonia de rico, con una sonrisa que da más miedo que un temporal del sur, y me lo explicó todo muy fino, que si no puedo pagar en dinero pago de la otra manera, que no duele, que es un rato, que me llevan y me traen y no me entero de nada.
Y yo le pregunté qué me iban a llevar, porque uno no es tonto aunque se pase la vida colgado de una roca, y él me lo dijo con esa boca de no haber roto un plato: lo que más quiera.
Que se cobran en lo que uno más quiera, porque es lo que más pesa, ¿sabe usted?
, es lo que vale la deuda entera. Y lo que yo más quiero, o lo que más quise, ya que la tengo tres años bajo tierra en el cementerio de arriba, es a mi Fina, cuarenta y un años casados, así que lo que me vienen a cobrar esos hijos de puta es a mi mujer, la voy a mirar en las fotos y no voy a saber quién es, y voy a pasar por delante de su tumba y va a ser la tumba de una desconocida.