La ultima memoria Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Yo le dije que no lo hiciera —dijo Rebeca entre calada y calada, sin que nadie le preguntara todavía—.

Le dije a Icía que ese dinero no era dinero normal, que a la gente que pide en Fisterra le pasan cosas.

Pero es que el banco le decía que no, y ella quería montar el segundo salón, y apareció ese hombre tan amable, el Quinteiro, con su colonia y su sonrisa, y le prestó todo lo que pedía sin un solo papel.

—Aplastó el cigarro y encendió otro con el anterior—.

Y luego llegaron los avisos. Y luego Icía empezó a olvidarse de cosas.

De cosas suyas, ¿eh? Un día no se acordaba de cómo se llamaba su primer novio.

Otro día no se acordaba de nuestro viaje a Portugal, que fuimos las dos, que hay fotos, y ella miraba las fotos y no se acordaba de haber estado.

Se le iba la cabeza a trozos, señora, pero no como los viejos, no despacio, sino a trozos limpios, como si le hubieran recortado pedazos con tijeras.

Y estaba aterrada. La última vez que hablé con ella me dijo que la habían citado en una fábrica vieja, en la antigua conservera de Punta Seixo, para «arreglar la deuda de otra manera».

Y ya no volví a saber de ella hasta que la sacaron del puerto.

Se levantó Rebeca de la silla de plástico, dejó el cenicero en el suelo con cuidado, y entró un momento en la casa, y volvió con un álbum de esos de tapa dura que ya casi nadie hace, uno de fotos de verdad, reveladas en papel, y lo abrió sobre las rodillas con las manos temblándole y se lo puso a Sabela delante, y allí estaban las dos, Rebeca e Icía, más jóvenes, en un mirador de Oporto con el río Duero al fondo, riéndose las dos con una copa de vino verde en la mano y una permanente pasada de moda, y Rebeca puso el dedo sobre la cara de Icía, sobre aquella cara sonriente de una tarde feliz de hacía años, y dijo, con la voz rota del todo, que lo que más rabia le daba, más que el miedo, más que haber tenido que cerrar y esconderse, era que a Icía le habían robado aquella tarde, que a lo mejor Icía había muerto sin acordarse de aquel viaje, sin acordarse de que un día fueron dos amigas jóvenes a Portugal a beber vino y a reírse, y que eso, robarle a una los buenos ratos y dejarle solo las deudas, era la cosa más cruel que había oído en su vida, robar el vino y dejar la resaca, robar el recuerdo del hombre al que quisiste y dejarte la cama vacía.

Sabela miró la foto un buen rato, porque entendía que a Rebeca le hacía falta que alguien la mirara, que aquel álbum era la manera que tenía aquella mujer de plantarle cara a la Cofradía, de decir yo me acuerdo, yo sí me acuerdo, aunque a ella se lo hayáis quitado yo lo guardo, y le preguntó con cuidado, sin presionar, si el hombre de la colonia había ido alguna vez al salón, si ella le había visto la cara, y Rebeca dijo que una vez, solo una, que fue a hablar con Icía a la trastienda y que ella no le vio bien la cara pero que se le quedó el olor, aquella colonia dulzona de caramelo caro que se le pegó a las toallas y a los peines y que tardó días en irse, y que Icía, después de aquella visita, se quedó callada toda la tarde y ya no volvió a ser la misma.

—¿Y a usted? —preguntó Sabela, con toda la delicadeza que pudo, porque era la pregunta que de verdad importaba—. ¿A usted le deben algo, Rebeca? ¿Le han mandado a usted alguno de esos papeles?

—A mí no —dijo Rebeca, y por primera vez levantó la cara y miró a Sabela a los ojos, con una lucidez de terror que valía más que todas las lágrimas—.

Yo no les debo un céntimo, señora, y por eso a mí no me van a sentar en ninguna silla a sacarme recuerdos, porque los recuerdos se los cobran a los que deben.

A mí lo que me van a hacer, si me pillan, es lo que le hicieron a Icía cuando ya no les servía y sabía demasiado, que es meterme en el agua y decir que me caí.

Yo no debo dinero. Yo debo saber. Y saber, con esta gente, se paga más caro que el dinero, porque el dinero lo cobran a plazos y esto lo cobran de una vez.

Y Sabela, que llevaba doce años sentándose delante de gente rota en cocinas y en porches y en salas de espera de hospital, supo que Rebeca tenía razón, que aquella mujer había hecho el mismo cálculo frío que haría semanas después un percebeiro colgado de una roca, la cuenta exacta de lo que valía su vida para la Cofradía, y le ofreció lo único que en aquel momento podía ofrecerle, que era ponerla a salvo, sacarla de aquel pueblo donde cualquiera sabía dónde vivía la madre, llevarla tierra adentro con algún pariente, a Ourense, a Lugo, a donde no llegara el olor del mar, y le dio su palabra de que ella misma se encargaría, pero Rebeca negó con la cabeza despacio, mirando la niebla, y dijo que su madre estaba enferma del corazón y no se movía de aquella casa ni aunque ardiera, que era lo único que le quedaba en el mundo desde que enviudó, y que ella no la iba a dejar sola por salvar el pellejo, y que además, dijo, y lo dijo con una amargura vieja, con esta gente no se esconde una lo suficiente, que Icía se creía a salvo con la persiana bajada y mírala, y que si tenían que venir vendrían, y que ella prefería esperarlos en su casa, al lado de su madre, que huir por una carretera para que la sacaran de un coche en una cuneta, y Sabela no supo qué contestarle, porque en el fondo, y eso no se lo dijo, sabía que Rebeca no estaba equivocada, que la protección que ella podía darle no era protección de verdad sino un teléfono y unas palabras, ya que oficialmente no había ningún delito contra Rebeca Ferreiro, ninguna amenaza escrita, ningún papel con el círculo y las tres rayas, solo el miedo de una mujer que había cerrado su negocio, y con miedo no se abre una vigilancia ni se pone un coche en una puerta.

Así que Sabela apuntó el nombre, la conservera de Punta Seixo, y sintió que por fin el caso tenía un lugar, un sitio físico adonde ir, y le hizo a Rebeca las últimas preguntas que faltaban, con suavidad, si sabía la fecha de la cita de Icía, si había oído nombrar a alguien más, a alguna mujer que trabajara para ellos, y Rebeca dijo que no a todo, que Icía nunca le dio fechas, que solo le dijo lo de la fábrica y lo de arreglar la deuda de otra manera y que se le veía en la cara que iba a un sitio malo, y Sabela le dejó un teléfono, el suyo directo, no el de la comisaría, apuntado a mano en un papel, y le dijo lo que se les dice a los testigos asustados, que tuviera cuidado, que no le abriera la puerta a nadie que no conociera, que no hablara con nadie de esto ni con la vecina ni con el cura, que si veía un coche raro aparcado o a un desconocido preguntando por ella la llamara a la hora que fuese, de día o de noche, que ella cogía el teléfono siempre, y Rebeca cogió el papel y lo dobló y se lo metió en el bolsillo de la rebeca de lana sin mirarlo, y asintió a todo sin creerse nada, con los ojos ya en otra parte, en esa parte adonde se van los ojos de la gente que ha dejado de esperar que la salven y solo aguanta el tipo por no asustar a una madre enferma.

La acompañaron a la puerta, la madre asomó de la cocina con un paño en las manos y no dijo nada, y cuando el coche arrancó y enfiló la carretera de la costa de vuelta a Arnela, Sabela la miró por el retrovisor, pequeña en el porche de aluminio entre la niebla, con el cigarro encendido y la mano levantada en una despedida que no llegó a ser saludo, y tuvo un mal presentimiento que no supo nombrar y que después, cuando fue tarde, se reprocharía no haber sabido nombrar, y durante un buen rato ninguno de los dos habló, hasta que Ferro, con las dos manos en el volante y la vista clavada en el asfalto mojado que la niebla se comía a veinte metros, dijo lo que Sabela estaba pensando y no quería decir en voz alta, que a aquella mujer la habían dejado sola en una casa de piedra al lado del agua con un teléfono en el bolsillo, y que un teléfono, contra la gente que mataba a la Cofradía, no había parado nunca a nadie.

Porque tres días más tarde Rebeca Ferreiro apareció ahogada en la playa del pueblo de su madre, en el arenal aquel que la niebla borraba por las mañanas, boca abajo entre las algas de la bajamar, descalza, con la rebeca de lana empapada y pesada como una losa, y el juzgado de allí, que no sabía nada de Arnela ni de conserveras ni de cofradías ni de una inspectora que había estado sentada en su porche tres días antes, lo cerró en veinticuatro horas como un accidente de bañista fuera de temporada, una mujer con problemas de nervios que sale a pasear de madrugada por la playa y se mete donde no debe, cosas que pasan, la mar es traicionera en invierno, y ni siquiera le hicieron una autopsia como Dios manda, porque para qué, si el cuadro estaba clarísimo, si había hasta una madre enferma del corazón que confirmaba entre lágrimas que su hija llevaba semanas sin dormir y salía a andar a cualquier hora, y a Sabela le llegó el aviso de refilón, por un compañero de la comisaría de la costa que se acordó de que ella había preguntado por aquella mujer, casi por casualidad, con la ligereza del que da una noticia que para él no es nada, «oye, Randín, aquella Ferreiro por la que preguntabas, la ahogada, ya está cerrado, accidente, por si te servía para algo», y cuando Sabela colgó el teléfono se quedó muy quieta en su mesa, con la mano todavía en el auricular, mirando el corcho lleno de fotos, las tres mujeres, Amalia, Icía, Rebeca, tres caras de mujer sonriendo en fotos de antes, y le vino a la cabeza, con una nitidez que le hizo daño, el papelito con su teléfono directo apuntado a mano, doblado dentro del bolsillo de aquella rebeca de lana que ahora estaría colgada de una silla en el depósito de un juzgado de pueblo, chorreando agua de mar, con la tinta de su letra corrida y sin haber servido para nada.