Capítulo 12 #2
Y ahí, al oír el nombre de Vera en aquella boca dulce, salir con la misma naturalidad con que había dicho lo del café con leche, Sabela sintió que se le paraba algo por dentro y se le encendía otra cosa, y tuvo que agarrarse a doce años de interrogatorios para no hacer lo que le pedía el cuerpo, que era saltar por encima del mármol y meterle la cara en el cenicero, porque aquello, decirle a una policía el nombre de la mujer que quiere, así, envuelto en preocupación de vecino, era la amenaza más limpia y más cabrona que le habían hecho nunca, una amenaza que no dejaba huella, que en un juzgado sonaría a que un señor mayor y caritativo se interesaba por la salud de una chica desvalida, y Sabela entendió de golpe, con una claridad de agua fría, por qué aquel hombre llevaba tantos años intocable, pues no amenazaba, se preocupaba, no ahogaba, tenía accidentes cerca, y toda su maldad estaba montada, pieza a pieza, como un mueble de los que vienen con el manual, para que no se le pudiera colgar encima ni una sola palabra que un abogado no pudiera desmontar en dos minutos.
—Le agradezco el interés por mi gente, don Amaro, de verdad —dijo Sabela, y se levantó despacio, sin prisa, abrochándose la gabardina botón a botón para darse el tiempo de que no le temblara la voz, y cuando la tuvo firme se inclinó un poco sobre la mesa, lo justo para devolverle la cercanía que él le había servido—.
Y ya que estamos de cortesías, le voy a devolver una.
Usted es un hombre mayor, con su colonia, su reloj y su caldera del asilo, y a lo mejor tiene razón y la ría es muy resbaladiza y a la gente lista le pasan accidentes tontos.
Puede ser. Pero le digo una cosa desde ya, para que no ande con dudas, y es que si a mi compañero, o a esa chica del barrio alto, o a mí, o al gato de mi vecina, nos pasa cualquier accidente tonto de esos que usted ve venir tan bien, yo no voy a ir a buscar pruebas, don Amaro, que las pruebas son para los juzgados y llevan su tiempo.
Yo voy a ir a buscarlo a usted. A su casa.
Y ahí no habrá ni colonia ni caldera ni abogados que facturen, va a haber usted y yo y lo que a mí me salga de dentro, que le adelanto que no va a ser bonito.
Así que se lo agradezco, el café y la preocupación, pero no me toque a los míos, que es lo único que le pido, y es gratis. Que tenga buen día.
Y se fue, calle abajo bajo la llovizna, sin correr, sin mirar atrás, contando sus propios pasos para no acelerarlos, con la taza de café con leche intacta enfriándose sobre el mármol detrás de ella como una carta que no se piensa contestar, y no soltó el aire que llevaba dentro hasta que dobló la esquina de la calle del Sol y se apoyó un momento en la piedra mojada de un portal, con el corazón golpeándole las costillas y las manos frías, no de miedo, o no solo de miedo, sino de esa rabia limpia que le subía siempre que un poderoso le enseñaba lo poderoso que era, y se quedó ahí un minuto, respirando el olor a mar y a lluvia del casco viejo para quitarse de la nariz el rastro dulzón que se le había pegado a la ropa igual que Ramón Cotelo había dicho que se le pegaba a todo el mundo, y entendió, apoyada en aquel portal, dos cosas a la vez, que era como le pasaban a ella las cosas importantes, siempre dos a la vez, una que ya no le quedaba ninguna duda de que el hombre del café era el de la colonia y el del pulgar en la nuca, que se lo había dicho el cuerpo antes que la cabeza en cuanto le estrechó la mano, y otra que aquella certeza suya no valía absolutamente nada en un juzgado, que podía saberlo con toda el alma y no poder ponerlo en un papel, y que ese hueco, el que hay entre saber una cosa y poder probarla, era justo el hueco caliente y oscuro donde Amaro Quinteiro había hecho su nido durante veinte años.
Aquella noche no le contó a Vera lo del nombre.
Le contó el café, le contó la colonia, le contó la caldera del asilo y la sonrisa de padrino, porque a Vera no le mentía nunca y no iba a empezar entonces, pero lo del accidente tonto y la chica sola del barrio alto se lo guardó, se lo tragó entero como quien se traga un vidrio para que no lo pise otro, y fue la primera cosa que le escondió a Vera desde que se conocían, y lo hizo a sabiendas, porque calculó que Vera, que ya cargaba con el peso de que la hubieran encontrado en tres semanas y de vivir con el nombre en boca de aquella gente después de seis años de persiana bajada, no necesitaba encima saber que el hombre de la colonia lo había pronunciado en una terraza mientras se tomaba un café, y esa noche, abrazada a Vera en la cama del barrio alto, con la respiración de la otra subiéndole y bajándole el brazo, Sabela se prometió a sí misma, en voz muy baja, sin despertarla, que a aquel hombre lo iba a meter en un agujero costara lo que costara, con pruebas o sin ellas, por lo legal o por lo que hiciera falta, y que si algún día tenía que elegir entre la placa y Vera, no iba a haber elección que valiera.
Y a partir de aquella terraza dejó de perseguir a Amaro Quinteiro como se persigue a un sospechoso, con método y con distancia, y empezó a perseguirlo de la otra manera, la mala, la personal, la que doce años de oficio le habían enseñado a no permitirse nunca, y ella lo sabía, y decidió no mirarlo, y lo archivó en la carpeta de las cosas que se harían y no se contarían.
Rebeca Ferreiro había sido la socia de Icía Barreiro en el salón de la calle del Sol, y costó dar con ella porque había cerrado el negocio de un día para otro, sin traspasar ni vender ni avisar a las clientas, había echado la persiana y se había ido a casa de su madre, a un pueblo de la costa a una hora larga de Arnela, uno de esos pueblos de mar que en verano se llenan de veraneantes y en invierno se quedan en cuatro viejos y una niebla que sube de la ría por la mañana y no se va hasta bien entrada la tarde, y Sabela y Ferro tardaron en localizarla porque no daba señales de vida, tenía el móvil apagado y no figuraba en ningún sitio, hasta que Ferro tiró de su cuñado el de la lonja y alguien conocía a alguien que sabía dónde vivía la madre, y así fue como una mañana de niebla que no levantaba enfilaron una carretera pegada al agua, con los limpiaparabrisas puestos no por la lluvia sino por esa humedad de la costa que lo empaña todo, y aparcaron delante de una casa baja de piedra con un porche cerrado de aluminio y unas hortensias mustias en macetas de plástico, y olía, cuando bajaron del coche, a marea baja, a algas secándose en el arenal de enfrente y a humo de leña de una chimenea encendida en pleno día, un olor de pueblo de invierno que a Sabela, que era de ciudad, siempre le había parecido a la vez acogedor y triste, el olor de la gente que no tiene adónde ir y se queda al calor de la lumbre esperando que pase el tiempo.
Les abrió la madre, una mujer menuda y encorvada con una bata de guata y unas zapatillas de cuadros, que en cuanto vio las placas se llevó la mano al pecho y se quedó blanca, y no dijo nada, solo se apartó de la puerta y señaló con la barbilla hacia el porche, hacia una silueta que fumaba sentada en una silla de plástico mirando la niebla del arenal, como si aquella mujer llevara semanas temiendo aquella visita y ya no le quedaran fuerzas ni para preguntar, y Sabela le dijo con suavidad que no venían a traer malas noticias, que solo querían hablar con Rebeca, y la madre asintió sin creérselo, igual que asienten los que ya han recibido demasiadas malas noticias en la vida como para fiarse de una buena, y se metió para dentro arrastrando las zapatillas y los dejó pasar al porche, donde Rebeca Ferreiro, hecha un manojo de nervios, con un cenicero lleno hasta arriba en el regazo y las manos temblándole tanto que le costaba dar la calada, levantó la vista, y le bastó ver las placas para echarse a llorar, con ese llanto seco y sin aspavientos de quien lleva semanas esperando que llamen a la puerta y por fin han llamado.
—Ya sabía yo que ibais a venir —dijo Rebeca, secándose la cara con el dorso de la mano que sujetaba el cigarro, y le tembló la brasa muy cerca del pelo—.
Todas las noches me lo digo, esta noche vienen, y no sé si me da más miedo que vengáis vosotros o que vengan ellos.
—Miró a Ferro, que se había quedado de pie apoyado en la barandilla de aluminio, con esa discreción que ponía cuando entendía que la cosa era de mujeres y de miedo y que él sobraba un poco, y luego volvió a mirar a Sabela, que se había sentado en el escalón del porche a su altura, sin invadirla, como se hace con un animal asustado—.
Yo cerré el salón y me vine aquí con mi madre porque un día, a la semana de sacar a Icía del puerto, entró un hombre en la calle del Sol, se plantó delante del cierre bajado, se quedó un rato ahí quieto mirando el rótulo, y se fue.
No entró en ninguna tienda, no preguntó nada.
Solo miró mi salón cerrado y se fue. Y yo lo vi desde la acera de enfrente, y esa noche hice las maletas.
Porque una no cierra un negocio de doce años por un susto de nada, señora.
Una lo cierra cuando entiende que sabe algo que no tenía que saber.
Y ahí, en el porche cerrado de aquella casa de pueblo, con la niebla borrando el arenal al otro lado del cristal y la madre trasteando cacharros en la cocina para tener las manos ocupadas, Rebeca le contó a Sabela lo que sabía, que era mucho y era poco a la vez, mucho para el corazón y poco para un juzgado, y Sabela la dejó hablar sin interrumpirla, tomando notas mentales más que en la libreta, porque había aprendido hacía años que a los testigos de verdad, a los que hablan desde el miedo y no desde la vanidad, se les seca la fuente en cuanto sacas el bolígrafo y les recuerdas que aquello va a un papel.