Capítulo 12
Amaro Quinteiro no esperó a que Sabela fuera a buscarlo, que ésa era la clase de hombre que era, uno que prefería elegir él el terreno, la hora y hasta la silla antes de que se los eligieran, y por eso, dos días después de que Vilas la sentara en la butaca incómoda de las malas noticias y le hablara de las dos llamadas y del runrún, Sabela salió de los juzgados viejos con una negativa más en la carpeta, un dolor sordo entre las cejas y un humor de perros, y se encontró, en la acera de enfrente, bajo el toldo verde de la cafetería del Casino, la de mármol viejo y camareros de chaquetilla donde desayunaban los abogados, los procuradores y la gente de bien de Arnela, a un hombre de abrigo bueno sentado solo en una mesa de la terraza que la miraba venir como quien lleva un rato esperando un autobús que sabe que va a pasar, sin impaciencia ninguna, y que al cruzarse las dos miradas levantó dos dedos de la mano con la cordialidad de un anfitrión, sin llamarla, sin gestos de más, seguro de que ella iba a cruzar la calle, y Sabela, que reconoció la cara de las fotos del Ayuntamiento antes de reconocer el peligro, cruzó la calle bajo la llovizna fina que no mojaba pero calaba, no porque él la reclamara, sino porque llevaba semanas queriendo verle la cara de cerca y aquel hombre acababa de ahorrarle la mitad del trabajo.
—Inspectora Randín —dijo Amaro Quinteiro, y se levantó a medias de la silla con una educación de otro siglo, y le tendió la mano, una mano blanda y cuidada, de uñas limpias y palma seca, y cuando Sabela se la estrechó por no dar el espectáculo de no estrechársela le subió por el brazo, de golpe, hasta la garganta, la colonia, dulce, empalagosa, de caramelo caro, la misma que Vera había olido en los últimos minutos de Icía Barreiro con una voz que no era la suya, la misma que Ramón Cotelo le había descrito en el muelle diciendo que se le quedaba a uno en la ropa, y a Sabela se le puso el estómago del revés no de sorpresa, que ya lo esperaba, sino de la cosa animal de tener por fin delante, con un traje de buen paño y una sonrisa de padrino de boda, el olor que hasta entonces solo había vivido de segunda mano, en la boca de una muerta y en el recuerdo de un viudo, y le costó todo lo que sabía de aguantar la cara no soltar la mano demasiado deprisa.
—Le he pedido un café con leche de vaso, que dicen que es como lo toma usted —dijo Quinteiro, señalando con la barbilla la taza humeante que había frente a la silla vacía, y lo dijo con una naturalidad que a Sabela le heló más que una amenaza, porque un hombre que sabe cómo toma una el café es un hombre que ha preguntado, y que quiere que ella sepa que ha preguntado—.
Siéntese un momento, mujer, que la lluvia esta cala hasta los huesos y usted lleva cara de llevar dos semanas sin sentarse.
No la voy a entretener. Es una cortesía entre vecinos, nada más.
Y Sabela se sentó, no porque le apeteciera el café ni la compañía, sino porque llevaba doce años sacándole la verdad a la gente al otro lado de una mesa y sabía que a un hombre no se le lee de pie ni de espaldas, se le lee sentada delante, mirándole las manos, y las manos de Amaro Quinteiro, mientras hablaba, estaban quietas sobre el mármol, una sobre otra, con un reloj de los caros asomando bajo el puño de la camisa, unas manos que no parecían las de un hombre que ahogaba mujeres en el puerto sujetándoles la nuca con el pulgar, y ése, pensó Sabela mirándolas, era exactamente el problema, que no lo parecían, que aquellas manos habrían pasado cualquier control, cualquier rueda de reconocimiento, cualquier cena del alcalde, y que el horror de verdad no era un monstruo con cara de monstruo sino un señor amable con las uñas limpias pidiéndote el café como te gusta.
—Usted dirá qué cortesía es ésta —dijo Sabela, sin tocar la taza, apoyando las dos manos en el regazo para no darle el gusto de verla beber lo que él había pedido—.
Que yo a las cortesías de gente que no conozco de nada les tengo el mismo respeto que a los regalos que llegan sin remite, don Amaro.
Se agradecen y se abren con cuidado, no vaya a haber dentro algo que muerda.
Quinteiro se rió, una risa corta, cómoda, de hombre al que las cosas le hacen gracia de verdad, y se echó atrás en la silla, y sacó del bolsillo interior un paquete de tabaco y un mechero pesado, y le ofreció a Sabela con el paquete abierto antes de encenderse uno él, y cuando ella negó con la cabeza encendió el suyo, despacio, protegiendo la llama del aire de la ría con la mano ahuecada, y echó el humo hacia un lado, hacia la calle, con la educación de los que fuman desde antes de que fumar estuviera mal visto.
—Mire, Randín, se lo voy a decir claro, que a mi edad ya no está uno para paños calientes —dijo Quinteiro, mirándola a través del humo con unos ojos pequeños, azules, aguados, unos ojos de abuelo bondadoso que a Sabela le dieron más frío que cualquier mirada dura que le hubieran echado en un calabozo—.
Yo soy un empresario de esta ciudad. Un hombre mayor con una financiera pequeña y honrada que le presta cuatro cuartos a la gente a la que los bancos no le abren la puerta, que en esta ría es casi todo el mundo, y le puedo asegurar que duermo del tirón.
Ayudo a la parroquia, pago la mitad del club de remo, saqué de mi bolsillo la caldera nueva del asilo el invierno pasado, y me da igual que usted me crea o no me crea, porque no vengo a que me crea, vengo a decirle una cosa de vecino a vecina.
Y es que me está llegando, por aquí y por allá, que una inspectora joven, con una carrera por delante y una reputación de las buenas, anda mezclando mi nombre, el mío, con no sé qué historia de ahogadas y de deudas y de brujerías de esas de tocar cadáveres.
Y eso, Randín, a un hombre de mi edad y de mi posición, le hace un daño que no se arregla.
Aunque no sea verdad. Sobre todo si no es verdad.
—Yo no mezclo nombres, don Amaro, yo sigo hilos —dijo Sabela, y le sostuvo la mirada aguada sin pestañear, que era otra cosa que sabía hacer desde niña—.
Y si un hilo me lleva a una financiera, tiro del hilo, no del hombre.
Que el hilo lo lleve a usted no es cosa mía, es cosa del hilo.
Yo con las brujerías, como usted las llama, no tengo nada, faltaría más.
Yo tengo dos mujeres muertas con la misma marca en la nuca, y una tercera, y un forense de cuarenta años de oficio que me firma que a las tres les puso el pulgar la misma mano.
Eso no lo dice ninguna vidente, don Amaro.
Eso lo dice la ciencia, que es muy aburrida y muy testaruda y no cobra colonia.
Algo se movió detrás de los ojos aguados de Quinteiro, un cálculo rápido, un reajuste, la sombra de otro hombre asomándose un segundo por debajo del abuelo bondadoso y volviéndose a esconder, y Sabela lo cazó al vuelo, ese medio segundo, y lo archivó, porque era lo único de verdad que le había sacado en toda la conversación y valía más que todas las palabras amables, ya que un inocente ante una acusación se enfada o se ofende o se ríe, pero no calcula, y aquel hombre, durante medio segundo, había calculado como quien mira las salidas de una habitación antes de decidir por cuál se va.
—Es usted lista, se le nota —dijo Quinteiro al fin, y lo dijo casi con cariño, con el tono con que un profesor viejo elogia a la alumna que le va a dar disgustos—.
Y por eso me da pena, mire, se lo digo de corazón.
Porque la gente lista es la que peor acaba en estas cosas, ya que se creen que por ser listas van a poder con todo, y no.
—Le dio una calada larga al cigarro, y volvió a echar el humo hacia la calle, y bajó un poco la voz, no para amenazar, o no de una manera que se pudiera repetir delante de un juez, sino para meterse un palmo más adentro—.
Yo he visto a gente muy lista de esta ciudad estrellarse contra cosas que no veían, Randín.
Contra un embargo que les cae de la nada.
Contra un expediente que se abre en el momento justo.
Contra un accidente tonto, un resbalón en el muelle, un coche que patina en una curva de la general con la lluvia.
Cosas de la vida, que la vida es muy larga y muy resbaladiza.
Y me daría muchísima pena que a una inspectora con tanto porvenir le pasara una cosa de ésas por andar removiendo el fango de una ría que lleva cien años tragándose lo que le echan sin que nadie pregunte de más.
Pero más pena todavía me daría —y aquí hizo una pausa, y apagó el cigarro en el cenicero de latón girándolo despacio, aplastándolo hasta el filtro, sin dejar de mirarla— que le pasara algo a alguien a quien usted quisiera.
A un compañero, pongo por caso, que el oficio de ustedes es de los peligrosos y una nunca sabe por dónde le va a venir el disgusto, un mal día, una mala noche.
O a esa señorita del barrio alto, la que dicen que le lee los muertos.
Vera, ¿verdad que se llama? Vera. Una chica sola, viviendo sola, con esa avería que tiene, que la vida ya la ha tratado bastante mal a la pobre.
Sería una lástima que por meterse donde no la llaman le trajera a esa criatura una desgracia. Con lo poco que le queda ya por perder.