La ultima memoria Capítulo 11 #4
26%

Capítulo 11 #4

—A esta la hemos sacado —dijo Vera al fin, ya sentada en el coche, con la frente pegada al cristal empañado y la ciudad mojada resbalándole por la cara del reflejo, y no lo dijo con alegría, lo dijo con una gravedad rara, como quien salda una cuenta muy vieja—.

Hasta hoy hemos llegado tarde a todas, Sabela, a Icía, a Amalia, siempre detrás, siempre oliendo el sitio cuando ya se habían llevado a la persona, y a esta la hemos sacado antes.

—Se quedó un momento callada, y luego dijo, más bajo, la cosa que llevaba toda la noche debajo de todo lo demás—.

Ojalá alguien hubiera hecho esto por mí.

Plantarse en mi puerta y decir «esta se ha quedado sin cita».

Nada más que eso. Pues ya que a mí no me tocó, por lo menos que me toque hacerlo yo, mira. Algo es algo.

Y Sabela no le contestó con palabras, porque había aprendido que a aquella mujer no se la consolaba de frente, solo le buscó la mano de dedos finos por encima del cambio de marchas y se la apretó, y arrancó, y condujo cuesta arriba hacia el barrio alto con una cosa nueva calentándole el pecho en mitad de todo el frío de aquel caso, la primera victoria pequeña de toda la historia, un solo nombre en la columna de los que sí, la viuda de una taberna a la que no iban a enterrar a su marido por segunda vez, y pensó, mirando de reojo a Vera callada contra el cristal, que a lo mejor era eso lo que hacía falta para no volverse loca en aquel oficio de contar agujeros con forma de persona, guardarse los pocos que una tapaba a tiempo y sacarlos a mirar en las noches malas, como quien guarda una foto en la cartera, para acordarse de por qué seguía metiendo la mano en el agua fría.

El problema no era la vigilancia, el problema estaba dos pisos por encima de ella, en el despacho del comisario Vilas, que la llamó pocos días después y la hizo sentarse en la silla incómoda de las malas noticias, y Vilas, que era un hombre correcto y cansado al que le quedaban dos años para la jubilación y ni una sola gana de complicaciones, la miró por encima de las gafas con la expresión de quien va a pedir algo que sabe que está mal pedir.

—Randín, lo de las ahogadas —dijo Vilas, y dio unos golpecitos con el bolígrafo en la mesa—.

He recibido dos llamadas esta semana. Una del gabinete del alcalde y otra de un despacho de abogados que factura más en un mes que esta comisaría en un año.

Amaro Quinteiro es un empresario con amigos, ha dado dinero para el asilo, para el club de remo, para lo que le eches, y le está llegando el runrún de que una inspectora anda haciéndole preguntas y sacando a una vidente de esas a pasear muertos con su nombre de por medio.

—Dejó el bolígrafo—. No te digo que lo cierres.

Te digo que lo lleves con pies de plomo, con pruebas de las de verdad, no con lo que diga una mujer tocando cadáveres, porque como esto salte a los periódicos y no lo tengamos atado de pies y manos, el que va a aparecer ahogado profesionalmente vas a ser tú, Randín. Y de rebote, yo.

Sabela salió de aquel despacho con la mandíbula apretada y una rabia fría que conocía bien, y en vez de irse a casa condujo hasta el barrio alto, hasta el piso de Vera, porque había descubierto en aquellas semanas que Vera se había convertido, sin que ninguna de las dos lo decidiera, en el sitio adonde iba a dejar la rabia, y esa constatación, la de tener por fin un sitio donde dejarla, la conmovía y la asustaba a la vez.

—Me quieren fuera del caso sin echarme del caso —dijo Sabela nada más entrar, tirando el abrigo en el sillón—. Quinteiro ha movido a los de arriba. Y de ti han hablado por tu nombre, Vera. Alguien de dentro le ha dicho a Quinteiro que la lectora que anda leyendo a sus muertas eres tú.

Vera, que estaba en la cocina con un cuchillo y media cebolla, se quedó quieta, y dejó el cuchillo en la tabla con mucho cuidado, y cuando se giró tenía la cara pálida y una sonrisa amarga que no le llegaba a los ojos.

—Pues ya está —dijo Vera—. Ya me han encontrado.

Seis años, Sabela. Seis años sin dar el nombre a nadie, sin salir en un periódico, sin firmar un solo informe, y me bastan tres semanas contigo para que sepan dónde vivo.

—No lo dijo con reproche, lo dijo con un cansancio de siglos, y se apoyó en la encimera y cerró los ojos—.

No te culpo. Yo dije que sí. Sabía lo que hacía.

Pero ahora esta gente sabe mi cara, y esta gente, cuando sabe tu cara, no te olvida. Es lo único que no olvidan.

Sabela cruzó la cocina y la abrazó por detrás, pegándose a su espalda, con la barbilla en su hombro, y se quedaron así un rato largo, mirando las dos por la ventana el puerto encendido allá abajo, y Sabela le dijo al oído lo único que se le ocurrió que era verdad.

—No te van a tocar —dijo Sabela—. Antes tienen que pasar por mí, y yo llevo pistola y muy mala hostia.

—Y Vera se rió bajito, una risa triste, y se giró entre sus brazos y le buscó la boca, y aquella noche se quisieron con una urgencia distinta, con esa avidez que tiene el miedo cuando busca dónde agarrarse, y no hubo nada delicado en cómo Vera la empujó contra la pared del pasillo y le metió la mano por dentro del pantalón sin desabrochárselo del todo, ni en cómo Sabela le mordió el hombro para no gritar cuando Vera la hizo correrse allí de pie, con la ropa a medio quitar y el corazón desbocado, ni en cómo después, ya en la cama, fue Sabela la que le separó los muslos a Vera y aprendió por fin, con la boca y con los dedos, a hacerle a otra mujer lo que le habían enseñado a sentir, torpe al principio y luego menos, guiada por los gemidos de Vera, por la manera en que le apretaba la cabeza con los muslos y le decía «ahí, ahí, no pares», hasta que Vera se arqueó entera y se quedó temblando, agarrada al pelo de Sabela, repitiendo su nombre como quien se sujeta a algo firme en mitad de una caída.

Fue, las dos lo supieron sin decirlo, la primera vez que follaron con miedo, y el miedo, lejos de enfriarlo, lo volvió todo más hondo, porque cuando de verdad puedes perder a alguien es cuando de verdad empiezas a tocarlo.