Capítulo 11 #3
Bajaron al casco viejo cuando ya era noche cerrada, con la lluvia por fin descolgada del cielo que llevaba todo el día amenazándola, no la lluvia fina de flotar sino un chaparrón derecho que repicaba en la uralita de los tejados y bajaba a chorros por las calles empedradas en cuesta, y dejaron el coche arriba, junto a la iglesia, y bajaron a pie por las callejas de siempre, las de los soportales de piedra negra y los balcones de madera comidos de sal, con el olor a mar entrándoles por todas partes, a sardina asada de alguna cena tardía, a leña mojada, a orín de los quicios donde meaban los borrachos, ese olor a casco viejo de puerto que es el mismo desde hace cuatrocientos años y que a Vera, que pensaba con los pies, parecía calmarla en vez de ponerla nerviosa, y Sabela iba delante con la mano cerca de la pistola sin sacarla, contando portales, y Ferro cerraba por detrás con las manos en los bolsillos del chaquetón y los ojos yendo de balcón en balcón, y así llegaron a la placiña donde la taberna del Cuco tenía su farol apagado y su puerta cerrada demasiado temprano para un jueves, con una raya de luz amarilla escapándose por debajo que delataba que dentro había alguien despierto y con miedo.
Y no fueron los primeros en llegar. Aparcados en la esquina, medio metidos bajo un soportal para guarecerse del agua, había dos hombres, uno alto y trajeado con una carpeta bajo el brazo, de esos que parecen ir a cobrar un recibo y no a robarte la vida, y otro más bajo y más ancho, callado, con las manos cruzadas por delante en esa quietud de perro que espera la orden, y a Sabela, que todavía no había visto de cerca a la gente de la nave y no reconoció a ninguno de los dos, le bastó verlos plantados bajo el soportal mirando la puerta de la taberna para saber quiénes eran, pues los hombres que esperan así, sin fumar, sin hablar, sin mirar el móvil, sin ninguna de las cosas que hace la gente que espera de verdad, solo esperan de una manera, y es la de los que han venido a hacer algo que no quieren que se vea.
Sabela no sacó la placa a lo lejos ni gritó el alto de las películas, porque a aquella clase de hombre no se le asusta con el ruido sino con la certeza de que lo han visto, así que hizo lo contrario de lo que apetecía, cruzó la placiña despacio, bajo la lluvia, sin prisa ninguna, con Ferro abriéndose un par de pasos a su derecha para cubrir el ángulo y Vera quedándose atrás pegada a la pared como le había mandado, y se plantó delante de los dos hombres a metro y medio, lo bastante cerca para verles la cara y que ellos le vieran la suya, y les dio las buenas noches con toda la calma del mundo, y les dijo que era la inspectora Randín, de homicidios, y que qué casualidad encontrárselos allí, tan pendientes de la taberna de la señora Amparo justo la noche que a la señora Amparo la habían citado para arreglar un asunto.
—Nosotros no esperamos a nadie, agente —dijo el trajeado, y le salió la voz demasiado lisa, demasiado ensayada, la voz del que tiene por oficio no decir nada comprometido—. Nos guarecíamos de la lluvia, que ha caído de golpe. Ahora mismo nos íbamos.
—Pues váyanse, hombre, no vaya a ser que cojan frío —dijo Sabela, sin moverse ni un centímetro, con esa suavidad suya de interrogatorio que era más fría que cualquier grito—.
Pero antes miren bien mi cara, los dos, y llévensela puesta, y díganle a quien les manda, al del apretón blando y la colonia dulce, que esta taberna la miro yo a partir de esta noche, y que la señora Amparo se ha quedado sin cita, que le ha surgido un compromiso con la policía.
Y díganle otra cosa de mi parte, ya puestos.
Díganle que a la del embalse y a la del vestido verde llegué tarde, pero que a esta he llegado a tiempo, y que pienso hacer costumbre. Andando.
Hubo un segundo largo, de esos en que el agua repicando en las piedras se oye más que nada, en que el trajeado calculó, y calculó bien, porque aquella gente cobraba en la invisibilidad y una inspectora plantada en la placiña con un subinspector cubriendo el flanco era exactamente el testigo que no podían permitirse, así que el trajeado hizo un gesto mínimo con la barbilla al callado, y los dos se separaron de la pared sin prisa, con una dignidad de gestores ofendidos que a Sabela le dieron ganas de partirles la cara solo por lo bien que fingían, y se fueron placiña arriba bajo el chaparrón, sin correr, sin mirar atrás, disolviéndose en la lluvia y en la oscuridad de las calles empinadas con la misma calma con la que habían esperado, y solo cuando el ruido de sus pasos se perdió del todo por encima del repique del agua se permitió Sabela soltar el aire que llevaba aguantando, y oyó a su espalda a Ferro murmurar un «hijo de puta, qué educados son los cabrones» que le devolvió, por fin, un poco de la guasa perdida.
Llamaron a la puerta de la taberna, y les costó que abriera, porque Amparo Seoane, viuda del Pousa, llevaba una semana sin abrirle a nadie después de la última luz, y solo cuando Ferro pegó la boca a la rendija y dijo su nombre y el de su cuñado el pescador, que era de fiar en el barrio desde hacía tres generaciones, se oyó descorrer un cerrojo y luego otro y luego la barra de madera que la mujer echaba por las noches, y la puerta se abrió lo justo para dejar ver a una mujer de cincuenta y muchos, chaparra y fuerte de brazos de toda una vida escanciando y fregando, con el pelo gris recogido en un moño deshecho y una rebeca abrochada mal, y unos ojos que habían llorado tanto aquella semana que ya no les quedaba más que un cansancio seco, y cuando Sabela le dijo, desde el umbral, bajo la lluvia, que ya se habían ido, que esa noche no venía nadie a arreglarle nada, la mujer se llevó la mano a la boca y se echó a temblar de una manera que no era llanto, era otra cosa, era el cuerpo soltando de golpe una semana entera de esperar sentada la desgracia, y las dejó pasar, y les puso sin preguntar tres orujos en la barra de zinc gastada, porque una tabernera vieja no sabe recibir de otra manera, y ella se sirvió el cuarto y se lo bebió de un trago, y les contó lo suyo entre la barra manchada y las sillas puestas del revés sobre las mesas, con el olor a vino derramado de treinta años metido en la madera y una foto del Pousa detrás de las botellas, un hombre gordo y colorado riéndose con un delantal, presidiendo todavía su taberna desde el más allá.
—Yo sabía que ese dinero traía cola, no soy tonta —dijo Amparo Seoane, con las dos manos alrededor del vaso vacío—.
Pero mi hombre estaba de cuerpo presente en la trasera, ahí mismo, detrás de esa cortina, y yo no tenía con qué enterrarlo, y una no piensa cuando tiene al marido muerto esperando caja.
Fui, firmé, lo enterré con su misa y su coche negro y sus flores, como se merecía después de cuarenta años, y a las tres semanas empezó el papelito por debajo de la puerta.
—Miró la foto de detrás de las botellas, y le tembló la barbilla—.
Y lo que más rabia me da, miren ustedes, no es que me quieran quitar la taberna ni el dinero, que se lo lleven, total.
Es lo que dicen que me van a quitar. Que a mí me lo explicó una vecina que le pasó al cuñado, que no te sacan la deuda, te sacan un recuerdo, y a mí lo único que me queda del Pousa son los recuerdos, porque ni hijos tuvimos, así que lo que esa gente me venía a cobrar esta noche era a mi marido, otra vez, cuando ya me lo había quitado el ictus.
Enterrarlo dos veces, eso es lo que me venían a hacer.
Y ustedes lo han parado. —Y levantó la vista hacia Sabela, y hacia Vera, que se había quedado apoyada en la jamba de la trasera sin decir nada, muy pálida, mirando la cortina detrás de la cual había estado el muerto, y Amparo, que era vieja y había servido a mucha gente y sabía leer una cara desde el otro lado de una barra, le sostuvo la mirada a Vera un momento antes de seguir hablando.
Y Vera, que en toda la noche apenas había abierto la boca, se acercó por fin a la barra, y no le hizo a la mujer ninguna de las preguntas de policía que habría hecho Sabela, sino que le puso la mano encima de las suyas, las dos agrietadas de sosa y de años, y le dijo, con esa honestidad seca que le salía cuando algo la tocaba de verdad, que se fuera de Arnela unos días, o unas semanas, o lo que hiciera falta, con alguna hija de las que no tenía o alguna hermana o quien fuera, lejos, y que cerrara la taberna y no dijera a nadie adónde iba, porque esa gente no olvidaba una cara ni una deuda y volvería, no esa noche, pero volvería, y que ella lo sabía muy bien porque llevaba seis años haciendo exactamente eso, esconderse, y que era una mierda de vida pero era vida, y que un recuerdo del marido guardado en una cabeza que se esconde valía más que ninguna dignidad de plantarse, y Amparo la escuchó y asintió despacio, y dijo que tenía una sobrina en Lugo, tierra adentro, lejos del mar, y que igual era hora de conocer la sobrina, y Sabela, que las oía a las dos apoyada en la barra, entendió sin que se lo dijeran que Vera acababa de darle a aquella mujer el único consejo que nadie le había dado a ella a tiempo, y que en el fondo no estaba salvando solo a la viuda del Pousa, se estaba yendo a buscar, seis años tarde, a la Vera aterrada de la persiana bajada a la que no fue nadie.
Le dejaron un teléfono, el de Ferro y el de Sabela, y le hicieron prometer que llamaría si veía una sombra rara, y salieron de la taberna del Cuco ya de madrugada, con el chaparrón amainado en sirimiri y las calles del casco viejo brillando de agua bajo las pocas farolas, y subieron los tres en silencio hacia la iglesia y el coche, con esa clase de silencio que no es de cansancio sino de decencia, el que se guarda cuando por una vez, una sola en todo aquel caso de agua fría y colonia dulce, se había llegado a tiempo.