Capítulo 11 #2
Sabela le preguntó, con todo el cuidado del mundo, si sería capaz de reconocer el sitio adonde lo llevaron, o a la chica, o al hombre de la colonia, y Ramón negó despacio con la cabeza, y le explicó que del sitio no recordaba nada porque lo durmieron en el propio taller y allí mismo despertó, que a él no lo movieron, que fueron ellos los que trajeron a la chica a su casa como quien trae al fontanero, y que del hombre amable se acordaba de la colonia y del apretón blando y poco más, una cara de las que se olvidan a propósito, de vecino de bien, de esos que dan la mano al alcalde en las fotos del periódico, y Sabela archivó también aquello, porque encajaba pieza por pieza con el retrato que ya llevaba dentro, y solo de la chica que lloraba pudo Ramón dar una seña, y la dio con una lástima que a Sabela se le quedó clavada, que la pobre no estaba allí de su gusto, dijo, que la traían y se la llevaban como a una herramienta, que él, en mitad de su propia desgracia, había tenido tiempo de pensar que aquella cría era otra víctima más de aquella gente, solo que a ella la usaban en vez de vaciarla, y que ojalá alguien la sacara de allí, porque tenía cara de llevar mucho tiempo pidiendo perdón por cosas que no eran culpa suya.
—Voy a sacarla —dijo Sabela, y lo dijo antes de calcular si podía prometerlo, que era justo lo que llevaba semanas sin permitirse hacer, prometer, y Ferro la miró desde sus dos pasos atrás con una ceja levantada, pero no dijo nada, porque él también lo estaba pensando—.
Y voy a por el hombre de la colonia, Ramón.
No le puedo devolver a su mujer, eso no vuelve, ya me lo han dicho gente que sabe.
Pero le juro que ese hombre no va a poder quitarle a nadie más lo que le quitó a usted.
Ramón Cotelo la miró por primera vez de frente, con unos ojos claros y cansados de mirar el mar, y asintió una sola vez, despacio, como quien cierra un trato sin necesidad de darse la mano, y volvió a girarse hacia el puerto, hacia los barcos que ya no reconocía, y les dijo, sin mirarlos, que se anduvieran con ojo, que aquella gente no dejaba cabos, que él estaba vivo de milagro y solo porque un hombre sin memoria del cariño de su mujer ya está bastante muerto para lo que a ellos les preocupaba, y Sabela y Ferro lo dejaron allí, en su noray, con su foto en el pecho y su duelo robado, y subieron por la rampa resbaladiza del muelle sin hablar, con la llovizna arreciando y el olor a sal pegado a la garganta, hasta que fue Ferro el que rompió el silencio ya en el coche, con la voz distinta, sin una gota de guasa.
—A mi cuñada, Randín —dijo Ferro, mirando el limpiaparabrisas ir y venir—, le pasó parecido, pero al menos ella no se acuerda de lo que perdió.
Este cabrón se acuerda de que quiso a su mujer y no puede sentirlo.
No sé cuál de las dos cosas es peor. —Arrancó el coche—.
Pero sí sé una cosa, y es que ese tío de la colonia se tiene que morir en la cárcel, y como haga falta que pisemos alguna raya para meterlo, yo la piso contigo, que a mí las medallas ya te dije que me las paso por el forro.
Y Sabela no le contestó, porque no hacía falta, se quedó mirando por la ventanilla el muelle alejándose bajo la lluvia con la figura ancha de Ramón Cotelo cada vez más pequeña en el noray, y pensó, con esa rabia fría que era su mejor gasolina, que había empezado aquel caso creyendo que perseguía a un usurero que ahogaba a quien no le pagaba, y que cada día que pasaba entendía mejor que lo del puerto, los cadáveres, el vestido verde, era solo la parte que salía en el periódico, la punta limpia de una costumbre mucho más sucia y mucho más callada, la de una ciudad entera salpicada de gente viva a la que le habían sacado un cacho por dentro y seguía andando por los muelles y sentándose en los salones y comprando el periódico como si tal cosa, agujeros con forma de persona, y que aquello, más que un caso de homicidios, empezaba a parecerse a una epidemia que solo ella y una lectora de mal genio parecían dispuestas a mirar de frente.
Fue Ferro el que trajo el hilo siguiente, y lo trajo un par de días después, un miércoles de esos en que el puerto amanece con la ría hecha una plancha de plomo y el aire huele a rede podrida y a marea baja, esa peste dulzona de fango y de bicho muerto que en Arnela avisa de que va a llover antes de que se nuble, y Ferro entró en la sala de la comisaría con un vaso de café de máquina en cada mano y la cara del que ha estado escuchando en las barras que hay que escuchar, le dejó uno a Sabela encima del atestado y se sentó al borde de la mesa con la confianza de siempre, pero sin guasa, que ya era la segunda vez en aquel caso que a Ferro se le apagaba la guasa y a Sabela empezaba a asustarle que le pasara tan a menudo.
Había estado tomando el vino con su cuñado el pescador, dijo Ferro, y su cuñado, que tenía la lonja por segunda casa, le había soltado sin darle importancia que a la Amparo de la taberna del Cuco, la viuda del Pousa, le habían metido el papelito por debajo de la puerta, el del círculo con las tres rayas, y que la pobre mujer andaba desde hacía una semana sin dormir, cerrando el garito temprano y mirando la calle por la rendija de la persiana como quien espera una desgracia con hora, y que se decía por el muelle, bajando la voz, que esa misma noche o la de mañana la habían citado para arreglar lo suyo, y Ferro, que conocía a media ciudad de padre y de abuelo, sabía perfectamente lo que significaba en aquel caso la palabra arreglar, así que había ido a la lonja de madrugada solo para confirmarlo, y lo había confirmado, y por eso traía la cara que traía.
—La Amparo pidió el dinero para enterrar al marido —dijo Ferro, girando el vaso entre las manos sin bebérselo—.
El Pousa se murió el año pasado de un ictus en la propia barra, delante de los parroquianos, y dejó a la mujer con la taberna, cuatro deudas y un entierro por pagar, y el banco, ya sabes, para un entierro no te da ni la hora, así que fue a la financiera del ensanche, que allí prestan hasta para morirse, y pidió tres mil euros para caja, coche fúnebre y misa, y firmó lo que le pusieron delante sin leerlo, porque una viuda con el marido de cuerpo presente firma lo que sea con tal de enterrarlo con dignidad.
—Dejó el café por fin, sin haberle dado un trago—.
Total, Randín, que a esa mujer la van a vaciar por haber querido enterrar a su hombre como Dios manda, y el único recuerdo que le queda del Pousa, treinta años de barra juntos, se lo van a sacar con pinzas para saldarle tres mil euros que ya pagó una vez con el orgullo.
Y si no hacemos nada, esta va a ser la primera que perdemos sabiendo la fecha de antemano.
Y ahí estaba lo que a Sabela le puso el estómago del revés, porque una cosa era llegar tarde a Icía flotando en el puerto o a Ramón sentado en su noray con el duelo ya robado, llegar tarde a lo que ya no tenía arreglo, y otra muy distinta era saber la noche, la calle y el nombre y quedarse en casa, ya que lo primero era la desgracia de siempre, la que se investiga con termo y con guantes, y lo segundo habría sido complicidad, así que Sabela no lo pensó demasiado, dio un trago corto al café malo y dijo que se acababa lo de mirar los muertos por el retrovisor, que esa noche iban a la taberna del Cuco a ponerse por delante del papelito, y Ferro, que se lo veía venir desde que había cruzado la puerta, ya asentía antes de que ella terminara la frase, pero cuando Sabela dijo que pasaba a buscar a Vera de camino, Ferro levantó una ceja y dejó la ceja levantada el tiempo justo para que se le entendiera la objeción sin tener que soltarla, aunque al final la soltó igual, que para eso era Ferro, y le dijo que meter a la lectora en una taberna donde iban a plantarse los cobradores de Quinteiro era como llevar la carnaza a la pesca, que si esa gente le veía la cara a Vera de cerca ya no había vuelta atrás.
Y tenía razón, y Sabela lo sabía, pero cuando se lo planteó a Vera esa tarde en el barrio alto, con la excusa medio hecha de dejarla al margen por su bien, Vera la cortó antes de que la excusa cuajara, se puso la gabardina gris de golpe, con esa rabia seca suya que no levantaba la voz pero no admitía discusión, y le dijo la cosa que a Sabela le cerró la boca para el resto de la noche.
—A mí no vino nadie, Sabela —dijo Vera, abrochándose el cinturón de la gabardina con dos tirones—.
Seis años escondida en un piso con la persiana bajada, mirando la calle igual que la estará mirando ahora esa mujer, esperando a que subieran a por mí, y no vino nadie, ni un poli, ni una vecina, nadie, porque a las que somos como yo se nos deja solas, que ya se sabe que traemos mala suerte.
Así que a esta sí voy. Voy yo, que sé exactamente el frío que tiene en el estómago mientras espera.
Y no me lo discutas con lo del peligro, que llevo toda la vida siendo el peligro y ya me aburre. Vamos.