La ultima memoria Capítulo 11
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Capítulo 11

Crédito Fisterra ocupaba un bajo estrecho en una calle del ensanche, entre una ortopedia y un locutorio, con la persiana metálica siempre a media asta y un cartel descolorido en el que un sol dibujado prometía «soluciones rápidas para gente honrada», y Sabela se pasó tres mañanas seguidas vigilándolo desde un coche camuflado, con un termo de café y a Ferro de copiloto comiendo pipas, y en tres mañanas no entró casi nadie, lo justo para confirmar que aquel local no vivía de lo que enseñaba, pues los negocios que viven de verdad tienen clientes y ruido, y aquel tenía una quietud de acuario, de sitio que espera otra cosa.

—A este garito no viene ni Dios, jefa —dijo Ferro, escupiendo una cáscara por la rendija de la ventanilla—. Y sin embargo el tal Quinteiro declara por Fisterra más pasta que yo en diez años. El dinero entra por detrás, seguro. Por detrás y de noche.

—Pues habrá que venir de noche —dijo Sabela, y no lo dijo con ganas, porque las cosas que pasan de noche en los bajos con la persiana echada nunca son cosas a las que a una inspectora le convenga asomarse sola.

Pero Sabela no era mujer de esperar la noche con los brazos cruzados, así que mientras el bajo de Fisterra seguía con su quietud de acuario decidió trabajar la otra punta del hilo, la de día, la de los vivos, ya que un dinero que no se ve entrar por la puerta se ve salir por las casas, y en tres mañanas de termo y pipas había aprendido a leerse el barrio, la ortopedia de al lado con su escaparate de fajas descoloridas, el locutorio de enfrente que olía a fritanga y a llamada cara, y sobre todo la mujer del quiosco, que lo veía todo desde su cajón de prensa y que, con la excusa de comprarle el periódico dos días seguidos y dejarle la vuelta de propina, le fue soltando a Sabela lo que una inspectora no saca jamás de un atestado y sí de una conversación de mostrador, que a la financiera esa iba gente con la cara larga y salía con la cara todavía más larga, que ella no metía las narices pero que ojos tenía, y que a un vecino de toda la vida, un tal Ramón Cotelo, el de la carpintería de ribeira que había cerrado hacía nada bajando hacia el muelle viejo, lo habían dejado en los huesos, y no de hambre, dijo la del quiosco bajando la voz aunque no había un alma en la acera, sino de la cabeza, que al pobre hombre se le había ido el conocimiento de un día para otro como se va la luz en un temporal, y que era una pena porque había sido el mejor calafate de la ría y ahora andaba por el muelle mirando los barcos como si no los hubiera visto nunca.

Y esa misma tarde, con el cielo de un gris de plomo bajando sobre los tejados y una llovizna fina que no llegaba a mojar pero calaba igual, Sabela y Ferro bajaron hasta el muelle viejo a buscar a Ramón Cotelo, y lo encontraron donde la del quiosco había dicho que solía estar, sentado en un noray oxidado con las manos grandes y estropeadas colgando entre las rodillas, un hombre de sesenta y tantos, ancho de espaldas de toda una vida cepillando madera, con la boina calada y la mirada puesta en el trasiego del puerto sin puesta en nada, y olía a mar y a alquitrán viejo y a ese frío de sal que se le mete a una en la ropa nada más bajar del coche, y Sabela, que sabía por experiencia que a esa clase de hombre no se le entra de frente ni con la placa por delante, se sentó a su lado en un bolardo sin decir nada durante un rato, mirando los mismos barcos que él, hasta que fue Ramón el que habló primero, sin girar la cabeza, con esa cortesía antigua de la gente de mar.

—Ustedes son policías —dijo Ramón Cotelo, y no era una pregunta—. Se les nota en cómo pisan. Vienen por lo de la financiera, ¿verdad? Ya era hora de que viniera alguien, aunque llegan tarde, que aquí todo el mundo llega tarde para mí.

—Venimos por eso, sí —dijo Sabela, sin negarle nada, que a un hombre así mentirle es perderlo—.

Nos han dicho que pidió usted dinero en Crédito Fisterra.

Y que después le pasó algo. No tiene que contarnos nada que no quiera, Ramón.

Pero si nos lo cuenta, a lo mejor consigo que no le pase a nadie más.

Ramón Cotelo se rió, una risa corta y seca que no tenía nada de risa, y se sacó del bolsillo interior del chaquetón una cartera gastada, y de la cartera una foto pequeña, cuarteada por los dobleces, y se la puso a Sabela en la mano con un cuidado enorme, y en la foto había una mujer morena de unos cincuenta años riéndose en una romería, con un pañuelo al cuello y un vaso de vino en la mano, guapa, viva, mirando a la cámara como quien mira a alguien que quiere.

—Esta es mi mujer —dijo Ramón, y a Sabela no se le escapó que lo dijo como quien recita un dato aprendido, sin el peso que esas tres palabras deberían tener en la boca de un hombre—.

Se llamaba Elvira y se me murió hace ocho años de un cáncer malo, y estuvimos treinta y un años casados, y crié con ella a tres hijos que andan por ahí lejos, y todo eso lo sé, ¿me entiende usted?

, lo sé como sé la tabla de multiplicar, porque me lo han contado los hijos y está escrito detrás de la foto con mi letra.

—Le dio la vuelta a la cartulina con un dedo grueso, y detrás, en efecto, ponía «Elvira, San Cibrao, 1994» con una caligrafía torpe de hombre que agarra mal el bolígrafo—.

Pero yo a esta mujer ya no me acuerdo de haberla querido, señora.

La miro y sé que es la madre de mis hijos y no siento nada, ni un pellizco, nada, como quien mira la foto de una vecina.

Me dejaron todo lo demás, mire usted qué generosos, me dejaron su nombre y su cara y hasta el día que murió, pero me sacaron con pinzas justo el único cacho que valía la pena, el de quererla.

Treinta y un años de querer a una mujer, y no me queda ni el olor.

Se hizo un silencio en el muelle que ni el graznido de las gaviotas ni el motor de una dorna que salía a la barra consiguieron llenar, y Ferro, que era hombre de guasa pero que sabía cuándo callarse, se había quedado dos pasos atrás con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, y Sabela sostuvo la foto un momento más antes de devolvérsela, porque entendió que aquello era lo que la Cofradía dejaba de verdad cuando cobraba, no el cadáver del vestido verde flotando en el puerto, eso era el final limpio y hasta piadoso, sino esto, un hombre entero sentado en un noray con la foto de su mujer muerta en la mano sabiéndolo todo de ella menos lo único que importaba, un viudo al que le habían robado el duelo dejándole la pérdida.

—¿Por qué pidió el dinero? —preguntó Sabela, con la voz baja que usaba para lo importante.

—Por el taller —dijo Ramón, guardando la foto en la cartera y la cartera en el pecho, sobre el corazón, por costumbre de tenerla ahí aunque ya no le sirviera de nada—.

Se me juntaron dos facturas y una avería del torno, cuatro mil euros, una miseria para lo que mueve esta gente y una montaña para un carpintero de ribeira al que ya casi nadie le encarga barcos de madera, que ahora todo es fibra y plástico y basura que no dura.

El banco me dio con la puerta en las narices, que a mi edad y con el oficio muriéndose no me fiaban ni un clavo, y entonces me habló un conocido de la financiera del ensanche, que prestaban rápido y sin tanto papeleo, y fui, y me atendió un hombre muy amable, muy bien vestido, con un apretón de manos suave y una colonia dulce de rico que se le quedaba a uno en la ropa.

—Sabela sintió el frío exacto de reconocer algo, porque aquella colonia dulce era la misma que Vera había olido en la última memoria de Icía, la misma que a Sabela le habían nombrado ya como la firma de aquel hombre, y no dijo nada, pero apuntó cada palabra en la cabeza—.

Me prestó los cuatro mil sin un papel, con un apretón de manos, «entre gente honrada no hacen falta contratos, don Ramón», y yo, tonto de mí, salí de allí agradecido, hasta que llegó el primer aviso.

—¿Qué aviso? —dijo Sabela.

—Un dibujo —dijo Ramón, y por primera vez le tembló algo en la voz, no de pena sino de un miedo viejo que no se le había curado—.

Me lo metieron por debajo de la puerta del taller, en un papel doblado, un círculo con tres rayas dentro, como una mano a la que le faltaran dos dedos, y debajo cuatro palabras, «la cofradía no espera».

Y yo no tenía los cuatro mil, ni la mitad, así que a las dos semanas vinieron a buscarme al taller de noche, tres hombres, el amable de la colonia y otro grande con la cabeza rapada que no abría la boca, y traían con ellos a una chica joven, flaca, con unas ojeras que daban miedo, que no paraba de llorar bajito y que no quería mirarme a la cara.

Me sentaron, me pusieron un trapo en la boca con algo dulzón, y lo último que recuerdo de aquella noche es a la chica esa poniéndome las manos en las sienes con los ojos cerrados y pidiéndome perdón, «perdóneme, señor, perdóneme, no puedo hacer otra cosa», una y otra vez, mientras el de la colonia le decía que se dejara de tonterías y trabajara.

Y cuando desperté al día siguiente en el suelo del taller, con un dolor de cabeza de mil demonios, la deuda había desaparecido, no me volvieron a pedir un duro, oiga, qué considerados, me la habían cobrado entera de otra parte.

Tardé una semana en darme cuenta de qué me faltaba.

Porque una cosa así no se nota de golpe.

Se nota un día que miras la foto de tu mujer muerta y descubres que se te ha quedado fría en la mano.