Capítulo 10 #2
Y Vera soltó el aire, y dejó caer la cabeza otra vez sobre la almohada, y no dijo nada más, solo un ruido bajo cuando la boca de Sabela le encontró por fin el coño, un jadeo largo que se le escapó de muy adentro, y Sabela, que no sabía, que iba a ciegas, aprendió deprisa de la única manera en que se aprende esto, atendiendo, notando cómo el cuerpo de Vera le contestaba a cada cosa, cuándo el aire se le cortaba, cuándo se le tensaban los muslos a los lados de su cara, cuándo una mano se le crispaba en la sábana y la otra en el pelo de Sabela sin llegar a tirar, y se fue guiando por eso, sin prisa, con la tarde entera por delante y por primera vez en semanas ningún reloj corriendo por dentro, hasta que dio con el ritmo que le arrancaba a Vera esos sonidos que ya no se molestaba en tragarse, chupándole el clítoris despacio y volviendo a bajar la lengua a hundírsela dentro cuando notaba que iba demasiado deprisa, y lo mantuvo, terca y paciente como era ella para todo lo que le importaba, subiéndole las manos por el vientre y buscándole un pezón entre los dedos, y Vera se lo dijo entonces, ronca, sin abrir los ojos, «así, joder, ahí, no me lo sueltes ahora», y Sabela no se lo soltó, hasta que Vera dejó de aguantar, arqueó la espalda, dijo su nombre una vez, «Sabela», sin ninguna de las corazas con que lo decía a plena luz, y se corrió apretada contra su boca, temblando, con una mano tapándose los ojos como si aquello fuera demasiada intemperie para mirarlo de frente.
Después Sabela subió por su cuerpo despacio, dejando un reguero de besos por donde antes había bajado, y se tumbó a su lado, y Vera, todavía con la respiración entrecortada, se giró y hundió la cara en el cuello de Sabela y se quedó así un rato, callada, más rato del que solía estar callada, y Sabela pensó que a lo mejor le había hecho daño o lo había hecho mal, hasta que notó, contra la piel del cuello, que a Vera se le habían saltado las lágrimas, sin ruido, sin drama, unas pocas, y no dijo nada, la abrazó más fuerte y esperó, porque había aprendido en cuatro días que a Vera no se la apretaba con preguntas.
—No es por lo que crees —dijo Vera al cabo, con la voz espesa, sin levantar la cara—.
No estoy triste, joder, es lo contrario, que es peor.
Es que llevo seis años sin dejar entrar a nadie en esta casa, ni a mi cama ni a mi puta vida, seis años de persiana bajada, y ahora estás tú aquí una tarde de martes deshaciéndome la cama y no esperando a nadie, y me da un miedo de cojones, porque esto se puede perder, Sabela, esto es exactamente de las cosas que a mí me quitan.
—Se apartó por fin, y lo miró de frente, con los ojos verdes brillantes en la penumbra—.
Tú no sabes cómo es querer sabiendo lo que valen los recuerdos en el mercado.
Yo sí. Yo he leído a la gente a la que se los arrancaron.
Y ahora tengo uno que no quiero perder por nada, y acabo de ponerlo aquí, contigo, encima de esta cama.
Y Sabela, que se pasaba la vida buscándoles la mentira a los demás y que reconocía la verdad cuando la tenía delante porque era su oficio, supo que aquello era lo más verdadero que le habían dicho en mucho tiempo, y en vez de tranquilizarla con una frase fácil, en vez de prometerle lo que no podía prometer, hizo lo que le pareció honrado, que fue cogerle la cara con las dos manos, igual que había hecho la primera noche, y decirle la única cosa que sí estaba en su mano cumplir.
—Pues entonces vamos a hacer que nadie te lo pueda quitar —dijo Sabela, despacio, mirándola muy de cerca, tan de cerca que le veía otra vez las vetas marrones en el verde—.
Porque resulta que a mí me pagan justo por eso, por meter en la cárcel a la gente que le roba cosas a la gente.
Y ahora tengo un motivo más para hacerlo bien.
Así que este recuerdo lo defiendo yo, Vera.
Este y todos los que vengan. Es lo que sé hacer.
Vera la miró un segundo más, buscándole el engaño por costumbre, y no lo encontró, y algo en ella se rindió del todo, y le pasó un pulgar por el labio a Sabela como quien limpia un rastro, y sonrió, ya sin lágrimas, esa sonrisa entera que solo le salía sin público, y entonces fue ella la que buscó a Sabela con aquellas manos suyas de dedos largos, ya sin nada de la resistencia del primer día, y le devolvió la tarde entera, sin prisa también, con un conocimiento del cuerpo de una mujer que Sabela no tenía y que la desarmaba cada vez, aprendiéndose la una a la otra en la penumbra mientras el puerto se encendía allá abajo y la lluvia menuda seguía picando en el cristal, y se quisieron así hasta que se les fue la luz del todo y la ciudad quedó reducida a un puñado de farolas mojadas y al faro barriendo cada tantos segundos el techo de la habitación, y cuando terminaron se quedaron enredadas en la cama deshecha viendo caer la tarde, y no se durmieron ni hablaron durante un rato largo, solo estuvieron, que era una cosa que Sabela llevaba años sin saber hacer, estar sin más, sin el móvil vibrando en la mesilla, sin un caso royéndole por debajo, sin el reloj de la vida de otro marcándole la hora de volver, y en algún momento le entró un hambre tonta y feliz, la de después, y fue Vera la que se levantó primero, sin pudor por su propia casa, y se echó por encima una camisa vieja que no se abrochó, y le dijo desde el pasillo que si quería comer algo, que tenía pan y queso y poco más, que ella no era de las que llenan la nevera, y Sabela dijo que sí, que lo que hubiera, y se quedó un momento sola en la cama de Vera oyéndola trastear en la cocina, mirando aquel dormitorio pequeño que empezaba a conocer, la estantería combada de libros que llegaba hasta el techo, la ventana con el vaho por dentro y el puerto detrás, la ropa de las dos revuelta por el suelo como si llevara allí tirada toda la vida, y pensó, con una punzada de algo que no supo si era miedo o era justo su contrario, que aquella habitación desordenada y llena de libros y de humedad le parecía de pronto más suya que el piso al que le tocaba volver, ese piso ordenado y grande y medio vacío del que la noche antes había salido una bolsa de deporte con las cosas de Bruno.
Comieron en la cama, con un plato entre las dos, pan con queso y un poco de vino en dos vasos distintos porque Vera no tenía dos copas iguales, «una la rompí y la otra no sé dónde anda», dijo Vera encogiéndose de hombros, y a Sabela le hizo una gracia absurda beber vino de un vaso de agua desparejado, en la cama, a oscuras, con una mujer a la que hacía una semana no conocía, y pensó que su vida entera, la ordenada, la de las copas iguales y las cosas en su sitio, se le había ido al garete en cuatro días y que, en lugar del vértigo que debería darle, lo que sentía era un descanso hondo, igual que cuando una se quita por fin unos zapatos que le venían pequeños y llevaba todo el día sin querer admitir que le venían pequeños.
Vera se levantó otra vez, puso un disco en el tocadiscos viejo, algo antiguo y con crujidos que Sabela no conocía y que no preguntó qué era porque le gustó no saberlo, y volvió a meterse bajo la sábana, y se quedaron las dos escuchando la música y la lluvia, con las piernas enredadas, hablando por fin de las tonterías de las que no habían tenido tiempo de hablar hasta entonces, de dónde había crecido cada una, de la abuela de Vera y su aldea de cuatro casas, de por qué Sabela se había hecho policía y no otra cosa, cosas pequeñas, de las que se cuentan dos personas cuando empiezan y todavía no se saben, y a Sabela le sorprendió lo fácil que era, ella que era seca hasta con la gente que quería, ella que en seis años no le había contado a Bruno ni la mitad de lo que le estaba contando a Vera en una sola tarde.
Se hizo de noche del todo sin que ninguna encendiera la luz, y en un momento dado Sabela se dio cuenta de que no tenía ningún sitio adonde ir, que por primera vez en seis años no había nadie esperándola en ninguna parte, que podía quedarse allí a dormir si quería, y que quería, y se lo dijo a Vera así, sin adornarlo, «me quedo, ¿no?
, si no te estorbo», y Vera se quedó callada un segundo, uno de esos silencios suyos que no eran duda sino cálculo, y después dijo que se quedara, que faltaría más, pero que la avisaba de una cosa, que ella hablaba en sueños, que a veces soltaba voces que no eran la suya, restos de muertos que se le quedaban pegados, y que si se despertaba en mitad de la noche oyéndola decir cosas raras con voz de otra que no se asustara, que no era ella, que era el oficio, y lo dijo con una ligereza estudiada, quitándole hierro, pero Sabela le notó por debajo el miedo viejo, el de quien lleva años durmiendo sola en parte para que nadie tenga que oír eso, así que en vez de tomárselo a broma le cogió la mano bajo la sábana y le dijo que ella también tenía lo suyo, que se levantaba a las cinco de la mañana sin despertador y hacía ruido por la casa como un fantasma con insomnio, y que ya estaban en paz, y Vera se rió, esa risa corta que a Sabela le sabía a gloria, y se acabó el disco, y la aguja del tocadiscos se quedó rascando el final una y otra vez hasta que a ninguna de las dos le apeteció levantarse a quitarla, y así, con ese crujido de fondo y la lluvia picando en el cristal y el faro barriendo el techo cada pocos segundos, se fueron quedando dormidas, y Sabela pensó, ya medio ida, que si no fuera por la mujer que lloraba en un sótano, por el hombre de la colonia dulce, por todo lo que faltaba por hacer, podría quedarse allí para siempre.
Pero faltaba mucho por hacer. Y el hombre de la colonia dulce, aunque ellas todavía no lo sabían, ya había empezado a preguntar quién era la lectora que andaba removiendo a sus muertas.