Capítulo 10
Bruno no era tonto, y esa fue siempre la parte más difícil, pues habría sido más cómodo que lo fuera, que no se enterara, que se lo tragara todo, pero Bruno llevaba seis años queriendo a Sabela y sabía leerla mejor de lo que ella creía, y una semana después, un domingo por la tarde, con la casa en calma y un partido puesto en la tele que ninguno de los dos veía, dejó el mando en el sofá y la miró y le hizo la pregunta que llevaba días rondándole.
—¿Hay alguien? —dijo Bruno, sin levantar la voz, sin drama, con una serenidad que le dolió a Sabela más que un grito—.
No te voy a montar un pollo. Solo quiero saberlo.
Llevas semanas aquí sin estar. Y anoche, cuando te toqué, te apartaste.
Nunca te habías apartado. Así que te lo pregunto una vez, y dime la verdad, que nos la debemos. ¿Hay alguien?
Y Sabela, que se había pasado la vida sacándoles la verdad a los demás y guardándose la suya, miró a aquel hombre bueno al otro lado del sofá, y pensó en mentir, y supo que podía, que se le daba bien, y supo también que si mentía en ese momento se iba a odiar el resto de su vida, así que hizo lo más difícil, que fue no mentir.
—Sí —dijo Sabela, y se le quebró la voz en esa sílaba corta—.
Hay alguien. Y no me lo esperaba, Bruno, te juro que no lo busqué, no fui a buscar nada, apareció y me pasó por encima.
No lo entiendo ni yo. —Tragó saliva—. Y es una mujer.
Por si eso lo hace más fácil o más difícil, no lo sé. Es una mujer.
Bruno se quedó callado mucho rato, mirando la tele apagada por dentro aunque estuviera encendida por fuera, y a Sabela se le hizo eterno, y cuando por fin habló no fue con rabia, fue con un cansancio antiguo que ella no le conocía.
—Una mujer —repitió Bruno despacio, como probando la palabra—. Joder, Sabela. —Se pasó la mano por la cara—. ¿Y ahora qué? Porque yo te quiero, ¿eh? Yo mañana me caso contigo si me dices que esto ha sido un calentón y que se acaba. Pero por cómo lo has dicho, no ha sido un calentón. ¿Verdad que no?
—No —dijo Sabela, y fue la palabra más difícil que había dicho nunca—. No ha sido un calentón.
No lo dejaron esa tarde del todo, porque las cosas de seis años no se acaban en una tarde de domingo, se acaban a trompicones, con recaídas y noches en el sofá y conversaciones a las cuatro de la mañana, pero esa tarde se rompió lo que tenía que romperse, y Bruno se fue a dormir a casa de su hermano esa noche con una bolsa de deporte hecha a toda prisa, y Sabela se quedó sola en el piso por primera vez en seis años, sentada en el sofá con el partido todavía puesto y sin nadie a quien fingirle nada, y no llamó a Vera, aunque se moría por llamarla, porque le pareció que meter a Vera en aquella habitación esa misma noche, con la bolsa de Bruno recién salida por la puerta, era ensuciar dos cosas a la vez, y por una vez en aquellas semanas de vértigo hizo lo difícil en vez de lo fácil, y se quedó sola, y aguantó la soledad, que era lo que tocaba.
Se lo contó a Vera al día siguiente, en el piso de arriba, y Vera la escuchó sin interrumpir, y cuando terminó no dijo «qué bien» ni «por fin», dijo otra cosa, más suya.
—No quiero ser el motivo por el que dejaste a un buen hombre —dijo Vera, seria, con los brazos cruzados—. No quiero cargar con eso. Si lo dejas, que sea porque tú querías otra cosa, no porque yo aparecí.
—Lo dejo porque yo quiero otra cosa —dijo Sabela, y se acercó, y le descruzó los brazos con las manos, despacio—.
Y esa otra cosa eres tú, así que a ver cómo separamos eso, lista.
—Y la besó, y esta vez el beso no tenía nada de pregunta, era ya de las dos, de una casa, de una decisión tomada, y Vera se dejó besar contra la encimera de la cocina y le hundió las manos en el pelo, y se besaron así un rato largo, sin la prisa de las otras veces y sin la culpa que hasta entonces le había ido royendo a Sabela cada beso por debajo, pues era la primera vez que se besaban sin que hubiera un hombre durmiendo en una cama de la otra punta de la ciudad ni una mentira esperando su turno para ser contada, y esa ausencia de peso, esa ligereza rara de no deberle la tarde a nadie, se le subió a Sabela a la cabeza igual que el primer sol de después de un invierno largo, y notó que se estaba riendo contra la boca de Vera sin saber muy bien de qué, de puro alivio quizá, de haberlo por fin roto todo y estar viva y con las manos en la cintura de aquella mujer imposible mientras fuera, sobre los tejados del barrio alto, empezaba a caer esa tarde de noviembre gris y mojada que en Arnela no se sabe si es lluvia o solo una manera del aire de estar húmedo, y por la ventana de la cocina entraba el olor del puerto de abajo, a marea, a gasoil, a algas, mezclado con el olor de dentro, a café recién hecho y a esa cosa verde de la casa de Vera que Sabela seguía sin saber nombrar y que había decidido que era, sencillamente, el olor de Vera.
—¿De qué te ríes tú ahora? —dijo Vera, apartándose un palmo, con las cejas fruncidas pero la boca ya traicionándola en una media sonrisa, esa cicatriz vieja de la ceja subiéndosele un poco—. Que se te ha ido la cabeza.
—De nada —dijo Sabela, y le apartó un mechón de la cara con un dedo—. De que no tengo que irme. Es la primera vez que estoy aquí y no tengo que mirar el reloj ni inventarme nada, y no sé qué hacer con tanto tiempo, la verdad. Se me había olvidado que las tardes duraban esto.
Y Vera la miró con esa franqueza suya que no avisaba, y algo se le ablandó en la cara, y en vez de contestar con una de sus frases secas la cogió de la mano y tiró de ella hacia dentro, por el pasillo estrecho flanqueado de libros por el que un puñado de días antes la había llevado la primera vez, solo que ahora no iban a trompicones ni riéndose de los nervios sino despacio, sabiéndose ya un poco el camino, y entraron en el dormitorio pequeño con la cama sin hacer y la ventana entornada por la que se colaba el rumor del agua contra el cristal y el pitido lejano de un barco entrando a puerto, y allí, en aquella luz de acuario que dejaba la tarde, Sabela hizo algo que no había hecho ninguna de las veces anteriores, que fue tomarse su tiempo, no dejarse llevar por la urgencia ni por el vértigo, sino desnudar a Vera ella, con sus propias manos torpes de principiante, aprendiendo los botones y los corchetes que en su propio cuerpo se sabía de memoria y que en otro eran de pronto un idioma nuevo, y Vera se dejó, quieta, mirándola con una curiosidad casi divertida, dejando que Sabela le fuera sacando la camiseta ancha por la cabeza, y el sujetador, y que se quedara un momento mirándola sin tocarla, aquella mujer que era delgada y rotunda a la vez y que ahora, sin la coraza de tela gris con la que se escondía del mundo, resultaba ser mucho más de lo que dejaba ver vestida, las clavículas marcadas, la cintura estrecha, y unos pechos grandes y pesados que la gabardina había estado tapando todo aquel tiempo como una mentira más de las suyas, unos pechos que a Sabela se le hicieron de pronto lo único que había en la habitación, tan distinta de su propio cuerpo, que era otra cosa y estaba hecho de otra materia, ancho de hombros, duro de brazos y de muslos, macizo de doce años de gimnasio de comisaría y de reducir a gente en portales, sin una sola parte blanda donde agarrarse, y aquella mujer tan de repente necesaria.
—Puedes tocar, inspectora, que no muerdo —dijo Vera, y se rió bajito, con esa risa corta que le salía cuando estaba nerviosa y no quería que se le notara—.
O muerdo, pero solo si tú quieres. Anda, tócame los pezones, que llevo toda la tarde pensando en tus manos y ya me tienes empapada de tanto pensar.
—Cállate un momento —dijo Sabela, no seca, sino como quien pide una tregua para hacer bien una cosa que le importa, y la calló besándola, y la fue tumbando en la cama deshecha, y se tumbó ella encima, piel contra piel por fin sin nada de por medio y sin ninguna prisa, y se quedó un rato solo así, sintiendo el cuerpo entero de Vera contra el suyo, el calor, la respiración, los latidos de las dos descompasados y buscándose el paso, mientras la tarde caía del todo al otro lado del cristal y la habitación se iba quedando en penumbra sin que ninguna hiciera el gesto de encender nada.
Y esta vez, sin la culpa royéndole y sin nadie esperándola en ninguna parte, Sabela hizo lo que la primera vez, en el vértigo del descubrimiento, no se había atrevido a hacer, y fue devolverle a Vera lo que Vera le había dado a ella, bajar por su cuerpo despacio, con más intención que técnica, besándole el cuello, el esternón, entre los pechos, deteniéndose en cada uno con esa manera lenta de quien está aprendiendo un mapa nuevo y no quiere saltarse ni un pueblo, el vientre que se le contraía a Vera con cada beso, más abajo, hasta que llegó a donde llevaba días queriendo llegar sin habérselo confesado del todo ni a sí misma, y ahí se paró un segundo, no de miedo sino de esa emoción rara de estar cruzando otra línea, la última que le quedaba de la Sabela de antes de aquel martes de noviembre, y Vera, que se lo notó todo, que le leía el cuerpo mejor que a los muertos, le puso una mano en el pelo, sin apretar, solo posada.
—No tienes que —dijo Vera, con la voz ya ronca, incorporándose un poco sobre los codos para mirarla en la penumbra—. De verdad que no. No hay que demostrar nada, Sabela, esto no es un examen.
—Ya lo sé —dijo Sabela desde abajo, y levantó la cara para mirarla, y le salió la verdad entera sin adornarla—.
No lo hago por demostrar. Lo hago porque quiero.
Que es lo que llevo descubriendo estos días, que contigo casi todo lo hago porque quiero y no porque toque, y eso a mí no me había pasado nunca. Así que estate quieta y déjame.