Capítulo 9
Costó tres días conseguir la orden para exhumar y leer a Amalia Rocha, porque un juez es un juez y una lectora sigue siendo, para la mayoría de ellos, una vergüenza que se firma con la nariz tapada, y a Sabela le devolvieron la solicitud dos veces con dos excusas distintas, una por defecto de forma y otra sin excusa ninguna, así que la tercera mañana subió en persona a la última planta de los juzgados viejos, decidida a pelearla de frente, que era como ella peleaba las cosas que le importaban.
El despacho del juez Deán olía a tabaco de pipa y a papel viejo, a esos dos olores de otro siglo que en el resto del edificio ya habían prohibido, y estaba forrado de expedientes hasta el techo, tomos y tomos con las etiquetas amarilleadas por el sol que entraba a raudales por un ventanal desde el que se veía la ría entera abriéndose al mar, y en medio de todo aquel desorden de archivo estaba Deán, un hombre de más de setenta, flaco y encorvado, con una mata de pelo blanco mal peinado y unos ojos pequeños y muy vivos hundidos en una cara de arrugas hondas, y no levantó la vista del sumario que leía cuando Sabela entró, sino que la dejó de pie un buen rato delante de la mesa, como se deja a los alumnos díscolos, hasta que por fin dejó el bolígrafo y se quitó las gafas y la miró con un cansancio de siglos.
—La inspectora de las videntes —dijo Deán, y lo dijo sin sorna, casi con pena, frotándose el puente de la nariz—.
Me devuelven medio juzgado firmado sin mirarlo y su solicitud la he leído tres veces.
Siéntese, Randín, que me pone usted nervioso ahí clavada como una percha.
—Esperó a que se sentara, y juntó las manos manchadas sobre la mesa, y siguió con esa lentitud suya de hombre que ha dejado de tener prisa por nada—.
¿Usted sabe lo que me está pidiendo? Me está pidiendo que saque de la tierra a una mujer que su propio juzgado enterró como suicidio, que la abra otra vez, y que deje que una particular con licencia de tocar muertos le sujete la mano y me cuente en primera persona lo que la difunta sintió al morir.
Y que yo ponga mi firma debajo de eso. A dos años de jubilarme.
Con lo que se ríen ya de mí los de abajo.
—Le estoy pidiendo que no deje a quien hizo esto en la calle por miedo al ridículo, señoría —dijo Sabela, y lo dijo con la misma calma con que él hablaba, porque había entendido enseguida que a aquel hombre no se le ganaba a gritos—.
Amalia Rocha tiene en la nuca la misma marca que la del puerto, la misma mano, el mismo pulgar.
Su forense me lo firma cuando quiera. Yo no le pido que crea en las lectoras.
Le pido que crea en la doctora Noia. Lo de la lectora es porque no tengo nada más, porque quien hizo esto no deja huellas, no deja testigos, no deja nada, salvo lo que la propia muerta se llevó dentro.
Y yo esa puerta la tengo, señoría, y es la única, y usted es el único que me la puede abrir.
Deán se quedó mirándola un rato largo, en silencio, con los ojos pequeños clavados en ella, y Sabela aguantó la mirada sin pestañear, que era otra cosa que sabía hacer, y por fin el juez se levantó despacio, con un crujido de huesos, y se acercó al ventanal y se quedó de espaldas mirando la ría, y cuando habló lo hizo sin volverse, con una voz distinta, más baja, la de quien saca de un cajón algo que tenía bien guardado.
—Hace años, no le voy a decir cuántos que me da vergüenza, cerré yo un suicidio de una chica joven en el embalse —dijo Deán, mirando el agua allá abajo—.
Todo en orden, una nota, antecedentes, la familia rota.
Lo archivé en una tarde. Y la madre me esperó a la salida del juzgado, una mujer de pueblo con un pañuelo en la cabeza, y me agarró del brazo y me juró que su hija no se había matado, que le habían quitado cosas de la cabeza, que la niña ya no se reconocía en el espejo, y yo, Randín, yo le di dos palmaditas en la mano y le dije que el dolor hace ver fantasmas, y me fui a mi casa a cenar.
—Se giró por fin, y en aquella cara de arrugas hondas había algo que Sabela no le había visto a un juez en doce años, que era remordimiento del de verdad—.
Llevo desde entonces preguntándome qué le quitaron a aquella cría, y quién, y si yo firmé el permiso para que siguieran haciéndolo.
Así que no me venga con que le da miedo el ridículo, que el ridículo lo hice yo hace años callando a una madre.
Tráigame a su vidente. Y que Dios nos coja confesados a los dos.
Y firmó la autorización allí de pie, apoyando el papel en el cristal del ventanal, con una letra temblona y furiosa, y se la tendió a Sabela sin mirarla, como quien devuelve una deuda vieja, y así fue como una mañana de niebla espesa Sabela y Vera se encontraron de nuevo en el depósito, esta vez delante de un cuerpo que llevaba ocho meses bajo tierra y que no se parecía ya en nada a la mujer que había sido.
Porque la habían sacado de la tierra esa misma madrugada, antes de que amaneciera, en el cementerio de aldea donde la familia la había enterrado ocho meses atrás, con una niebla tan cerrada que los cipreses eran solo manchas y las tumbas de al lado ni se veían, y los dos hombres de la funeraria habían cavado despacio, sin prisa ninguna, con esa parsimonia de los que hacen a diario el trabajo que a los demás nos revuelve las tripas, hasta que las palas dieron contra la tapa con un ruido sordo y hueco que a Sabela se le quedó metido en el oído el resto del día, y cuando izaron la caja del hoyo, chorreando barro, con las asas comidas de óxido y la madera hinchada de haber bebido tanta agua de invierno, subió de la tierra removida un olor que Sabela no había olido nunca y que ya no iba a olvidar, un olor a raíz y a moho y a agua parada, y por debajo otro más dulce que era mejor no ponerle nombre, y Vera, plantada a un lado con la gabardina abrochada hasta el cuello y la cara del color de la niebla, no dijo nada, solo se metió las manos en los bolsillos y apretó la mandíbula, pues una cosa es leer a una muerta y otra distinta verla salir de la tierra de la que una ya la creía parte.
Bajaron la caja a Arnela en la furgoneta gris de la funeraria, y Sabela los siguió en su coche por la carretera vacía de primera hora, con la niebla deshaciéndose a jirones sobre la ría y los faros de los camiones del pescado apareciendo y desapareciendo por delante como fantasmas de gasoil, y para cuando llegaron al depósito y abrieron la caja bajo la luz mala de los tubos, lo que había dentro ya no era Amalia Rocha, no era ya nadie, era lo que el tiempo y la tierra hacen con lo que fue una mujer de cuarenta y un años que se reía en las fotos, y Sabela, que llevaba doce años viendo muertos y que se creía la cosa bien callada por dentro, tuvo que tragar saliva y quedarse un momento mirando el azulejo de la pared antes de volver a mirar la mesa, y pensó, sin querer pensarlo del todo, que a aquello iba a tener que entrar Vera con las manos y con la cabeza, y que no había orden de juez ni café caliente después que pagara lo que estaba a punto de pedirle.
—Esto va a ser peor —le dijo Vera en voz baja mientras se quitaba la gabardina, y a Sabela no se le escapó que le temblaban las manos antes de empezar—.
Los frescos son un mal rato. Los viejos son un pozo.
Cuanto más tiempo llevan, más lejos tengo que ir a buscarlos, y más me cuesta volver.
Si me pongo muy mal, no me hables, pero no me sueltes. ¿Vale? La última vez me soltaste bien.
—No te voy a soltar —dijo Sabela, y lo dijo mirándola a los ojos, y las dos supieron que ya no hablaban solo del depósito.
La lectura de Amalia Rocha fue larga y fue fea, y Sabela la vio entera de pie a un metro de distancia, con los puños apretados dentro de los bolsillos, mordiéndose las ganas de intervenir, mientras Vera, agarrada a la mano reseca de la muerta, hablaba con una voz que iba cambiando, que se agrietaba, que se perdía y volvía, y contaba una habitación con olor a incienso barato, y una silla, y unas correas, y un hombre de voz suave que le decía «esto no duele, Amalia, esto no se siente, solo vas a estar un poco más ligera», y otra voz, una voz de mujer, joven, que lloraba en un rincón y a la que el hombre mandaba callar, y Vera se detuvo ahí, en la voz de la mujer que lloraba, y abrió los ojos de golpe, todavía dentro y ya fuera, y miró a Sabela con un horror nuevo.
—Hay una lectora —dijo Vera, con la voz rota y el cuerpo entero temblando—.
La usan a ella para sacarle los recuerdos, y luego, cuando ya no queda nada que sacar, la ahogan.
Sabela, la mujer que llora es una lectora, es como yo, la tienen ahí para vaciar a la gente y ella no puede parar de hacerlo y no puede irse.
—Se le doblaron las rodillas, y esta vez Sabela sí la cogió, la sostuvo entera contra su cuerpo, y Vera se agarró a ella y escondió la cara en su cuello y por primera vez desde que se conocían se echó a llorar de verdad, con unos sollozos que le salían de muy abajo—.
Podría ser yo. Esa podría ser yo. Si hace seis años les hubiera dicho que sí, esa que llora en el rincón sería yo.
Sabela la sostuvo en medio del depósito helado, meciéndola un poco, con la boca en su pelo, diciéndole cosas sin sentido, «ya está, estás aquí, estás conmigo, no eres tú, mírame, no eres tú», y por encima del hombro de Vera miró el cuerpo de Amalia Rocha sobre la mesa de acero, y sintió que se le endurecía algo por dentro, una determinación fría que conocía bien y que era lo único que la había hecho buena en su trabajo durante doce años, y supo que iba a por Amaro Quinteiro con todo, no por la ley, no por la carrera, sino porque en algún sótano de aquella ciudad había una mujer llorando en un rincón mientras la vaciaban, y porque esa mujer, en otra vida, podría haber sido la que ahora temblaba entre sus brazos.
Aquella noche Vera no quiso quedarse sola, y Sabela llamó a Bruno y le mintió por primera vez de forma limpia, sin culpa, con una eficacia que después la asustaría, «me quedo en comisaría con un caso feo, no me esperes», y se quedó en el piso de arriba de la ciudad, y no follaron, se metieron en la cama vestidas y Sabela abrazó a Vera por la espalda toda la noche mientras ella temblaba en sueños, y en algún momento de la madrugada Vera le cogió la mano y se la apretó contra el pecho, sin despertarse del todo, y Sabela, despierta en la oscuridad, con la nariz en el pelo de aquella mujer y el corazón de aquella mujer latiéndole contra la palma de la mano, pensó que nunca en su vida había estado tan asustada ni tan segura de nada.