La ultima memoria Capítulo 8
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Capítulo 8

Sabela salió de casa de Vera a las dos de la mañana, y condujo hasta su piso por la ciudad vacía con las manos apretadas en el volante y la radio apagada, y no lloró, porque no era de llorar, pero tuvo que parar el coche en un semáforo en rojo de una calle sin nadie y quedarse allí, con el motor al ralentí y la lluvia sobre el techo, hasta que el semáforo se puso verde y luego rojo otra vez sin que ella arrancara, porque acababa de entender, con una claridad que le dolía físicamente, en el pecho, que su vida de antes de aquel martes de noviembre se había terminado y que todavía tenía que ir a casa, meterse en una cama que olía a otro cuerpo y hacer como que no.

Bruno dormía. Se acostó a su lado sin ducharse, cosa que no había hecho nunca, con el olor de Vera todavía en la piel, y se quedó mirando la espalda de aquel hombre bueno al que le estaba a punto de hacer daño, y por primera vez en seis años sintió que era una intrusa en su propia habitación.

Por la mañana, en comisaría, se refugió en el caso como quien se mete debajo de un tejado, y el caso, por suerte, tenía cosas nuevas que darle.

La forense, la doctora Noia, una mujer de sesenta años con gafas colgando de una cadena y un humor negro que a Sabela siempre le había caído bien, la llamó a primera hora para que bajara al depósito.

—Tu ahogada tiene una hermana —dijo la doctora Noia sin levantar la vista del informe, mientras se bajaba las gafas—.

No de sangre. De método. —Le puso delante dos carpetas—.

Icía Barreiro, la tuya. Y esta otra, Amalia Rocha, cuarenta y un años, apareció en el embalse de Fervenza en marzo, la cerró el juzgado como suicidio porque tenía antecedentes de depresión y nadie preguntó más.

Las dos con lo mismo, Randín. Petequias en los ojos, agua en los pulmones, cero alcohol, cero drogas, y una marca igual en la nuca, aquí —se señaló la propia nuca, en la base del cráneo—, una presión de dos dedos, el pulgar en una cervical y el índice en la de al lado, muy concreta, para inmovilizar sin dejar hematoma grande.

La misma mano. Yo no soy policía, pero llevo cuarenta años abriendo gente, y esto lo ha hecho la misma persona, con el mismo gesto, y le ha salido redondo dos veces porque las dos veces lo firmamos como accidente o suicidio. Ya no.

Sabela se llevó las dos carpetas a su mesa y las estudió toda la mañana, la de Icía Barreiro y la de Amalia Rocha, extendidas una al lado de otra bajo el fluorescente que parpadeaba desde antes de Navidad y que nadie arreglaba, y montó con Ferro el corcho en la pared del fondo de la sala común, la fotografía de cada mujer arriba, viva y sonriendo en un antes, y debajo, colgando de chinchetas y de hilo rojo, todo lo que se sabía de cada una, el informe de la doctora Noia, las fotos del levantamiento, los extractos, las llamadas, y se pasaron el día así, los dos de pie delante del corcho con el café enfriándose, buscando el sitio donde las vidas de aquellas dos mujeres que no se conocían de nada se habían tocado sin saberlo, porque a Sabela le habían enseñado hacía años, y ella se lo había enseñado luego a Ferro, que dos muertos no se parecen por cómo mueren, que la manera de morir la elige el asesino, sino por cómo vivían, y que el hilo hay que buscarlo siempre en el antes, no en el después.

Y fue el propio Ferro, que a pesar de la guasa era un buen policía cuando se ponía, cuando se le apagaba la coña y se le encendía esa terquedad callada que gastaba para lo que importaba, quien encontró el hilo que las unía, no de golpe ni por corazonada, sino a la manera aburrida en que se encuentran de verdad las cosas, cruzando papeles hasta que a uno le lloran los ojos, comparando los movimientos de las cuentas de las dos mujeres mes a mes, y una tarde, ya con media comisaría vacía y las luces de la calle encendidas al otro lado de la ventana, Ferro dio un golpecito en la mesa con el boli, de esos secos que a Sabela ya le sonaban a hallazgo, y le puso delante los dos extractos, el de Icía y el de Amalia, con un ingreso marcado en amarillo en cada uno, cantidades distintas, fechas distintas, meses distintos, pero el mismo ordenante en las dos, una sociedad de la que ninguno de los dos había oído hablar en su vida, Crédito Fisterra, S.L.

—Las dos pidieron aquí, jefa —dijo Ferro, y no lo dijo con triunfo, lo dijo casi con cansancio, con la cara del que levanta una piedra sabiendo lo que hay debajo—.

Icía cinco mil, para el local nuevo. Amalia dos mil y pico, un año antes, no pone para qué.

Ni banco, ni caja, ni cooperativa. Una financiera de barrio. Y mira la dirección.

Y era un local en una calle del ensanche, de esas de un solo sentido con los coches aparcados en las dos aceras, un bajo estrecho con la persiana metálica medio bajada a todas horas y un cartel descolorido, sin horario, sin apenas actividad declarada, uno de esos negocios que están abiertos sin estar abiertos y por los que no entra nunca nadie a la vista de todos, y a la mañana siguiente Sabela mandó pedir la ficha de la sociedad, y tardó lo suyo en llegar porque estaba montada con el cuidado de quien no quiere que se le mire dentro, con administradores que eran otras sociedades y esas otras sociedades a nombre de gente que no existía o que existía en una aldea sin cobertura, capas y capas como una cebolla puesta a propósito para que al que la pelara le lloraran los ojos y lo dejara, pero debajo de todas las capas, sosteniendo el papeleo con su firma de administrador único sobre el papel, sin esconderse del todo porque los soberbios nunca se esconden del todo, había un nombre, Amaro Quinteiro Refojos, un hombre de cincuenta y tantos, bien relacionado, con un pie en la cofradía de pescadores de verdad, la de Semana Santa, la respetable, la de las procesiones y las subvenciones y las fotos con el alcalde, y otro pie en algo que no aparecía en ningún registro, algo que se llamaba a sí mismo cofradía también, con guasa de cabrón, y que cobraba lo que prestaba en una moneda que no llevaba la cara del rey.

—Amaro Quinteiro —dijo Ferro, dándole golpecitos a la foto con el boli—. Este sale en las fotos de las cenas del Ayuntamiento, jefa. Le da la mano al alcalde. Como toquemos a este sin tenerlo todo atado, nos comen.

—Pues lo atamos todo —dijo Sabela, y se quedó mirando la cara del hombre en la pantalla, un tipo de aspecto amable, con entradas y una sonrisa de vendedor, y pensó, sin poder evitarlo, en la colonia dulce que Vera había olido en los últimos minutos de Icía Barreiro, y sintió un escalofrío, porque los monstruos, cuando por fin les ves la cara, casi nunca tienen cara de monstruo.

Se quedó hasta tarde aquella noche, con la comisaría vacía y el zumbido del fluorescente por toda compañía, tirando de todo lo que en la red había sobre Amaro Quinteiro Refojos, que era mucho y era bueno, un currículum de ciudadano ejemplar que a otra la habría tranquilizado y que a ella, cuanto más leía, más le apretaba el estómago, pues no hay nada que dé más miedo en un caso de muertos que un sospechoso al que todo el mundo quiere.

Salía en las páginas de sociedad del periódico local con una frecuencia de hombre que se deja querer, entregando un cheque al asilo con una sonrisa de las que salen bien en la foto, cortando la cinta de la nueva rampa de la iglesia, en la foto de familia de la cofradía de pescadores el Domingo de Ramos con la vela del santo al hombro, y salía siempre bien colocado, ni el primero ni el último, en ese segundo plano estudiado de los que saben que el poder de verdad no es el que preside sino el que paga y no aparece pagando.

Había fundado Crédito Fisterra hacía la friolera de veintitantos años, cuando era un don nadie con un despacho de una sola habitación, y desde entonces la sociedad no había dado nunca un beneficio digno de mención en el papel, no había crecido, no había quebrado, se había quedado ahí, quieta, como una cosa que no sirve para lo que dice servir sino para otra cosa, igual que esas tiendas que llevan años abiertas sin que nadie las vea vender nada y una se pregunta de qué viven, salvo que Sabela ya empezaba a saber de qué vivían.

Y no había una sola mancha, ni una denuncia, ni una inspección de Hacienda que hubiera llegado a algo, ni un empleado descontento que hubiera hablado, ni un juicio, nada, un expediente limpio como una patena, y eso, para quien llevaba doce años leyendo expedientes, no era señal de inocencia sino todo lo contrario, ya que la gente honrada de verdad tiene sus roces, sus multas, su pelea con un vecino, su borrón de juventud, y la vida les deja arañazos como se los deja a todo el mundo, pero un expediente demasiado limpio, un hombre sin una sola arruga en veinte años de papeles, es como una mesa a la que le acaban de pasar el paño justo antes de que llegues, que no está limpia porque sí sino porque alguien la ha limpiado deprisa y con motivo, y delata a quien dedica una cantidad de esfuerzo enorme a que no se le vea nada, y ese esfuerzo, esa pulcritud antinatural, ese barrer detrás de sí a cada paso, era en sí mismo la huella, la única, la de un hombre que llevaba media vida sin dejar huellas a base de un trabajo constante y silencioso de borrarlas.

Sabela apagó la pantalla ya de madrugada, se quedó un momento a oscuras con la cara del hombre todavía flotándole en las retinas, la sonrisa fácil, las uñas seguramente limpias, y entendió, antes incluso de tenerlo delante, la clase de pelea que le esperaba, que no iba a ser la de perseguir a un fugitivo por los tejados sino la mucho más callada y más fea de desmontar, pieza a pieza, a un hombre respetable al que la ciudad entera le debía un favor, un cheque o una caldera, y supo, cerrando la comisaría a su espalda y saliendo a la lluvia, que iba a necesitar a Vera más que nunca, porque contra un expediente tan limpio la única prueba que quedaba estaba donde nadie sabía buscarla salvo una lectora de mal genio, dentro de los muertos.