Capítulo 7
Se besaron de pie en medio del salón durante un buen rato, con esa avidez torpe de las primeras veces, chocando los dientes, riéndose bajito contra la boca de la otra, y Sabela, que no había besado a una mujer en su vida, que había llegado a los treinta y cuatro años tan segura de lo que le gustaba que ni se lo había cuestionado nunca, descubrió que besar a Vera no se parecía en nada a lo que conocía, que era más lento y más hondo, que la boca de Vera era suave de una manera que la desarmaba, y que aquello que había estado atribuyendo al orujo, y a la impresión del tanatorio, y al cansancio, era esto, era exactamente esto, y llevaba cuatro días creciéndole por dentro sin permiso.
—Espera —dijo Vera, apartándose un poco, con la respiración agitada y las manos todavía en la cintura de Sabela—. Espera, para. Sabela. ¿Tú has hecho esto antes?
—No —dijo Sabela, y se rió, nerviosa, con la frente apoyada en la de Vera—.
No, nunca. Ni una vez. Ni me lo había planteado.
Yo he estado con hombres toda mi vida, Vera, siempre, y a gusto, no es que me faltara nada ni que llevara treinta y cuatro años tapando algo, es que me gustan los hombres y punto, o me gustaban, o me siguen gustando y además me pasa esto contigo, yo qué sé.
Eso es lo que no entiendo, que no me estoy descubriendo nada, que no soy una que por fin sale del armario, que soy una a la que le has pasado tú por encima, tú en concreto, y solo tú.
—Pues ya somos dos —dijo Vera, y soltó una risa corta, y por primera vez pareció tan perdida como Sabela—.
Que yo tampoco, ¿eh?, no te vayas a creer que esto lo hago los fines de semana.
Yo he tenido novios, dos largos y unos cuantos cortos, todos tíos, y me han gustado, y a gusto también, y en veintinueve años no me había girado una sola vez por la calle a mirar a otra mujer, ni una.
Y de repente apareces tú con tu placa y tu mala hostia a ofrecerme un orujo en un tanatorio y llevo cuatro días sin pegar ojo pensando en tu boca.
Así que no soy una bollera curiosa probando, porque no lo soy, y por eso me acojona tanto, porque si fuera un experimento lo entendería, pero es que no lo es.
Eres tú. La excepción de todo lo que yo creía que era.
Y una no sabe qué coño hacer con una excepción, Sabela, no viene en ningún manual.
—Pues no hagas nada con ella —dijo Sabela, y le buscó otra vez la boca, y le habló contra los labios—. No hay que hacer nada con esto, Vera. Está pasando y ya está.
—Sí que hay que hacer algo, no me vengas con esas —dijo Vera, pero no la soltó, y era ella la que ahora tenía que convencerse a sí misma—.
Porque yo no quiero ser un experimento, ni quiero ser el lío que tuviste una vez con una tarada que hablaba con muertos, ¿vale?
Y menos con alguien que tiene a un tío esperándola en casa. No me hagas eso.
Sabela le cogió la cara con las dos manos y la miró de cerca, tan de cerca que le veía las vetas marrones de los ojos verdes, la cicatriz de la ceja, y habló despacio, con esa firmeza suya de interrogatorio, pero por una vez usada para decir la verdad y no para sacarla.
—No eres un experimento —dijo Sabela—. Ojalá lo fueras, la verdad, sería más fácil.
Llevo cuatro noches sin dormir por ti y hace cuatro días ni sabía que existías.
No sé lo que soy, ni lo que esto significa, ni qué voy a hacer con Bruno, no te voy a mentir, porque de todo eso no tengo ni idea.
Pero sí sé que no me quiero ir de esta casa.
Eso lo tengo clarísimo. Lo demás ya lo iré averiguando.
Y Vera la miró un segundo más, buscándole el engaño, el que sabía encontrar en todo el mundo, y no lo encontró, y entonces fue ella la que la besó esta vez, y la fue llevando de espaldas por el pasillo estrecho, entre los libros, hasta un dormitorio pequeño con la cama sin hacer y la ventana abierta al ruido de la lluvia, y allí se desnudaron la una a la otra sin prisa y con torpeza, riéndose de los botones, de las mangas, de la manera en que Sabela no sabía dónde poner las manos, hasta que dejaron de reírse.
Vera le quitó la camisa y le desabrochó el sujetador, y se quedó un momento mirándola, los dos pechos de Sabela, llenos y duros sobre aquel torso fuerte, en la penumbra, y le pasó las manos por ellos, despacio, con esas manos largas de dedos finos que Sabela llevaba cuatro días sin poder olvidar, y le pellizcó los pezones hasta ponérselos duros, y bajó la boca y se los chupó, uno y luego el otro, y Sabela echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido de sorpresa, porque era distinto, porque la boca de Vera sabía exactamente cuánto apretar y cuándo aflojar, con un conocimiento que solo tiene quien tiene el mismo cuerpo, y esa idea, la de que Vera la tocaba sabiendo lo que ella misma sentía, le puso el vello de punta.
Cayeron sobre la cama enredadas, piel contra piel por fin, sin nada de por medio, y Sabela sintió los pechos de Vera contra los suyos, el vientre, los muslos, todo aquel calor de otra mujer que era a la vez extraño y de una familiaridad que la mareaba, y se besaron largo mientras se recorrían con las manos, aprendiéndose, y Vera fue bajando, besándole el cuello, el esternón, entre los pechos, el vientre que se le contraía a Sabela con cada beso, más abajo, y Sabela, que ya sabía adónde iba, que lo sabía y lo deseaba y le daba un vértigo enorme, le puso una mano en el pelo, no para pararla, sino para no soltarse ella.
—¿Te lo pido o te lo hago? —dijo Vera desde abajo, con la boca ya en la cara interna de un muslo, mirándola por encima del vientre, y lo dijo con una calma de cabrona que a Sabela le dio más vértigo que la propia boca.
—Hazlo —dijo Sabela, y le tembló la voz, y luego le tembló entera—. Cómemelo, joder, hazlo ya.
Y Vera separó los muslos de Sabela con las dos manos, sin ninguna delicadeza, abriéndola bien, y bajó la boca, y la primera pasada de su lengua le arrancó a Sabela un gemido tan largo y tan hondo que ella misma se asustó de oírlo, y se agarró a las sábanas con una mano y al pelo de Vera con la otra, y arqueó la espalda, y Vera la lamió despacio, de abajo arriba, demorándose, dibujando círculos sobre el clítoris con la punta de la lengua y bajando luego a hundirla en ella, alternando, sin prisa, con esa paciencia de quien no tiene ningún sitio mejor donde estar, y Sabela, que estaba acostumbrada a otra cosa, a otro ritmo, a otra manera, se descubrió a sí misma moviendo las caderas contra la boca de Vera, buscándola, restregándose contra ella sin ninguna vergüenza, y se oyó decir cosas que no se había oído decir nunca en voz alta, ahí, así, no pares, joder, no pares, con una voz que no reconoció como suya, y Vera se separó lo justo para hablarle contra la piel mojada, sin dejar de mirarla, «no pensaba parar, guapa, pídemelo otra vez», y volvió a bajar la boca, y Sabela se lo pidió, se lo pidió con todas las letras, sin acordarse ya de que llevaba treinta y cuatro años siendo otra cosa, y cuando Vera le metió dos dedos a la vez que seguía con la lengua, curvándolos hacia dentro, buscándole un punto que Bruno en seis años no había encontrado nunca así, Sabela dejó de pensar del todo, dejó de tener nombre, dejó de tener casa y pareja y caso y culpa, y se quedó reducida a aquello, a la boca y los dedos de una mujer a la que conocía desde hacía cuatro días, y se corrió con una fuerza que la dobló sobre sí misma, en silencio primero, con la boca abierta sin que le saliera el aire, y luego con un grito que no le importó que se oyera, con los muslos apretados alrededor de la cabeza de Vera, temblando entera, durante mucho más rato del que había temblado nunca por nadie.
Después se quedó tumbada boca arriba, jadeando, con el pelo pegado a la frente y el corazón desbocado, y Vera subió por su cuerpo dejando un reguero de besos y se tumbó a su lado, apoyada en un codo, mirándola con una sonrisa que Sabela no le había visto hasta entonces, sin coraza ni ironía, una sonrisa entera.
—Vaya con la inspectora —dijo Vera bajito, apartándole el pelo de la cara, y tenía la boca brillante y no hizo nada por disimularlo—. Para no haberlo hecho nunca en tu vida, has gritado como para que se enterase el barrio entero.
—Cállate, hostia —dijo Sabela, roja, riéndose, tapándose la cara con el brazo, y luego apartó el brazo y miró a Vera, y se puso seria de golpe, porque acababa de darse cuenta de una cosa mientras el corazón se le iba calmando, una cosa que no tenía nada que ver con el sexo y que la asustó mucho más que el sexo—. Vera. No me quiero ir.
—Ya lo has dicho antes —dijo Vera.
—No —dijo Sabela, y le buscó la mano y se la apretó—. Antes lo decía de esta noche. Ahora lo digo de otra manera. Y esa es la que me da miedo.
Vera no contestó enseguida. Se quedó mirándola en la penumbra, con la lluvia entrando por la ventana entreabierta y el rumor del puerto abajo, y le apretó la mano de vuelta, y en su cara había algo que era alegría y era pánico a partes iguales, la cara de quien lleva seis años protegiéndose de todo y acaba de dejar entrar precisamente aquello de lo que no hay manera de protegerse.
—Ya lo sé —dijo Vera al fin, muy bajito—. A mí también.