Capítulo 6
El piso de Vera estaba en lo alto de la ciudad, en una de esas calles empinadas del barrio antiguo desde las que se veía todo el puerto y la ría abriéndose al mar, y era pequeño, con las paredes llenas de estanterías combadas por el peso de los libros, y olía a café y a algo verde, a alguna planta o a alguna hierba que Sabela no supo identificar, y cuando Vera le abrió la puerta descalza, con unos vaqueros viejos y una camiseta ancha, sin la gabardina, sin la coraza, Sabela tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse mirándola más de la cuenta, pues sin toda aquella tela encima Vera era otra, más menuda y más rotunda a la vez, con los brazos desnudos y las clavículas marcadas y una manera de moverse por su propia casa que no tenía nada de la rabia contenida del tanatorio.
—Pasa, y no mires el desorden, que no esperaba a la policía —dijo Vera mientras retiraba una manta de un sillón para que Sabela se sentara—. ¿Café? Del de verdad, no del de máquina de comisaría.
—Café —dijo Sabela, y se sentó, y mientras Vera trasteaba en la cocina abierta que daba al salón, aprovechó para mirar aquella casa que era como un mapa de la persona que la habitaba, los libros de anatomía junto a los de poesía, las velas gastadas, un tocadiscos viejo, y ni una sola foto, en toda la casa, de otra persona, lo cual Sabela registró sin querer registrarlo, con esa parte del cerebro de policía que nunca descansa y que aquella tarde estaba trabajando para un caso que no era el de Icía Barreiro.
Le enseñó el papel en el móvil, la foto del símbolo, el círculo con las tres rayas, y vio cómo Vera, que llegaba con las dos tazas, se quedaba quieta un segundo de más, y dejaba las tazas en la mesa baja con un cuidado excesivo, y se sentaba en el sillón de enfrente muy despacio, y todo eso, el segundo de más, el cuidado, la lentitud, le dijo a Sabela más que cualquier palabra.
—Lo conoces —dijo Sabela.
—Lo conozco —dijo Vera, y cogió su taza con las dos manos, como para calentárselas, aunque no hacía frío—.
Eso es la Cofradía de la Buena Memoria. Suena a hermandad de Semana Santa, ¿verdad?
Pues no lo es. Es dinero. Prestan dinero, mucho, rápido y sin papeles, a gente que no puede pedirlo en un banco, y no cobran solo intereses.
—Bebió, y Sabela vio que le temblaba un poco la taza—.
Cobran en memoria. Tienen lectoras compradas, o forzadas, no lo sé bien, y cuando no puedes pagar con dinero, te sientan en una silla y te sacan recuerdos, los buenos, los que valen, la primera vez que te enamoraste, el día que nació tu hija, y te los quitan, y ya no vuelven.
La gente sale de ahí debiendo menos y siendo menos.
Yo a esa cofradía la conozco porque hace seis años intentaron comprarme a mí.
Sabela dejó la taza en la mesa sin hacer ruido, y por un momento no supo qué decir, porque una parte de ella, la parte de policía racional, quería preguntarle si de verdad se creía todo aquello, y otra parte, la que había visto a Vera hablar con la voz de una muerta en una sala fría, sabía que no era momento de racionalidades, así que se quedó callada, y en ese silencio Vera levantó la vista y la miró, y tenía los ojos brillantes, no de llorar, sino de rabia vieja.
—¿Te ríes? —preguntó Vera—. Los policías se ríen aquí. Es el momento en que se ríen.
—No me río —dijo Sabela, y se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, acortando la distancia entre las dos—.
Te creo. Y me da miedo creerte, si te digo la verdad.
Porque si eso es verdad, entonces Icía Barreiro no es la primera, y no va a ser la última, y yo no tengo ni idea de cómo se investiga algo así.
Vera la miró un rato largo, y algo en su cara se ablandó, se le fue la coraza de golpe, y dejó la taza en la mesa y se pasó las dos manos por el pelo, echándoselo hacia atrás, y cuando volvió a hablar la voz le salió distinta, más baja, casi confesional.
—Se investiga contigo y conmigo, supongo —dijo Vera—.
Que es lo que más miedo me da a mí. —Y se rió, una risa corta, sin ganas—.
Llevo seis años escondida de esta gente, Sabela.
Seis años diciéndole que no a todo, a los juicios, a la policía, a la fama, viviendo aquí arriba con mis libros y mis muertos de alquiler, y ahora apareces tú con una foto en el móvil y me estás pidiendo que me meta justo donde juré no meterme nunca.
Y lo peor es que creo que voy a decir que sí.
Y no sé si es por la chica del puerto o es por ti.
Lo dijo así, sin más, con esa honestidad suya que no avisaba, y se quedó mirando a Sabela con una franqueza que dolía, y en el salón se hizo un silencio distinto a los anteriores, un silencio cargado, y Sabela sintió cómo se le aceleraba el corazón de una manera que no tenía nada que ver con el caso, y supo que tenía que decir algo, cualquier cosa, una broma, una frase de policía, algo que devolviera aquello a terreno seguro, pero no lo dijo, se quedó callada mirando a Vera, mirándole la boca sin darse cuenta de que le miraba la boca, hasta que Vera bajó la vista y soltó el aire y rompió el hechizo ella misma.
—Perdona —dijo Vera—. No debería haber dicho eso. Tú tienes tu vida. Vi el mensaje del corazón que le dejaste a tu... no sé, cuando te sonó el móvil el otro día en el bar. Bruno, ¿no? Se llama Bruno.
—Se llama Bruno —dijo Sabela, y el nombre en su propia boca le sonó lejano, de otra habitación, de otra vida—. Sí.
—Pues eso —dijo Vera, y se levantó a recoger las tazas aunque estaban medio llenas, buscándose una ocupación con las manos—. Céntrate en la chica del puerto, inspectora, que es a lo que has venido.
Pero Sabela no se centró en la chica del puerto.
Se levantó también, y en el espacio pequeño de aquel salón las dos quedaron muy cerca, de pie, con las tazas de por medio, y Sabela le puso una mano en el brazo desnudo a Vera, solo para que se parara, solo para que la mirara, y Vera se paró, y la miró, y ninguna de las dos dijo nada durante un tiempo que a Sabela le pareció larguísimo, con la lluvia otra vez contra los cristales y el puerto entero encendiéndose abajo, y entonces Sabela hizo lo que llevaba cuatro días sin atreverse ni a pensar, se inclinó despacio, dándole a Vera todo el tiempo del mundo para apartarse, y la besó.
Fue un beso suave, casi una pregunta, los labios de Vera fríos al principio del café frío, y Sabela pensó, en el medio segundo antes de que Vera respondiera, que la había cagado, que había cruzado una línea que no tenía vuelta, que aquello lo iba a romper todo, y entonces Vera respondió, le devolvió el beso con una intensidad que desmentía toda la resistencia de antes, le puso una mano en la nuca y la atrajo, y las tazas fueron a parar a la mesa como pudieron, y el beso dejó de ser una pregunta.