Capítulo 5
La mujer del vestido verde tardó cuatro días en tener nombre, y se lo dio, al final, no la ciencia sino un pendiente, pues la perla que le quedaba resultó ser de una joyería del centro que llevaba un registro cuidadoso de sus encargos, y así fue como Sabela se enteró de que se llamaba Icía Barreiro, treinta y dos años, esteticista con salón propio en la calle del Sol, soltera, sin hijos, sin antecedentes, sin más deudas oficiales que la hipoteca del local, una mujer, en el papel, perfectamente normal, de esas que aparecen sonriendo en las fotos de las bodas de sus amigas y a las que nadie imagina boca abajo en el agua fría de un puerto a las cinco de la mañana.
Cuando Sabela fue a su piso con la orden de registro, encontró una casa ordenada, plantas cuidadas, un armario lleno de ropa cara para lo que ganaba una esteticista, y en el cajón de la mesilla, debajo de un montón de facturas, un sobre con tres mil euros en billetes de cincuenta y un papel doblado en cuatro, sin membrete, con una sola línea escrita a mano con letra apretada, «segundo aviso, la cofradía no espera», y debajo un símbolo dibujado a bolígrafo, un círculo con tres rayas dentro, como una mano abierta a la que le faltaran dos dedos.
Sabela fotografió el papel con el móvil y se quedó mirándolo un rato largo, de pie en medio de aquel salón que olía a cerrado y a tierra de macetas, y aunque le costaba admitirlo, lo primero que pensó, antes que en la comisaría, antes que en el juez, fue en Vera, en enseñarle aquel símbolo, en ver qué cara ponía, y esa urgencia de compartirlo con ella y no con otro, esa urgencia que nada tenía que ver con el protocolo, la puso en guardia consigo misma, aunque no lo bastante como para no coger el teléfono nada más salir del portal.
—Meis —dijo Vera al descolgar, con la voz de quien no espera nada bueno de una llamada.
—Soy Sabela. Randín —añadió, y se sintió idiota por el apellido, como si Vera conociera a muchas Sabelas—. Tengo el nombre de la del puerto. Y he encontrado una cosa en su casa que quiero que veas. No un cuerpo, un papel. ¿Puedes?
Hubo un silencio al otro lado, uno de esos silencios que no son duda sino cálculo, y después Vera soltó el aire despacio, como si le fastidiara la respuesta antes de darla.
—¿Tienes orden para lo del papel o me vas a meter en un lío otra vez? —dijo Vera.
—El papel no necesita orden, Vera, es un papel, lo puede ver cualquiera —dijo Sabela, y por primera vez desde el tanatorio se le escapó algo parecido a una sonrisa—. La orden es para los muertos. Esto es para los vivos.
—Menudo consuelo —dijo Vera, y colgó, pero antes de colgar le mandó, sin decírselo, su dirección por mensaje, y Sabela se quedó mirando el globo azul en la pantalla y supo que aquello, ir a casa de Vera Meis en vez de citarla en comisaría, era una línea, una de esas líneas finas que uno cruza sin darse cuenta de que las cruza, y la cruzó igual.