La ultima memoria Capítulo 4
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Capítulo 4

Bruno había hecho la cena, y eso, en la economía sentimental de la casa, quería decir algo, pues Bruno era arquitecto, trabajaba doce horas y no solía tener ni ganas ni tiempo de ponerse delante de los fogones, así que cuando Sabela abrió la puerta y le llegó el olor a ajo y a vino blanco desde la cocina, sintió a la vez una punzada de cariño y otra de culpa, ya que ella venía de un tanatorio, de un bar y de mirar demasiado rato las manos de una desconocida, y él venía de acordarse de que existía y de picar cebolla para ella.

—Ya pensaba que dormías en comisaría otra vez —dijo Bruno desde la cocina, con el trapo al hombro, y se acercó a darle un beso que ella recibió con la cara todavía fría de la calle—. ¿Muy chungo lo del puerto?

—Una mujer joven —dijo Sabela mientras se quitaba el abrigo—. Ahogada. Pero no ahogada de caerse, ahogada de que la ahoguen. Todavía no sabemos ni quién es.

—Joder —dijo Bruno, y volvió a los fogones—. ¿Y comes algo o no tienes cuerpo?

—Como —dijo ella, aunque no tenía hambre, porque comer con él era una de esas cosas que sostenían lo que quedaba, y Sabela sabía cuándo había que sostener.

Cenaron en la mesa pequeña de la cocina, con la tele de fondo sin volumen, y Bruno le contó lo de su obra, el cliente que quería mover un tabique de sitio a estas alturas, el aparejador que no daba una, y ella lo escuchó y se rió donde tocaba y le hizo las preguntas que él esperaba, y estuvo bien, estuvo cómodo, estuvo como estaban ellos desde hacía un tiempo, que era bien pero sin filo, cómodo pero sin sobresalto, dos personas que se querían de verdad y que habían dejado, sin decírselo, de desearse con urgencia.

Y sin embargo aquella noche, cuando se acostaron y Bruno la buscó por debajo de la sábana, con la mano tibia subiéndole por el muslo y la boca en su cuello, Sabela le respondió con una intensidad que a él lo pilló por sorpresa y que a ella la pilló más, porque no era por él, o no solo, y esa fue la parte que Sabela decidió no mirar mientras se giraba hacia Bruno en la oscuridad y dejaba que la desnudara.

Él la besó despacio al principio, como besaba siempre, con esa seguridad tranquila de quien conoce un cuerpo de memoria, y le subió la camiseta por encima de la cabeza y se quedó un momento con los dos pechos en las manos, sopesándolos, pasándole los pulgares por los pezones hasta que se le pusieron duros, y bajó la boca a ellos, uno y luego el otro, chupando, tirando suave con los labios, y Sabela cerró los ojos y arqueó la espalda contra la almohada y se dejó hacer, y notó cómo él le bajaba la mano por el vientre, por debajo del elástico de la ropa interior, y le separaba los muslos con la rodilla, y la encontró ya húmeda, más húmeda de lo que ella habría querido explicar, y Bruno soltó una risa baja contra su pecho.

—Vaya —dijo Bruno, hablándole contra el pecho sin levantar la cabeza—. Alguien tenía ganas.

Sabela no contestó, porque no habría sabido qué contestar sin mentir, así que en vez de hablar le buscó la boca y lo besó con fuerza, y le clavó los dedos en la espalda, y separó más las piernas, y Bruno la acarició con dos dedos, despacio, arriba y abajo, dibujando círculos sobre el clítoris con esa paciencia que ella le había enseñado a lo largo de los años, y Sabela empezó a mover las caderas contra su mano, buscándolo, y cuando él por fin le metió los dedos, dos, hundiéndolos despacio hasta el fondo, ella soltó un gemido largo contra su hombro y le mordió la piel para no gemir más alto.

Estuvo así un rato, él encima, la mano trabajándola con ese ritmo que se sabía, la boca en su cuello, y Sabela se dejó llevar, pero por detrás de los párpados cerrados, en ese lugar donde uno no manda del todo, no había una habitación oscura ni la cara de Bruno, sino unos ojos verdes con vetas marrones y unas manos largas de dedos finos sosteniéndola por los brazos en una sala fría, y Sabela apretó los ojos más fuerte, como si así pudiera borrarlo, y se corrió de repente, antes de lo que esperaba, con una fuerza que la dejó temblando y avergonzada a partes iguales, mordiéndose el labio, agarrada a la espalda de un hombre mientras pensaba, sin querer, en otra persona.

Después Bruno se colocó entre sus piernas y entró en ella despacio, y estuvo bien, estuvo cálido y conocido y suave, y ella lo rodeó con las piernas y siguió sus embestidas y le acarició el pelo y le dijo al oído las cosas que se dicen, y él terminó con un gemido ahogado contra su cuello y se quedó quieto encima, pesado y feliz, y Sabela le acarició la espalda sudada mirando el techo en la oscuridad, con esa lucidez incómoda que llega justo después, y pensó que acababa de hacer el amor con el hombre con el que llevaba seis años y que, por primera vez en seis años, había estado en otra parte.

—Te quiero —dijo Bruno medio dormido, rodando hacia su lado de la cama, buscándole la mano.

—Y yo —dijo Sabela, y era verdad, y esa era justo la parte que más la asustaba, que fuera verdad y que aun así no bastara.

Se quedó despierta mucho rato, escuchando la respiración de Bruno volverse lenta y profunda, y la lluvia contra la ventana, y en algún momento, ya de madrugada, cogió el móvil de la mesilla con cuidado de no hacer luz, y buscó el número que se había guardado por la tarde, «Vera Meis - lectora», y se quedó mirándolo un rato largo, sin escribir nada, con el pulgar sobre la pantalla, hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesilla, y se dijo, con esa firmeza con la que uno se miente a las cuatro de la mañana, que era solo el caso, que era solo la impresión de la tarde, que mañana lo vería de otra manera.

Pero no lo vio de otra manera. Lo empezó a ver, de hecho, cada vez de una manera peor, o mejor, según cómo se mire, según quién lo cuente, según si al final de todo esto lo cuenta Sabela, o lo cuenta Vera, o no lo cuenta ya nadie.