Capítulo 3
El bar al que fueron estaba a dos calles del hospital, uno de esos sitios de toda la vida con la barra de formica y el suelo de serrín y un futbolín arrinconado que ya nadie tocaba, y a esas horas estaba casi vacío, solo un par de jubilados con el vino y el dominó al fondo, así que se sentaron en una mesa junto a la ventana empañada, y Sabela pidió dos cafés y, tras mirar a Vera, dos orujos, y el camarero se los puso sin comentarios, con esa discreción de los bares viejos que han visto de todo.
—No suelo hacer esto —dijo Sabela mientras removía el café que no pensaba beberse—. Lo de las lectoras. Nunca me lo había creído, la verdad.
—Nadie se lo cree hasta que lo ve —dijo Vera, y se bebió el orujo de un trago, y cerró los ojos un momento mientras el calor le bajaba—.
Y luego, cuando lo ve, preferiría no habérselo creído.
Es más cómodo pensar que estoy loca o que soy una estafadora.
A mí me lo pusieron fácil durante años, todos preferían eso.
—Se sirvió del vaso de agua, bebió, y miró a Sabela por encima del borde—.
Usted no ha preferido eso. Usted me ha sujetado cuando me iba a caer.
Eso no lo hace casi nadie. La mayoría se aparta, les da asco, o miedo, no sé.
—No me ha dado asco —dijo Sabela, y era verdad, y le sorprendió lo verdad que era.
Se quedaron un rato calladas, con la lluvia repiqueteando ahora sí, ya de lleno, contra el cristal, y Sabela aprovechó para mirarla de verdad, ahora que la tenía enfrente y con luz cálida y no con la de nevera del tanatorio, y se dio cuenta de que Vera Meis tenía los ojos verdes, de un verde con vetas marrones cerca de la pupila, y una cicatriz pequeña que le partía la ceja izquierda, y las manos largas, de dedos finos, con las uñas cortas y sin pintar, unas manos que acababan de sostener a una muerta y de robarle sus últimos minutos, y Sabela pensó que era absurdo que unas manos así, que hacían aquello, fueran tan bonitas, y enseguida se dijo que en qué estaba pensando, que tenía treinta y cuatro años y una pareja en casa y un cadáver sin identificar, y que no eran horas de fijarse en las manos de nadie.
—¿Cómo empezó? —preguntó Sabela, más por apartar sus propios pensamientos que por otra cosa—. Lo de leer.
—A los quince —dijo Vera, y giró el vaso vacío sobre la mesa, despacio—.
Se me murió mi abuela en casa, en su cama, y yo estaba sola con ella, y le cogí la mano, como se le coge la mano a una abuela muerta, para despedirme, y de repente...
—chasqueó los dedos— estaba yo dentro de ella.
Vi su cocina de cuando era joven. Vi a un hombre que no era mi abuelo.
Vi cosas que una nieta no debería ver de su abuela.
Y salí de allí gritando, y mi madre pensó que me había vuelto loca de la pena, y a lo mejor un poco sí.
—Levantó la vista—. No es un don, inspectora, por si se lo estaba preguntando.
Es una avería. Yo no elegí esto. Nadie que lo tenga lo elegiría.
—¿Y solo funciona con muertos? —preguntó Sabela, y lo preguntó como preguntan los policías, buscando el borde de las cosas, dónde acaba lo que se puede y empieza lo que no.
—Con muertos sin pedir permiso, sí, pues un muerto no se resiste —dijo Vera, y lo dijo con la naturalidad de quien recita algo que le enseñaron de cría, aunque Sabela notó que se había puesto a mirar el vaso vacío en vez de mirarla a ella—.
Un vivo, en cambio, te cierra la puerta sin saber que la cierra, y por mucho que le cojas la mano no entras, que la cabeza de una persona despierta es una casa con el cerrojo echado.
Así que a un vivo solo se le lee si él quiere, o si no puede querer nada.
—Explícame eso último —dijo Sabela.
—Sedado —dijo Vera, y ahora sí levantó la vista, y en la cara se le había puesto una cosa nueva, más dura—.
Dormido del todo, quiero decir, que un vivo dormido es, para la mano, exactamente igual que un muerto.
Se entra igual de fácil. Y una vez dentro, no solo se mira, Sabela, esa es la parte que la gente no sabe y que a mí me enseñaron a los dieciséis para que supiera lo que jamás tenía que hacer.
Se puede coger. Sacar un recuerdo y llevártelo puesto, y al otro no le queda.
Y se puede dar, también, ponérselo a otro con la mano, pasarlo como se pasa un catarro.
—Se sirvió agua, bebió, dejó el vaso—. Eso no lo hace nadie.
Eso lleva sin hacerse toda la vida, que es de las cosas que las viejas del registro cuentan en voz baja para meterte miedo, como los cuentos de lobos.
Nadie con dos dedos de frente le mete la mano en la cabeza a una persona dormida.
—Sabela —dijo Sabela.
—¿Qué?
—Que me llamo Sabela. Si vamos a beber orujo a las siete de la tarde, me puedes llamar Sabela.
Vera la miró, y otra vez aquella media sonrisa torcida, y algo se aflojó en la mesa, entre las dos, una tensión que Sabela no había notado hasta que dejó de estar.
—Vale, Sabela —dijo Vera, y su nombre en la boca de aquella mujer sonó distinto, más largo, y Sabela sintió una cosa tonta en el pecho que se apresuró a atribuir al orujo—.
Pues ya que estamos, te voy a decir una cosa que no le digo a los policías, porque los policías se creen que trabajan conmigo cuando en realidad me usan y me tiran, como un guante.
Esa mujer de ahí dentro, la del vestido verde, no era una cualquiera.
Y no te lo digo por lo que vi en la mesa, que en la mesa no había más que una muerta desnuda como todas, te lo digo por lo que vi desde dentro, que es distinto, pues cuando entras en una así te llegan también las cosas pequeñas, y esa mujer, en el agua, con lo que tenía encima, todavía pensaba en el pendiente que se le había soltado, y no era un pendiente de mercadillo, era una perla, y una no se acuerda de una perla mientras se ahoga si no le ha costado un dinero.
Y le pedían dinero, y ella lo tenía, o decía que lo tenía.
Eso no es una pelea de pareja que acaba mal.
Eso es otra cosa. Y esa otra cosa, por mi experiencia, no viene sola.
Cuando empiezan a aparecer mujeres guapas y bien vestidas en el agua pidiendo perdón por un dinero que deben, detrás hay siempre alguien cobrando. Y ese alguien no para en una.
Sabela la escuchó sin interrumpir, con el café ya frío del todo entre las manos, y supo que Vera tenía razón, lo supo con esa certeza de las tripas que no necesita pruebas, y supo también, aunque eso no se lo dijo, que iba a necesitar a aquella mujer mucho más de lo que le convenía, no solo para el caso, y esa segunda parte del pensamiento la asustó lo suficiente como para dejarla enterrada, de momento, bajo el ruido de la lluvia y el olor a orujo y serrín.
—¿Me vas a ayudar con esto? —preguntó Sabela.
—No lo sé —dijo Vera con sinceridad—. Depende de si me tratas como a una persona o como a un guante.
—Cogió la gabardina del respaldo y se levantó, y ya de pie, con la prenda a medio poner, se quedó un momento mirando a Sabela desde arriba, con una expresión difícil de leer—.
Tienes mi teléfono. Llámame tú, no que me llame un subinspector.
Y trae la orden del juez cada vez, que yo con la ley no juego, bastante mala fama tengo ya.
—Se subió el cuello de la gabardina y echó a andar hacia la puerta, y justo antes de salir, se volvió—. Gracias por el orujo, Sabela.
Y salió a la lluvia, y Sabela se quedó sola en la mesa, con dos cafés fríos y dos vasos vacíos, mirando cómo la figura de Vera Meis se difuminaba tras el cristal empañado calle abajo, y tardó más de lo que le habría gustado admitir en levantarse y volver a casa, donde la esperaba Bruno, y la cena, y su vida de siempre, esa que hasta aquella tarde le había parecido suficiente.