Capítulo 2
El registro de lectoras de la provincia era un archivo de treinta y siete nombres, la mayoría de ellos con la casilla de «no ejerce» marcada en rojo, y de los pocos que quedaban activos, solo tres aceptaban colaborar con la policía, y de esos tres, dos estaban de baja permanente por lo que el informe llamaba con pudor «desgaste», así que en la práctica, cuando Sabela llegó a mediodía a su despacho con el café frío olvidado en la mano, el registro se reducía a un solo nombre, Vera Meis, veintinueve años, licencia en vigor, dirección en el barrio alto de la ciudad, y una fotografía de carné en la que salía seria, con el pelo recogido y una expresión de estar deseando que aquello acabara.
Sabela había oído hablar de ella. En el cuerpo todo el mundo había oído hablar de Vera Meis, aunque casi nadie la hubiera visto, pues era la lectora que había resuelto el caso del incendio del pazo tres años atrás, cuando ni las cámaras ni los peritos habían sacado nada en claro y ella, según contaban, había tocado al portero calcinado y había salido de la sala pálida como la cera diciendo un nombre, y el nombre había resultado ser el bueno.
También contaban otras cosas, que cobraba una fortuna, que estaba medio loca, que tenía mal genio, que a un fiscal de Ourense lo había mandado a la mierda en pleno juicio, y Sabela no sabía cuánto de todo aquello era verdad y cuánto era el ruido que la gente inventa alrededor de lo que no entiende, pero le daba igual, ya que no necesitaba que le cayera bien, necesitaba que tocara a la mujer del vestido verde y le dijera qué había pasado.
La citó para las seis de la tarde en el tanatorio del hospital, donde tenían el cuerpo, y a las seis menos cinco, cuando Sabela ya estaba allí de pie en el pasillo de baldosa fría, con las manos en los bolsillos y el informe preliminar del forense doblado bajo el brazo, la vio llegar por el fondo del corredor, y lo primero que pensó, contra su voluntad, contra toda la seriedad que se había puesto encima como un abrigo, fue que la foto de carné no le hacía justicia.
Vera Meis era más alta de lo que esperaba, y caminaba con una especie de rabia contenida en los hombros, con las manos metidas en los bolsillos de una gabardina gris demasiado grande para ella, y llevaba el pelo suelto, castaño oscuro, mojado por la lluvia de fuera, y tenía una cara que no se decidía entre lo guapo y lo áspero, con los pómulos altos y la boca ancha y los ojos de un color que Sabela no supo nombrar bajo aquella luz de fluorescente, y aunque la gabardina lo tapaba casi todo, había algo en la manera en que la tela se le tensaba al andar, en las caderas, en el pecho, que Sabela registró en un cuarto de segundo y descartó enseguida, porque ella no miraba a las mujeres así, nunca lo había hecho, y no era momento de empezar delante de un cadáver.
—¿Inspectora Randín? —dijo Vera, y se paró a un metro, sin sacar las manos de los bolsillos, sin ofrecer la mano.
—Sí. Gracias por venir tan rápido —dijo Sabela.
—No he venido rápido, he venido porque el juez firmó la orden y si no vengo me multan —dijo Vera, y lo dijo sin agresividad, casi con cansancio, como quien recita una condición que ya no discute—. No es lo mismo. ¿Dónde está?
Sabela la miró un segundo de más, no por lo que había dicho, sino por cómo lo había dicho, con esa honestidad seca que a ella, que se pasaba el día rodeada de gente que mentía por deporte, le resultó casi un descanso, y sin contestar señaló con la barbilla la puerta doble de la sala de al lado, y echó a andar, y Vera la siguió arrastrando un poco los pies, como si a cada paso pesara más.
La sala estaba fría a propósito, con esa frialdad de nevera que se te mete en los huesos, y el cuerpo de la mujer del vestido verde estaba ahora bajo una sábana blanca sobre la mesa de acero, sin el vestido, sin el pendiente de perla, reducido a lo que reduce la muerte a cualquiera, y Vera se quedó parada en el umbral un momento largo, mirándolo desde lejos, y Sabela vio cómo tragaba saliva, cómo se le tensaba la mandíbula, y por primera vez le pareció que aquella mujer no estaba haciendo teatro, que fuera lo que fuera lo que iba a hacer, le costaba de verdad.
—Necesito que salga todo el mundo —dijo Vera sin apartar la vista de la mesa—. Menos usted, si quiere quedarse. Pero los demás fuera. Y silencio. No me hable mientras lo hago, pase lo que pase, aunque me caiga, aunque grite. ¿Entendido?
—¿Grita? —preguntó Sabela.
—A veces —dijo Vera, y por fin la miró, y en esa mirada había un aviso—. No siempre sale limpio, inspectora. Usted quería una lectora. Esto es una lectora. No es un truco de feria.
Sabela hizo salir a Ferro y al celador con un gesto, y se quedaron las dos solas con la muerta y el zumbido de los fluorescentes, y Vera se quitó la gabardina despacio, la dobló sobre una silla, y debajo llevaba un jersey fino de lana oscura que le marcaba el cuerpo mucho más de lo que la gabardina dejaba adivinar, y Sabela apartó la vista hacia el informe que ya se sabía de memoria, molesta consigo misma, y cuando volvió a levantarla, Vera ya se había acercado a la mesa y había apartado la sábana lo justo para dejar al descubierto una mano y un antebrazo de la muerta.
—¿Sabe cómo se llamaba? —preguntó Vera en voz baja.
—No. Todavía no hemos podido identificarla —dijo Sabela.
—Mejor —dijo Vera—. Así no me hago ideas.
Y le cogió la mano al cadáver.
Lo que pasó después Sabela lo recordaría durante mucho tiempo, no por espectacular, sino por lo contrario, por lo silencioso, pues Vera cerró los ojos y durante casi un minuto no ocurrió nada, absolutamente nada, solo el zumbido y la respiración de las dos, hasta que a Vera empezó a temblarle el labio inferior, primero apenas, después más, y se le llenaron los ojos de lágrimas que no llegó a soltar, y de pronto tomó una bocanada de aire como quien sale de debajo del agua, y encogió los dedos alrededor de la mano muerta, y empezó a hablar, pero no con su voz, o no del todo, sino con una voz más aguda, más joven, entrecortada, una voz que no era la suya y que a Sabela le puso los pelos de la nuca de punta.
—Está oscuro —dijo Vera con aquella voz que no era la suya—.
Hay ruido de agua. Alguien... alguien me sujeta del pelo.
No veo quién. Huele a tabaco y a algo dulce, a colonia dulce.
Me está diciendo... me está diciendo que no grite, que si grito es peor.
Tengo frío. Tengo mucho frío en los pies.
Hay una luz roja arriba, una luz roja que parpadea, como una grúa.
No quiero. No quiero. Le digo que tengo el dinero, que se lo doy, que lo tengo en...
—y aquí la voz se quebró, y Vera dobló el cuerpo hacia delante como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, y soltó un gemido largo, animal, y Sabela tuvo que agarrarse al borde de la mesa para no romper la orden de no tocarla, de no hablarle—.
Frío. El agua está muy fría. No sé nadar. Mamá. No sé nadar, mamá.
Y se calló de golpe.
Vera abrió los ojos, soltó la mano del cadáver como si quemara, retrocedió dos pasos tambaleándose, chocó con la silla donde había dejado la gabardina y estuvo a punto de caerse, pero Sabela ya estaba allí, había cruzado la sala sin darse cuenta, y la sujetó por los brazos, y notó que Vera temblaba de arriba abajo, empapada en un sudor frío, la cara blanca, los ojos desorbitados, y por un instante las dos se quedaron así, muy cerca, la una sosteniendo a la otra, la respiración de Vera entrecortada contra el cuello de Sabela, y Sabela sintió el cuerpo de aquella mujer temblando contra el suyo y no supo qué hacer con eso, con el temblor, con la cercanía, con la manera en que Vera se agarró a su brazo con los dedos clavados como si fuera lo único sólido en toda la sala.
—Ya está —dijo Sabela bajito, sin soltarla—. Ya está. Se acabó.
—No se ha acabado —dijo Vera con la voz rota, todavía temblando—.
Para ella no se ha acabado nunca. —Y entonces se apartó, despacio, se enderezó, se pasó las dos manos por la cara y por el pelo, y cuando volvió a hablar era otra vez ella, la de la gabardina, la del mal genio, aunque con la voz aún ronca—.
La ahogaron, inspectora. No se cayó. Alguien la sujetó y la metió en el agua.
Había una grúa cerca, con luz roja. Y le pedían dinero.
Eso es lo que hay. No le puedo dar una cara porque ella no la vio, estaba de espaldas todo el rato, pero le puedo decir que no fue un accidente, y le puedo decir que quien lo hizo olía a colonia dulce y fumaba, y que no era la primera vez que lo hacía, porque sabía cómo sujetarla para que no se defendiera.
Sabela se quedó mirándola, con el informe olvidado en el suelo, donde se le había caído sin que se diera cuenta, y por primera vez en muchos años sintió que el suelo firme de lo que ella creía posible se movía un poco bajo sus pies, y no supo si lo que sentía era miedo, o respeto, o algo más incómodo todavía que prefirió no mirar de frente.
—¿Le apetece un café? —dijo Sabela, y le salió sin pensar, y le pareció la frase más idiota del mundo nada más soltarla.
Vera la miró, y por primera vez en toda la tarde, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara, cansada, torcida, pero una sonrisa.
—Me apetece algo más fuerte que un café, inspectora —dijo Vera mientras recogía la gabardina del suelo—. Pero acepto el café si invita usted.