La ultima memoria Capítulo 1
2%
La ultima memoria

La ultima memoria

Por P.J. Pan

© inepub.com

Capítulo 1

Cuando el mar devuelve un cuerpo, lo devuelve siempre a deshora, de madrugada o al filo del amanecer, como si tuviera el pudor de no hacerlo delante de la gente, y aquel martes de noviembre no fue distinto, pues el aviso entró en la comisaría de Arnela a las seis y cuarto de la mañana, con la ciudad todavía dormida bajo una lluvia fina que no llegaba a caer del todo, sino que flotaba, se quedaba pegada a las farolas y a las grúas del puerto como una respiración.

La inspectora Sabela Randín llevaba despierta desde las cinco, no por trabajo sino por costumbre, esa costumbre absurda que arrastraba desde niña de abrir los ojos antes que nadie y quedarse mirando el techo, y por eso cuando sonó el teléfono ya estaba vestida a medias, con una pierna dentro del pantalón y el pelo aún revuelto de la almohada, así que no tuvo ni que fingir voz de recién despierta cuando descolgó y escuchó la voz cansada del subinspector Ferro al otro lado.

—Randín, tenemos una en el muelle de los pescadores —dijo Ferro mientras se oía de fondo el motor de un coche—. Mujer, joven, la sacaron los de la lonja hace media hora. No lleva ni una hora en el agua, dicen, aunque yo qué sé, eso lo dirá el forense.

—Voy —dijo Sabela, y colgó sin más, porque con Ferro las conversaciones sobraban, y ese era uno de los pocos lujos que le quedaban a esas horas.

Se terminó de vestir en la penumbra para no despertar a Bruno, que dormía boca abajo con un brazo colgando fuera de la cama, la sábana enredada en las piernas, y durante un segundo se quedó mirándolo, la espalda ancha subiendo y bajando despacio, el tatuaje difuso del omóplato que ella ya no veía de tanto verlo, y sintió esa mezcla tibia de cariño y distancia que últimamente la acompañaba a todas partes, como quien lleva una piedra pequeña en el bolsillo y se olvida de ella hasta que mete la mano.

No lo despertó. Le dejó una nota en la encimera de la cocina, «me llaman, un cuerpo en el puerto, no sé a qué hora vuelvo», y por debajo, casi sin pensarlo, dibujó un corazón torpe que enseguida le pareció una cursilería impropia de las seis de la mañana, pero ya estaba hecho y no iba a arrancar la hoja por eso.

La ciudad de Arnela a esas horas era otra cosa, una versión de sí misma sin maquillar, con las persianas de los bares echadas y los primeros camiones de reparto maniobrando marcha atrás por las callejas del casco viejo, y Sabela la cruzó en su coche con la calefacción a tope y la radio apagada, bajando hacia el puerto por la cuesta empedrada que resbalaba con la humedad, hasta que las luces azules de los dos coches patrulla le indicaron el sitio antes que ningún cartel.

Aparcó torcida, medio subida a la acera, y salió abrochándose el abrigo contra el viento que venía del agua cargado de olor a diésel y a algas podridas, ese olor del puerto que ya no le daba ni asco ni nostalgia, simplemente le decía dónde estaba.

El cuerpo estaba tapado con una manta térmica dorada que el viento intentaba levantar, y a su alrededor se habían juntado los de la lonja con sus botas de goma y sus manos rojas de frío, apartados unos metros, hablando bajo, y Ferro estaba en cuclillas al lado, con el café de máquina humeándole entre los dedos, y levantó la vista cuando la vio llegar.

—Buenos días, jefa —dijo Ferro, y se incorporó con un crujido de rodillas—.

Poca cosa hasta que lleguen los del juzgado.

Mujer joven, treinta y pocos como mucho, bien vestida, no parece de las que duermen en la calle.

No lleva bolso, ni cartera, ni móvil, nada.

Los de la lonja la engancharon con el bichero pensando que era una boya.

Sabela se agachó junto a la manta y la retiró lo justo, con dos dedos, para verle la cara, y lo que vio la obligó a quedarse quieta más tiempo del que la costumbre le pedía, pues era una mujer guapa, de una guapura que ni el agua ni la muerte le habían borrado del todo, con el pelo oscuro pegado a las mejillas y una boca todavía entreabierta como si fuera a decir algo, y llevaba un vestido de buena tela, verde botella, arremangado por el agua a la altura de los muslos, y un solo pendiente, una perla, porque el otro debía de habérselo tragado el mar.

No tenía marcas visibles en el cuello. No tenía golpes en la cara.

Estaba, para lo que era, casi entera, y eso a Sabela nunca le gustaba, pues un cuerpo demasiado entero es como una casa demasiado ordenada, que da mala espina justo por lo que no se ve, ya que lo que no enseña por fuera es siempre lo que lo esconde por dentro.

—¿La reconoce alguien? —preguntó Sabela sin levantarse.

—Nadie de aquí —dijo Ferro—. Y estos se conocen todos, así que si fuera del barrio ya lo sabríamos.

Se quedó mirándola un rato más, la mujer del vestido verde, y tuvo una de esas corazonadas que no se apoyan en nada y que ella había aprendido a no despreciar, la corazonada de que aquello no iba a ser un ahogamiento tonto, ni un salto desde el espigón, ni una borrachera con mal final, sino algo que iba a tenerla despierta muchas madrugadas más, y por eso, cuando el subinspector le preguntó si avisaba al forense de guardia y nada más, Sabela dudó, y en esa duda estaba ya, sin saberlo del todo, la decisión que le iba a cambiar la vida.

—Avisa al forense —dijo Sabela por fin, y se levantó sacudiéndose la humedad de las rodillas—. Y busca el número de la lectora.

Ferro la miró como si le hubiera pedido que buscara el número de una pitonisa, con esa mueca a medio camino entre la incredulidad y la burla que ponían casi todos en el cuerpo cuando salía el tema, pues en la comisaría de Arnela las lectoras eran una cosa de la que se hablaba en voz baja, entre risas o entre desprecio según quién, como se habla de una gotera que lleva años sin arreglarse porque nadie quiere pagar la factura, y desde luego no una cosa que una inspectora con la carrera limpia pidiera a las seis y media de la mañana delante de media lonja.

—¿La lectora, jefa? —dijo Ferro, y bajó la voz sin darse cuenta—. ¿La del registro? Con lo que cuesta que el juez lo autorice, y encima esta gente...

—Búscala —dijo Sabela, y no lo dijo fuerte, pero lo dijo de una manera que Ferro conocía y que no admitía segundas—. Que la avisen de que igual la necesitamos. Ya me peleo yo con el juez.

No supo explicarse a sí misma por qué lo pedía, ni siquiera creía del todo en aquello, en esa gente que decía poder tocar a un muerto y ver sus últimos minutos como quien mira una película rayada, pero la mujer del vestido verde le había entrado por algún sitio, por debajo del escepticismo, y Sabela había aprendido con los años que las corazonadas no se discuten a esa hora, se obedecen, y ya se avergüenza uno después si toca.

Volvió a tapar la cara del cuerpo con cuidado, casi con delicadeza, como si aún se le pudiera hacer daño, y se quedó de pie frente al mar, que a esas horas era una masa negra sin horizonte, mientras la lluvia que no acababa de caer le mojaba despacio el pelo y el cuello del abrigo, y pensó, sin querer pensarlo, que aquella mujer tenía casi su edad, y su mismo pelo oscuro, y que a nadie parecía faltarle todavía.