Capítulo 27 #10
Y después, todavía riéndose, todavía temblándole los muslos, Sabela tiró de Vera hacia arriba y la hizo tumbarse a su lado, y le pasó una pierna por encima como había aprendido a hacer en otra cama y en otra ciudad y con mucho más miedo encima, y se buscaron, y se encontraron, y se quedaron encajadas la una contra la otra, abiertas, coño con coño, mojadas las dos hasta la ingle, y esta vez no había prisa ninguna ni había nada de lo que huir, así que no se lanzaron, sino que se quedaron quietas un momento, sintiéndose solo, aquel calor resbaladizo y descarado que era lo más de dentro de cada una tocando lo más de dentro de la otra sin ninguna intermediaria, y Vera se echó a reír bajito contra su boca, y Sabela también, y luego empezaron a moverse, despacio, mirándose a los ojos a un palmo bajo la luz de la luna, buscándose el clítoris la una a la otra con el roce, parando, riéndose, volviendo, y era lento y era guarro y era tan tonto y tan feliz que a Sabela se le llenaron los ojos, y Vera se lo notó y no dijo nada de eso, dijo «más fuerte, anda», y Sabela apretó más fuerte, y el catre de hierro empezó a quejarse debajo de las dos con un chirrido escandaloso que a esas alturas ya les daba exactamente igual, y se fueron moviendo juntas, encontrando el paso, resbalando la una sobre la otra sin ninguna elegancia y con toda la calma del mundo, con el río llenando el cuarto por la ventana abierta y el grillo dale que dale y el olor a higuera entrando con el aire fresco, y se corrieron así, encajadas, casi a la vez, sin gritar apenas, mirándose, aguantándose la mirada hasta el final como no se la habían aguantado nunca.
Y Vera se dejó caer de espaldas, y estiró un brazo, y Sabela se le acurrucó encima, las dos sudadas y muertas de risa y muertas de gusto en aquel catre imposible, y se quedaron así, enredadas, oyendo el río.
—Esto sí me lo apunto yo —dijo Vera al cabo de un rato, con la cabeza en el pecho de Sabela y un dedo dibujándole círculos en la piel, igual que en otra vida que solo una de las dos recordaba, aunque ni ella ni Sabela supieran que aquel gesto venía de tan atrás—.
Esta noche. Que quede claro que esta no me la quita nadie, que esta la guardo yo en la cabeza y en las manos y donde haga falta, con candado.
Que se jodan las cofradías. —Y bostezó, y se acurrucó mejor, y añadió, ya medio dormida, con la voz pastosa del vino y del cansancio bueno—.
Tres días, dije. Igual son cuatro. O toda la vida, ya veremos, no te vengas arriba, inspectora.
Y Sabela se quedó despierta un rato más, como le pasaba siempre, madrugadora hasta para no dormirse, con Vera pesándole dormida en el brazo y la respiración por fin tranquila, sin una sola voz de muerto rondándole la nuca, y miró por la ventana abierta la luna sobre el monte y escuchó el río llevándose la noche piedra abajo, y pensó que había subido hasta el fin del mundo, hasta cuatro casas y un río, a cumplirle una promesa que había estado a punto de perderse para siempre en el suelo de una nave, y le dio vueltas, medio dormida ya, a lo que Vera le había dicho abajo en la cocina, a aquello de que la había vuelto a querer igual sin acordarse de nada, y pensó que esa era, de todo lo que había sacado de aquel caso de muertos y de agujeros, la única cosa que se llevaba entera y buena, la certeza de que lo que tenía con aquella mujer no vivía en la memoria, que era el sitio frágil, el que cualquiera con una jeringa y una mano sabía vaciar, sino en otra parte más honda que ni Quinteiro ni nadie había aprendido a encontrar, y que por eso, aunque el mundo entero se empeñara en borrarlas, ellas dos iban a seguir tropezándose y gustándose y cogiéndose la mano en cualquier coche de cualquier vida, todas las veces, desde el principio, y que ella, Sabela Randín, que se había pasado la existencia entera sin fiarse de nada que no pudiera probar con un atestado, se dormía por primera vez fiándose de una cosa que no podía demostrarle a ningún tribunal, la de que hay cariños que se aprenden el camino de vuelta a oscuras, y se durmió por fin con esa idea, tan tarde ya que empezaba a clarear por detrás del monte, arrullada por el único río del mundo que le tapaba a la mujer que quería la voz de todos los muertos.
Y pasaron los tres días, y muchos más, y allí, en el único sitio del mundo donde una lectora de última memoria no oía a los muertos, dos mujeres que se habían querido, olvidado y vuelto a querer, se sentaron una tarde en la orilla del río con los pies en el agua fría, calladas, y Sabela pensó, mirando la corriente llevarse las hojas, que el mar devuelve los cuerpos a deshora y que Xela le había devuelto a Vera lo robado con las manos, pero que ni el mar ni Xela ni nadie habían tenido que devolverles lo único que de verdad importaba, porque eso no se les había ido, eso había vuelto a crecer solo mientras miraban para otro lado, sin memoria y sin permiso, la prueba viva de que se puede vaciar a una persona entera y no llegar nunca al fondo del todo, de que siempre queda algo por debajo del último recuerdo que se pone a construir otra vez lo mismo en cuanto una se descuida, y que de todas las memorias posibles, las robadas y las devueltas y las que hacían en ese momento con los pies en el agua fría, la única que valía la pena guardar era la que ni falta hacía guardar, la que volvería sola aunque la perdieran, la primera de una vida entera por delante.
FIN de la primera parte