En el confín del Imperio español, una mujer eligió ser un monstruo. Un sabio inmortal juró ser su juicio.

Santiago del Nuevo Extremo, 1622.

A este rincón remoto y salvaje de América desembarca don Julián Romero: un hidalgo de palabra cervantina, esgrima implacable y palidez de mármol que oculta un secreto celosamente guardado durante siglos: es un maestro de la alquimia hermética.

Lo acompaña Caronte, un imponente sabueso negro arrancado del lodo cuya vida no conoce el envejecimiento gracias a una gota del Aqua Vitae.

Romero busca la paz de la cordillera, pero el valle central ya tiene una dueña absoluta.

Doña

Catalina de los Ríos y Lisperguer —«La Quintrala»—

es una fuerza de la naturaleza. Hermosa, cruel y feudal, gobierna sus haciendas con látigo, venenos de la tierra y sangre esclava.

Su impunidad no es casual: Catalina ha sellado una alianza con las sombras de la Iglesia.

En las criptas del convento de San Agustín opera fray Ignacio, un jerarca del Santo Oficio que oculta bajo la sotana la estirpe de un vampiro milenario traído desde el viejo continente.

Cuando Romero arrebata de las garras de Catalina a Laura —una niña mestiza que florecerá como un prodigio de la ciencia y la botánica—, el tablero colonial se quiebra.

Durante más de cuatro décadas, el adepto y la hacendada librarán un duelo psicológico, carnal y místico:

Una atracción prohibida y ponzoñosa

que pondrá a prueba la disciplina milenaria de Romero.

El auge de una guerra clandestina

entre la luz solar de la alquimia y el parasitismo eclesiástico.

Un juicio inevitable

que culminará en la fatídica noche del 13 de mayo de 1647, cuando el Terremoto Magno desgarre la tierra, sepulte la ciudad y dé origen al milagro sangriento del Cristo de Mayo.

Entre ruinas de adobe, amores imposibles y el horror de una carne que se niega a morir, La Quintrala y el Adepto desentierra la faceta más oscura y sobrenatural de la leyenda colonial&nbs

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