Capítulo 22 El juicio del Oidor (1660) #2
Romero se quitó los guantes de gamuza con ademanes lentos y se sentó en el taburete de cuero junto al lecho. No se cubrió la nariz con pañuelos de vinagre; respiró el aire fétido de la estancia con la impasibilidad de un cirujano que contempla una herida terminal.
—He venido a verte, Catalina —dijo el adepto con una voz suave, exenta de rencor y de burla cortesana—. Nada más.
Catalina soltó una risotada ahogada que se convirtió de inmediato en un acceso salvaje de tos. La sangre brotó de su comisura, manchando la almohada:
—¡Hipócrita! —babeó, clavando sus uñas amarillas en las mantas—.
Fuiste tú… Sé que fuiste tú quien le llenó las alforjas de papeles a ese juez de Castilla.
Peña Salazar no sabía dónde estaban las bodegas de La Ligua; nadie conocía los nombres de los indios muertos más que vos y yo.
¡Me has vendido a los jueces, conde de mierda!
Romero sostuvo su mirada turbia con una calma de abismo:
—No te vendí a ningún juez, Catalina. Yo no inventé los cuarenta y dos cadáveres que desenterraron en tus viñas; no fui yo quien le cortó las orejas a los esclavos ni quien envenenó la sopa de don Gonzalo.
El peso de tu propia sangre acumulada quebró la balanza.
Yo solo puse los libros sobre la mesa para evitar que tus bolsas de plata volvieran a comprar el silencio de los letrados.
La justicia de los hombres es lenta y torpe, pero no es ciega cuando la tierra misma se niega a tragar más carroña.
Catalina dejó caer la cabeza hacia un costado, con la mirada extraviada en las vigas del techo. Las lágrimas, calientes y amargas, comenzaron a rodar por las grietas de sus mejillas deshechas:
—¿Y de qué me sirve tu sermón ahora? —gimió con una debilidad desgarradora—.
Mírame, Julián… Mírame los pies. No puedo levantarme de esta cama.
No puedo ir al retrete sin que dos indias me sostengan las carnes como si fuera un cerdo en el matadero.
¡Yo, que hacía temblar a este reino con solo alzar la ceja!
Me van a condenar a la horca en la Plaza Mayor…
Van a cortar mi cabeza y la van a clavar en una pica en el camino de la Cañada para que la plebe me escupa.
—No habrá horca para ti, Catalina —dijo Romero en voz baja.
La mujer volvió la vista hacia él, sorprendida:
—¿Me van a perdonar?
—Tus abogados dilatarán las apelaciones ante el Virrey en Lima durante meses, y tu oro comprará escribanos que retrasen la sentencia —explicó el conde con frialdad matemática—.
La justicia de los hombres no alcanzará a colgarte en el tablado.
La hidropesía te matará en esta cama mucho antes de que el sayón prepare la soga.
Catalina tembló de la cabeza a los pies. El pánico a la horca dio paso de inmediato a un pavor infinitamente más oscuro: el terror al abismo que se abría tras el último suspiro.
Alzó una mano deformada por los nódulos de la gota, buscando a ciegas la manga de terciopelo de don Julián. Romero no apartó el brazo; permitió que aquellos dedos moribundos se cerraran sobre su muñeca con la desesperación de un náufrago:
—Tengo miedo, Julián… —sollozó la Quintrala, y por primera vez en su vida, la fiera desapareció por completo, dejando al descubierto a una niña aterrorizada en medio de la tormenta—.
Cuando se apagan las velas en esta pieza…
el Cristo de Mayo entra por la ventana. Lo veo de pie junto a mis pies, con esa corona de espinas en el cuello.
No me grita; no me insulta. Solo me mira con esos ojos de vidrio y me muestra las manos agujereadas.
Y detrás de él… ¡Dios mío, detrás de él están todos!
Veo a Salvador con la lengua negra; veo a los niños de La Ligua; veo a mi padre vomitando bilis…
Me están esperando, Romero. Me van a despedazar en el fuego eterno.
Julián Romero sintió una punzada de piedad tan profunda que le oprimió la garganta.
Colocó su mano libre sobre los dedos temblorosos de Catalina. Su piel de marfil, limpia y fresca, contrastaba de un modo casi espectral con la ruina senil de la hacendada:
—El fuego no se apaga con el llanto de la última hora, Catalina —dijo el adepto con una dulzura severa—.
Pero la misericordia aún tiene un precio que puedes pagar en esta tierra.
Te quedan pocos meses de aliento. Si pretendes que esa madera aparte la mirada de tu foso, debes despojarte de todo lo que robaste.
Desprende tus manos del oro que manchaste; arruina a los herederos que esperan tu muerte como cuervos; compra el perdón de los que no pueden hablar.
Catalina lo miró con las pupilas dilatadas por una chispa agónica de esperanza:
—¿El testamento…?
—El testamento —sentenció Romero, clavando sus ojos en los de ella—.
Haz llamar al escribano real. No dejes un solo real para la vanidad de tu casa.
Exige veinte mil misas por las almas de este reino…
y quinientas misas rezadas con el nombre de cada uno de los peones que hiciste matar en tus trapiches.
Deja a tu linaje en la miseria y entrega tu hacienda a los conventos para que recen día y noche sobre tu tumba.
Es el único rescate que el cielo aceptará por tu pellejo.
La Quintrala cerró los ojos con un quejido hondo. Apretó la mano del alquimista como si fuera el único clavo ardiendo en medio del infierno:
—Lo haré… Lo haré, Julián. Haré que llamen a Pedro Vélez esta misma semana. No les dejaré ni un grano de trigo a esos buitres.
Romero se puso en pie despacio. Su figura enjuta se recortó contra la penumbra de la alcoba como una sombra del destino:
—Apresúrate, Catalina. El reloj de arena está en sus últimos granos.
El conde se soltó suavemente del agarre de la enferma y caminó hacia la puerta de algarrobo.
Antes de cruzar el umbral, la voz quebrada de la Quintrala lo detuvo por última vez:
—¿Volverás a verme… antes de que me apague?
Don Julián se detuvo en el vano de la puerta. No se volvió hacia el lecho; miró hacia el corredor donde Caronte aguardaba inmóvil bajo la guardia de los arcabuceros:
—Estaré aquí en tu última noche, Catalina. Te lo prometo por mi salvación. No morirás sola.
Romero salió a la noche santiaguina.
El viento del sur arrastraba un frío cortante desde las cumbres nevadas, pero en el aire no flotaba ya el olor a azufre del terremoto.
En el bolsillo interior de su capa descansaba un pliego recién llegado en la valija del Callao: una carta sellada en Ámsterdam con la letra firme y luminosa de Laura.
Su discípula anunciaba su regreso. La mente más brillante que había parido el barro colonial había concluido su aprendizaje en las cortes del viejo mundo y navegaba ya de regreso hacia el confín del imperio.
El final de la tragedia estaba a punto de cerrar sus compuertas sobre el valle de Chile.