La Quintrala Y El Adepto Capítulo 23 La decadencia del cuerpo y el precio de la salvación (1662–1664)
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Capítulo 23 La decadencia del cuerpo y el precio de la salvación (1662–1664)

La primavera de 1662 trajo consigo un milagro silencioso que solo las baldosas del solar de la calle de las Agustinas supieron atestiguar.

Al atardecer de un martes de octubre, una calesa de viaje cubierta con lienzos de cuero encerado se detuvo frente a la portada de piedra de don Julián Romero.

Del interior no descendió una dama colonial cargada de tocas devotas ni una viajera rendida por los tres meses de travesía desde el istmo de Panamá. Descendió Laura.

Habían transcurrido ocho años desde su partida en la rada de Valparaíso.

Cronológicamente, la muchacha que Romero había alzado del fango en 1624 contaba ya cuarenta y seis años de edad; mas sobre su carne, el Bálsamo de los Filósofos continuaba burlando las leyes del polvo con una soberanía absoluta.

Conservaba la lozanía elástica, la piel limpia y el porte altivo de sus veintiocho primaveras.

Vestía una saya de paño fino holandés de color azul noche, un cuello de encaje flamenco sobrio y una capa corta de viaje ribeteada en seda oscura.

En su mirada había luz , sin embargo, ya no estaba la timidez de la aprendiz: ardía la luz acerada de quien había debatido de igual a igual en las academias de París y Ámsterdam,

de quien había visto los gabinetes secretos de Bohemia y comprendido que la ciencia de la vieja Europa comenzaba a balbucear las verdades que ella y don Julián destilaban en la soledad del Mapocho.

Caronte, que aguardaba en el zaguán con las orejas erguidas, no esperó a que la portezuela terminara de abrirse. El mastín negro soltó un quejido hondo, vibrante de júbilo animal, y cruzó el patio al galope para apoyar su enorme cabeza contra el regazo de la recién llegada.

Laura se arrodilló sobre el empedrado, hundiendo sus dedos en el pelaje inmortal del perro, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos:

—Caronte… viejo guardián… Sigues oliendo al romero de este valle.

Cuando alzó la vista, Julián Romero permanecía de pie bajo el alero de los naranjos.

Sus ojos oscuros contemplaron a la mujer que regresaba: en su rostro de marfil, invariable a través de los siglos, no hubo sorpresa burocrática, sino la certeza luminosa de un amor que había resistido el embate del océano y de los imperios.

—Has vuelto, Laura —dijo Julián en un susurro que desafió al viento.

—Os dije que ningún rey de Europa alcanzaría a llenar el vacío de vuestra sombra, mi señor —respondió ella, poniéndose en pie con paso firme y arrojándose a sus brazos—.

He visto las cortes; he visto los palacios de cristal de Flandes…

y todo me parecía humo comparado con el fuego que encendisteis en mi pecho.

Esa noche, en el laboratorio, mientras el athanor volvía a chisporrotear con el calor de las sales de antimonio, Laura rindió cuenta de sus andanzas.

No traía vanidades ni promesas de amantes extranjeros: traía cuadernos de álgebra, correspondencia cifrada con los herederos de Paracelso y la confirmación absoluta de que su destino pertenecía a aquel confín del mundo.

Mas la paz del reencuentro no era más que el preámbulo del desenlace: al otro lado de la calle medianera, la muerte comenzaba a reclamar su libra de carne en el palacio de los Lisperguer.

Para 1663, la casona señorial de doña Catalina de los Ríos se había transformado en un pudridero feudal vigilado por la justicia del Rey .

El juicio del oidor Juan de la Peña Salazar seguía su curso en los estrados de la Real Audiencia, dilatado por las apelaciones interminables que los procuradores de Catalina enviaban a Lima ; mas la verdadera condena no se escribía con tinta y papel sellado:

se escribía en la carne podrida de la Quintrala.

Confinada bajo arresto domiciliario en su recámara principal, con dos alabarderos de la guardia real apostados permanentemente en el portalón exterior, Catalina agonizaba a fuego lento.

La hidropesía había alcanzado su estadio terminal: sus piernas eran dos columnas tumefactas, cubiertas de úlceras supurantes que las criadas lavaban en vano con agua de cal y aguardiente de uva; su vientre, deformado por los líquidos acumulados y la cirrosis,

parecía a punto de reventar bajo los camisones de holanda manchados de bilis y vinagre.

Su rostro de porcelana se había convertido en una máscara grotesca, flácida y cenicienta; las encías se le habían retraído sobre unos dientes ennegrecidos por el azogue de los ungüentos,

y de su cabellera cobriza solo quedaban unos jirones plateados pegados al cráneo por el sudor de la fiebre continua.

En la antesala de la alcoba, el cuadro era aún más repugnante.

Sus parientes lejanos —sobrinos segundos, cuñados arruinados y primos bastardos de los Lisperguer y los De los Ríos— acudían a diario con la excusa de interesarse por la salud de la viuda, rondando los corredores como cuervos hambrientos.

Con los ojos brillantes de codicia, medían el valor de las alfombras traídas de Flandes, contaban las arrobas de plata labrada de los aparadores y se disputaban en susurros el reparto inminente de las haciendas de El Ingenio, Longotoma y los lavaderos de oro de Marga-Marga.

Catalina los escuchaba cuchichear desde su lecho de dolor.

Los odiaba con la misma rabia homicida con que había gobernado a sus peones; pero estaba atada a las sábanas sucias por el peso de su propia osamenta, incapaz de empuñar la fusta y aterrorizada hasta el delirio por las sombras que, al caer la noche,

comenzaban a desprenderse de los rincones para susurrarle al oído el inventario de sus cuarenta años de crímenes.

Fue en una tarde lluviosa de agosto de 1664 cuando don Julián Romero decidió jugar la última carta del espíritu.

Acompañado por Laura —quien vestía su saya oscura de paño flamenco y llevaba bajo el brazo un cartapacio de pergaminos— y precedido por la autorización judicial del oidor Peña Salazar, Romero cruzó el zaguán empedrado del palacio vecino.

Los parientes que aguardaban en la antesala se apartaron con un murmullo de recelo y superstición al ver entrar al conde Romero: aquel caballero cuya apostura inalterable desafiaba las décadas, y a la mujer joven y hermosa que caminaba a su diestra con el porte de una reina ilustrada.

Romero empujó la puerta de la alcoba mortuoria.

El hedor a gangrena y a miedo animal casi obligó a Laura a retroceder un paso, pero la muchacha apretó los labios, sosteniendo la mirada con la templanza de un cirujano.

Sobre la cama de doseles rotos, Catalina abrió los ojos con dificultad.

La respiración de la Quintrala era un estertor agónico, una lucha asmática que hacía vibrar las tablas del lecho.

Al ver la figura de Romero al pie de su cama, la moribunda intentó balbucear un insulto; pero cuando su mirada turbia se desvió hacia la mujer que estaba a su lado, la mandíbula se le desencajó en un espasmo de horror absoluto.

Catalina se incorporó sobre los codos con un esfuerzo sobrehumano, señalando a Laura con un dedo deformado por los nódulos gotosos:

—Tú… —gorgoteó la Quintrala, y un hilo de saliva sanguinolenta brotó de su boca desdentada—. ¡La bastarda del peón! ¡La perra de las caballerizas! ¿Cómo es posible…? ¡Deberías ser una vieja decrépita como yo! ¡Deberías estar pudriéndote en la fosa común! ¡El demonio te ha regalado su carne!

Laura dio un paso hacia el borde de la cama. Sus ojos almendrados contemplaron a la mujer que treinta y ocho años atrás había mandado a degollar a su padre con una frialdad desprovista de rencor, teñida únicamente de una lástima científica y filosófica:

—No es el demonio, doña Catalina —dijo Laura con su voz limpia, pausada y rotunda, que llenó la alcoba con la claridad de una campana de plata—.

Es la luz del entendimiento. Es la pureza de la materia que no se corrompe con la crueldad ni se encadena al odio.

Vos elegisteis devorar la sangre ajena para inflar vuestra vanidad feudal, y este muladar de carne deshecha es el fruto exacto de vuestra cosecha.

Yo elegí la ciencia, el trabajo y el amor de un sabio.

He conocido las academias de Europa, doña Catalina; he hablado con los hombres que están cambiando el siglo…

y hoy vengo a ver cómo vuestra soberbia se ahoga en su propia orina.

Catalina cayó de espaldas contra los almohadones con un aullido sofocado, cubriéndose los ojos con las manos esqueléticas para no ver la juventud insultante de su antigua sierva:

—¡Sacadla de aquí! —aulló la moribunda hacia Romero—. ¡Sacad a esa perra de mis ojos, Julián! ¡Me quema la vista!

Romero se acercó al cabezal del lecho. Se sentó en el taburete de cuero, inclinando su rostro de marfil hacia la oreja de la Quintrala. Su voz bajó a un susurro denso, quirúrgico, cargado de un magnetismo telúrico que penetró directamente en el cerebro afiebrado de la hacendada:

—No hay dónde esconderse, Catalina —dijo el adepto—. El tiempo de los insultos se ha terminado. Mírate las manos: la piel se te desprende a tiras. Mírate el pecho: apenas te quedan unas semanas de aliento antes de que el corazón se te pare en la garganta. ¿Escuchas los pasos en el corredor?

Catalina contuvo la respiración, con los ojos desorbitados por el espanto:

—¿Quiénes son…?

—Son tus parientes —siseó Romero con frialdad implacable—.

Los Lisperguer. Los De los Ríos. Esos buitres que esperan en tu antesala frotándose las manos.

Apenas tus ojos se cierren, se abalanzarán sobre este lecho; te arrancarán los anillos de los dedos antes de que tu cuerpo esté frío; se repartirán tus tierras de La Ligua, tus viñas de Quillota y los esclavos de El Ingenio.

Gastarán tu oro en banquetes y en barajas de juego en las tabernas de Lima, y ni uno solo de ellos…

ni uno solo, Catalina, pagará un real de plata para rezar un padrenuestro por tu alma en el purgatorio.

La Quintrala tembló con una violencia que hizo crujir los maderos de la cama:

—¡Malditos sean! ¡Son unos cuervos!

—Se quedarán con todo lo que robaste, Catalina —continuó Romero, acorralando su conciencia contra el abismo—.

Y tú descenderás al lago de fuego con las manos vacías.

Al otro lado de la tapia te aguarda Fray Ignacio; te aguardan los peones que desollaste viva; te aguarda don Gonzalo con la copa de veneno en la mano.