Capítulo 23 La decadencia del cuerpo y el precio de la salvación (1662–1664) #2
Arderás por los siglos de los siglos, Catalina.
Cada azote que diste en esta tierra se transformará en una tenaza al rojo vivo que desgarrará tu carne en la oscuridad eterna.
—¡Basta, Julián! ¡Por la Virgen del Carmen, basta! —suplicó la mujer, rompiendo a llorar con un gemido infantil, patético y desgarrador, aferrándose a la capa negra del adepto con los dedos crispados—. ¿Qué hago? ¡Dime qué hago para no caer al hoyo! ¡Te daré La Ligua! ¡Te daré todo mi oro!
—Yo no quiero tu oro manchado de sangre, Catalina —replicó Romero con serenidad glacial—.
Pero la Iglesia de este reino es codiciosa, y el cielo acepta el rescate si el castigo terrenal es absoluto.
Despójalos. Destruye a tu linaje con tu propia pluma.
Arruina a esos buitres antes de morir. Si no dejas un solo peso para su soberbia y entregas toda tu hacienda para pagar el rescate de tu alma, el Cristo de Mayo cerrará los ojos sobre tus pecados y apartará el golpe del abismo.
Catalina alzó la cabeza con una lucidez febril y desesperada:
—¡El escribano! —gritó con un hilo de voz que desgarró el silencio del palacio—. ¡Haced entrar al escribano! ¡Llamad a Pedro Vélez ahora mismo!
Laura se volvió hacia la puerta y la abrió de par en par.
En el corredor aguardaba don Pedro Vélez, escribano real y de provincia del cabildo de Santiago, acompañado por dos clérigos de la catedral que portaban el tintero de cuerno, las plumas de ganso y los pliegos de papel sellado con las armas de Castilla .
Detrás de ellos, los parientes de Catalina intentaron asomar la cabeza con miradas de alarma, pero la presencia imponente de Laura en el umbral y la silueta negra de Julián Romero al pie del lecho les cerraron el paso con una autoridad que nadie osó desafiar.
El escribano Pedro Vélez se sentó a la mesa improvisada junto al lecho de la moribunda, ajustándose los lentes de carey :
—Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, en pleno uso de vuestro juicio natural, disponed vuestra última voluntad ante Dios Nuestro Señor y ante la fe pública de este escribano .
Catalina respiró hondo. Clavó su mirada en los ojos oscuros de Romero, que asentía en silencio con la severidad de un juez de las almas, y comenzó a dictar con una voz ronca, pero con una firmeza que heló la sangre del letrado :
—Ítem mando… que se digan por mi alma y por las de mis padres y abuelos en los conventos de este reino… veinte mil misas rezadas .
El escribano levantó la pluma, con los ojos desorbitados:
—¿Veinte mil, señora? ¡Por los clavos de Cristo, eso consumirá el valor entero de las haciendas de La Ligua y los diezmos de tres generaciones!
—¡He dicho veinte mil misas! —rugió la Quintrala con un último destello de su antigua furia feudal, golpeando el colchón con el puño cerrado—.
¡Y escribid más, don Pedro Vélez! ¡Ítem mando que de esas veinte mil…
quinientas misas sean rezadas expresamente por las almas de los indios, negros y mestizos que han muerto en mi servicio y en mis haciendas!
¡Por todos ellos! ¡Que se paguen a real de plata cada una hasta que las arcas queden vacías!
Laura contempló la escena con una admiración sobrecogedora: Romero acababa de arrancar a la bestia el testamento más ruinoso y expiatorio que jamás registraría la historia colonial de Chile .
Durante dos horas de agonía, Catalina desgranó el expolio voluntario de su linaje : mandó a fundir sus joyas para retablos de San Agustín; instituyó capellanías perpetuas que hipotecaban los valles de Longotoma y El Ingenio a favor de los frailes agustinos y mercedarios;
donó caudales al convento de monjas claras y desheredó implícitamente a toda su parentela, dejándoles únicamente pleitos judiciales que los mantendrían en la ruina durante medio siglo .
Al concluir el último párrafo, el escribano extendió el pliego sobre una tabla de madera y le acercó la pluma mojada en tinta negra .
Catalina tomó el cañón de ganso con dedos temblorosos. Con un trazo tembloroso, grueso y agónico, estampó su firma al pie del documento :
Doña Catalina de los Ríos.
La pluma cayó de sus dedos sobre la sábana. La mujer se desplomó hacia atrás, exhalando un suspiro largo, fétido y exhausto, mientras el escribano esparcía arena de secar sobre la tinta fresca con manos que no dejaban de temblar
.
Los parientes en el corredor, al escuchar el contenido del testamento que el escribano leyó en voz alta según la ordenanza, prorrumpieron en gritos ahogados de cólera y maldiciones; pero la firma estaba sellada ante la justicia del Rey y ante los crucifijos de la Iglesia . Estaban arruinados.
Romero y Laura salieron de la alcoba.
Al cruzar el zaguán hacia la calle de las Agustinas, Caronte se incorporó del suelo y se colocó al costado de la muchacha.
La noche santiaguina estaba helada y limpia; hacia el oriente, la luna llena iluminaba con una serenidad majestuosa la corona de espinas del Cristo de Mayo sobre el muro solitario de San Agustín
Laura miró a su maestro:
—Le habéis quitado hasta el último diente a la fiera, Julián. Ha firmado su propia penitencia terrenal.
Romero miró hacia las ventanas en penumbra del palacio donde la Quintrala se debatía entre los estertores finales:
—Le he dado la única salida que su soberbia podía tolerar, Laura. Su carne está vencida; su dinero está en manos de los conventos y sus víctimas tendrán veinte mil sacrificios para lavar este suelo. Ahora solo queda esperar a que el invierno de enero reclame su cuerpo.
El conde y la discípula cruzaron el barro de la calle, regresando a su casona bajo el cielo estrellado de los Andes, sabiendo que el reloj del destino marcaba ya los minutos para la última vigilia.